El beato Ignacio Maloyan, en el Gólgota de los armenios | Crítica de libro

El martirio armenio

  • El perfil del mártir Maloyan, arzobispo de Mardin, es parte del pavoroso cuadro de la Gran Guerra en Anatolia en los años que van de 1915 a 1916

Una imagen del horror padecido por los armenios. Una imagen del horror padecido por los armenios.

Una imagen del horror padecido por los armenios.

El martirio del beato armenio Ignacio Maloyan en junio de 1915 se inscribe en la espeluznante fosa de muertos que ocasionó el controvertido "genocidio armenio" por parte de los turcos otomanos. La cifra varía entre el millón y medio (según fuentes armenias) y los 300.000 que admite la historiografía oficial turca (no por genocidio, sino como consecuencia del aluvión de catástrofes ocurridas en la época).

El perfil que aquí se traza del mártir Maloyan, otrora arzobispo de Mardin, es parte del pavoroso cuadro de aquellos años de la Gran Guerra, como los que van de 1915 a 1916, y que transcurren en Anatolia. Al frente bélico contra los rusos en el Cáucaso, al desembarco en Galípoli de los aliados, y a la ofensiva enemiga en Mesopotamia, se le unió, por si fuera poco, el azadón de la muerte que trajo el tifus, lo que provocaría en el imperio otomano una angustia de supervivencia y un cataclismo humanitario.

En Mardin, ciudad de piedra enclavada en un risco de caliza, los católicos armenios y los caldeos suponían la mayoría de la población. Los católicos armenios eran una confesión menor –a veces desdeñada– respecto a la Iglesia Apostólica Armenia, pero sucumbieron a la matanza como hermanos mártires dentro del "ecumenismo de sangre" del que habló el papa Francisco. Se refería a la tragedia padecida por los fieles de las diversas iglesias orientales (armenios gregorianos y católicos, caldeos, siro-jacobitas, siro-católicos y algunos protestantes).

Retrato de Maloyan, beatificado en 2001 por el papa Juan Pablo II. Retrato de Maloyan, beatificado en 2001 por el papa Juan Pablo II.

Retrato de Maloyan, beatificado en 2001 por el papa Juan Pablo II.

El arzobispo Maloyan moriría de un disparo final en el cuello. Pero, como prólogo, fue escarnecido y torturado. El 10 de junio de 1915 un convoy de 417 prisioneros cristianos, entre ellos el prelado, inició su penosa caminata hacia el exterminio, como ocurría por gran parte de Anatolia, con destino a los desgarrados desiertos de Deir-er-Zor en Siria (la conmovedora película de Fatih Akin, El padre, recrea el sufrimiento de los armenios de Mardin).

En la aldea kurda de Sheykhan, un centenar de dichos reos es asesinado con la habitual complacencia salvaje de kurdos y circasianos (irregulares turcos aparte). Otro centenar es llevado al castillo de Zarzouan, donde todos serán asesinados con armas blancas y arrojados luego a un pozo. Los supervivientes serán eliminados después cerca de Dikranagert. Como cabeza visible de esta marcha de la muerte (que forma parte, como decimos, del reguero de marchas inhumanas que en 1915 recorren los armenios), Maloyan fue beatificado por Juan Pablo II en 2001.

En esta breve reseña resulta imposible afirmar o divergir sobre si lo que ocurrió en 1915 fue un genocidio como tal diseñado desde Estambul. Nos interesan no tanto las aportaciones incriminatorias de las fuentes armenias (a excepción de los falsos papeles de Aram Andonian), las cuales evidencian que el gobierno turco, con el ministro del interior Talat Pachá a la cabeza, sería cómplice de estas matanzas con pruebas orales y manuscritas.

Nos interesan más las divergencias entre los propios historiadores turcos, como las ya sabidas acusaciones del profesor Taner Aksam o el acta de exculpación que firmaron en 2007 otros historiadores anatolios en Alegaciones armenias y hechos históricos. Preguntas y respuestas. Este documento, salvo discutibles pasajes, sí aporta un contexto histórico de fondo que debiera leerse bien para no incriminar a la carrera a todo un país bajo la cruda acusación de genocidio.

Antes de que los turcos llevaran a cabo las horribles deportaciones de armenios, los británicos realizaron sangrías de población civil durante la guerra de los Boers en África del Sur (1901). Asimismo, los alemanes exterminaron en 1904 al pueblo herero en la actual Namibia. Hubo precedentes antes de 1915 que hoy no se etiquetan como "el primer genocidio de la historia", como recuerda Francisco Veiga.

Portada del libro. Portada del libro.

Portada del libro.

Este libro de José Luis Orella recoge testimonios, fotografías y cifras mortuorias de cristianos que nos encogen el corazón (no se olvide el exterminio de los griegos del Ponto y el de los asirios-caldeos). Cita Orella a nuestro conocido Quijote a la turca, el sin par Rafael Nogales, soldado cristiano de origen venezolano, pero que se enroló en el ejército de la Sublime Puerta durante la Gran Guerra. Horrorizado, Nogales es uno de los notarios de las matanzas de armenios en enclaves como Van o la propia Mardin. Pero también –asunto que Orella obvia– resalta la crueldad de los armenios traidores que hacen de avanzadilla del ejército ruso en el frente oriental. El líder militar Andranik lo tildará de "archiasesino" y dirá de sus propios hermanos de religión que "el armenio, tratándose de plata, es capaz de vender a cualquiera". Al inicio de la citada película de Fatih Akin, dos armenios de Mardin, el herrero Nazaret Manoogian y su ayudante, muestran su racismo respecto al aspecto hosco del turco.

El dolor armenio nos conmueve. Pero no todo es blanco y negro. Las zonas grises suelen ser muy molestas.

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