El gigante melancólico

Obra completa de Georges Simenon | Crítica

Anagrama y Acantilado unen recursos para acometer la publicación de la obra completa de Georges Simenon, el vasto polígrafo belga, más conocido por su personaje policial, el comisario Maigret

Georges Simenon en París, 1962
Georges Simenon en París, 1962
Manuel Gregorio González

07 de noviembre 2021 - 06:00

La ficha

Maigret duda. Georges Simenon. Trad. Caridad Martínez. Anagrama & Acantilado. Barcelona, 2021. 168 págs. 14,90 €

El fondo de la botella. G. Simenon. Trad. Caridad Martínez. Anagrama & Acantilado. Barcelona, 2021. 176 págs. 14,90 €

Tres habitaciones en Manhattan. G. Simenon. Trad. Nuria Petit. Anagrama & Acantilado. Barcelona, 2021. 192 págs. 14,90 €

Una de las similitudes que guarda Simenon con otro gigante del gremio es aquélla que lo emparenta con Conan-Doyle y que hizo de ambos autores, a pesar de su éxito, unos escritores devorados o melancolizados por la celebridad de sus creaciones policiales. Sin llegar al extremo del autor escocés, que trató de aligerarse de su criatura en las cataratas de Reichenbach, Simenon acaso sintió minusvalorada su literatura más seria y ambiciosa, lo cual debe decirse con todas las reservas posibles, ya que nada nos autoriza a pensar que las novelas protagonizadas por Maigret carezcan de tales características. De hecho, es esta melancolía la que nos lleva a sospechar que ambos escritores consideraron como subalterno un género que nace con Sófocles, cuando Edipo sale en busca del asesino de su padre. En cualquier caso, hay una cualidad añadida que une a ambos escritores, y es el extraordinario caudal de su obra artística. Un caudal que, en el caso de Simenon, no ha gozado, hasta el momento, de mucho predicamento en España, razón que ha llevado Anagrama y Acantilado a unir sus recursos, para dar a luz una colección, amplia y ambiciosa, sustentada en el excelente diseño de Duró y unas magníficas ilustraciones de María Picassó.

El cosmopolitismo de Simenon es fruto de la devastación europea tras la guerra mundial

Son tres las obras con las que comienza este Simenon para lectores bisoños y desprejuiciados. La más tardía es la que protagoniza Maigret con el título Maigret duda (1968). Las otras dos, El fondo de la botella y Tres habitaciones en Manhattan, pertenecen a la etapa “americana” del escritor, y es fácil vincularla con ciertos vectores de aquella época. Tres habitaciones en Manhattan (1946), podría asociarse sin dificultad al cuadro de Hopper, Nighthawks (1942); pero no sólo por una consideración estética, sino porque el mundo que ahí se refleja -los solitarios nocturnos que fatigan las barras de la gran ciudad-, es el mismo que Simenon escoge para narrar, probablemente, su propia experiencia neoyorkina y el modo en que conoció a su segunda esposa. Ese mundo es, también, el que hemos descubierto (y Simenon con mayor provecho que nosotros) en las novelas de Dashiell Hammett y Raymond Chandler, y donde la soledad, como árida forma de acuñación individual, adquiere un relieve sobresaliente. El fondo de la botella (1948), por su parte, es una novela de frontera (las simpatías norteñas por la revolución mejicana venían de dos décadas atrás, cuando los muralistas mejicanos “tomaron” Nueva York), en la que quizá podamos adivinar el reciente influjo de Lowry y una provechosa visita a la obra de Faulkner. Hay que recordar, en todo caso, que este “cosmopolitismo” de Simenon no se produce sobre el vacío, ni parte de una vaga pedantería, inexistente en la obra del autor belga. Esta tourné americana de Simenon debe relacionarse, como otras muchas, con la profunda destrucción de Europa obrada durante la segunda guerra mundial, y el abundante tráfico viajeros y de exiliados que ello produjo, en todos los órdenes del conocimiento y el arte.

Hay algo, en cualquier caso, que no cambia con la estancia norteamericana de Simenón, sino que acaso se acentúe o adquiera un matiz más vasto. Me refiero a la soledad absorbente y desdichada en la que respiran y naufragan sus personajes. Como ya se ha dicho, Simenon es un agudo retratista de ese estado, de esa ardiente parálisis donde las esperanzas del hombre se consumen. A lo cual debe añadirse una particularidad que otorga a estas soledades cierto alivio dramático. En Simenon, de un modo elusivo, de una manera no en exceso manifiesta, triunfa la ternura. Lo cual nos lleva de vuelta a Maigret y a esa grisalla -la grisalla existencialista de los sesenta-, que parece embarnecer todos sus actos. A pesar de esta impresión, el comisario Maigret es un epicúreo emboscado que tiene querencia a los bistrots y se abstiene de juzgar, en exceso, a sus investigados. Un epicúreo que, al igual que su creador, se conforma con entender las motivaciones últimas de quienes se hallan bajo su tutela. Esa distancia, benévola y atenta, es la que encontrará el lector en este Maigret duda que ahora se edita. Y es esa misma comprensión, a un tiempo cálida y ausente, la que descubrirá quien se inmerja en este amplio retablo de la redención y la culpa, del temblor humano, que componen la literatura de Simenon, Sísifo colosal con pipa y mascota de fieltro.

Dos belgas

Hay una forma extraña y azarosa de vinculación en el hecho de que Agatha Christie ideara un detective belga, el gran Hercule Poirot, dandy ridículo y minucioso, mientras que el belga Simenon inventa la figura de un comisario francés, epítome del funcionario probo y anodino. Añadamos que Poirot, antiguo policía, emigrado a las islas con la Grand Guerre, es el detective superlativo, la inteligencia impar, que suple la ineficacia del inspector Japp, mientras que Maigret, el comisario Maigret -he aquí la diferencia entre el continente y el orbe anglosajón- es un miembro de las fuerzas de seguridad del Estado. En buena medida, el personaje de Maigret es una astuta remoción de los excesos del detective victoriano y sus espléndidas secuelas, como Poirot. De hecho, Maigret es un personaje tenuemente dibujado, cuya personalidad, cuya inteligencia se desvanece ante nuestros ojos al tiempo que se abre paso, no sin cierto cansancio, la verdad. Y tampoco participa de la individualidad a puñetazos del hard boiled transatlántico. Digamos que Maigret es una espléndida medianía, como luego el Adamsberg de Fred Vargas, fruto de la sólida adminstración republicana.

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