Manuel García | Entrevista

"A veces la cultura es el instrumento de cuatro politicastros en su poltrona"

  • Profesor, editor y poeta, este granadino afincado en Sevilla acaba de publicar el poemario 'Mejor la destrucción', una antología de episodios históricos sobre la aniquilación de la cultura

Manuel García posa con un ejemplar de su poemario 'Mejor la destrucción'. Manuel García posa con un ejemplar de su poemario 'Mejor la destrucción'.

Manuel García posa con un ejemplar de su poemario 'Mejor la destrucción'. / Víctor Rodríguez

El poeta Manuel García (Huéscar, Granada, 1966) ha hecho de la escritura una forma de fijarse en el mundo. Y también una impecable gimnasia para la decencia. Su último libro, Mejor la destrucción (Renacimiento), da cuenta de su vocación de ofrecer en la poesía noticias de la historia del hombre. Ahora reúne algunas de sus páginas más siniestras: la persecución de escritores y la quema de libros.

–Digamos que su poesía es poco usual. No está en el carril autobiográfico, sino que tiene una raíz histórica, política. ¿Por qué?

–Me interesa mucho la Historia como fuente de información para la poesía. La emoción de la Historia es una de las más nobles que debe tratar la poesía. Sobre todo si tenemos en cuenta que la nuestra, en general, es trágica y se pueden sacar grandes ejemplos humanos de ella.

–¿Qué lecciones se pueden encontrar en Mejor la destrucción, una antología de episodios históricos sobre la quema de libros?

–Las lecciones de destrucción siempre son de nobleza. Siempre han existido los poderosos que ordenan acabar con la cultura, pero también hay otros que se juegan la vida por salvarla. La cultura nunca se destruye; se va transformando y, de forma camaleónica, logra aparecer en otro sitio o de otra forma. No consiguen exterminarla.

–¿Qué tiene el poder en contra de los libros?

–El poder siempre trata de utilizar la cultura en beneficio propio, como propaganda de sus ideas. Si los libros no atienden a los intereses del poder, son una amenaza.

–Hay poemas sobre episodios realmente extraños, como la quema de cartas y manuscritos de Emilia Pardo Bazán en 1938 a cargo de Carmen Polo de Franco. ¿Cuáles han sido sus fuentes?

–La documentación surge de mi experiencia como librero y bibliófilo, que me ha llevado a conocer muchos episodios heterodoxos. Luego están los amigos, con los que me gusta consultar lo que escribo. Ellos me han puesto en la pista de sucesos de destrucción de libros o de cultura que no conocía.

–Otra característica de su libro es la atención por las formas y la métrica. Hay décimas, seguidillas, romancillos...

–A cada episodio le he buscado la forma más idónea. Por ejemplo, el poema a Carmen Polo de Franco utiliza una métrica tradicional gallega de estrofas paralelísticas, y el que dedico a Rafael de Cózar son sonetos encadenados, la forma más noble de expresión en el teatro del Siglo de Oro. Pero no invento nada: soy hijo de una tradición. Si se mira bien, desde La Odisea, en el mundo de los libros, es imposible ser original [risas].

–El motor de explosión del libro es el fallecimiento del poeta y profesor Rafael de Cózar intentando rescatar su biblioteca de las llamas...

–Es un episodio doloroso, pero realmente heroico. Tras su muerte, le editamos un libro a Rafael de Cózar en Point de Lunettes, mi editorial, y recuerdo que en el colofón pusimos que "mientras otros han destruido tantos libros, él murió tratando de salvar los suyos". Por todo lo que tiene de símbolo su poema cierra el libro.

–Por cierto, Mejor la destrucción es un verso de Luis Cernuda...

–Sí, pertenece a Limbo, un poema que Luis Cernuda dedicó, con mucha mala idea, a la bibliofilia. Reflexiona en él cómo libros que han costado la vida a sus autores, que han visto la luz por las renuncias de sus creadores, son utilizados como objetos de colección por una serie de señores que alardean de poseer una primera edición. Con esos versos, el poeta ajusta cuentas con los bibliófilos y plantea una mirada crítica a la cultura, que es lo que yo he querido hacer con este libro de poemas.

–En ese sentido, ¿algo de culpa tendrá la cultura, a veces demasiado sometida al poder?

–Ahora que lo dice, quizás me ha faltado algún poema así. Los creadores, cuando se acercan al poder, se echan a perder. A veces la cultura es un instrumento en manos de cuatro politicastros que sólo trabajan para mantenerse en su poltrona. Hay ejemplos muy decepcionantes, como Lluís Llach, a quien he considerado siempre un gran músico. No comprendo qué hace ahora repartiendo carnés de buenos y malos catalanes. El poder emponzoña lo que toca. Es mala la cultura protegida por los poderosos.

–Usted es muy crítico con el uso que han hecho los políticos con el legado de Luis Cernuda.

–Me molestó mucho esa fotografía con una corte de políticos, académicos y escritores delante de su casa natal. Cernuda dejó escrito expresamente que no quería ese tipo de homenajes. A todos los allí presentes ya los calificó en un verso como "la farsa elogiosa repugnante". Bastaría, creo, con leerlo más, igual que con Lorca. Por norma, yo no participo en ningún homenaje al granadino. El dinero público debería ir destinado más bien a rehabilitar a autores más desconocidos.

–Usted suele estar alejado de los círculos literarios...

–Hay una razón de falta de tiempo. Estoy en tantos frentes que no puedo perderme en reuniones o en tertulias. Luego, estoy casi en tierra de nadie: en Granada me consideran sevillano; en Sevilla, granadino. A mí no me gusta la promoción; me gusta escribir y publicar en una editorial digna, como sucede en este caso con Renacimiento.

–Dígame cómo sobrevive su editorial, especializada en poesía.

–Sobrevivimos mal y editamos menos de lo que nos gustaría, pero de vez en cuando tenemos grandes satisfacciones, como la reciente recuperación del libro de Pedro Garfias Primavera en Eaton Hastings, uno de los grandes títulos del exilio español, o la novela de Gabriel Miró Señorita y sor. A mí me dicen de joven, cuando leía a Miró, que acabaría editando una obra suya, y no me lo creo. Es un oficio que da más alegrías que beneficios.

–Además, es profesor de Lengua y Literatura española. ¿Ve interés por la cultura en las aulas?

–A veces pienso que no, pero luego conozco casos que me suben la moral. Hay unas leyes educativas absurdas que han acabado con las garantías existentes en la enseñanza pública hace 20 o 30 años que permitían a cualquier chaval de origen humilde tirar para arriba. Además, no todos los profesores se esfuerzan lo máximo por enseñar: abunda el docente adocenado, más preocupado por las cuestiones pedagógicas que por el contenido de las clases, cuando nuestra tarea es llenar la cabeza de los alumnos de ideas para que no sean unos peleles cuando den el salto a la sociedad.

–Por último, tras diez libros de poemas, en breve, verá la luz una novela. ¿Por qué?

–Es una especie de necesidad de la historia: los días de Ángel Ganivet en los países del Báltico y su amor enfermizo por Mascha Diakovsky, su profesora de idiomas en Helsinki. Le he dedicado cuatro años de trabajo: edité la poesía en francés del granadino y, al final, saldrá la novela en Algaida, con el título Mañana, cuando yo muera.

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