Nihilismo y acción | Crítica

Un desafío intempestivo

  • La reedición del primer libro de Fernando Savater recupera al pensador libertario que buscó en el nihilismo contemporáneo una respuesta al descrédito de las ideologías

Emil Cioran y Fernando Savater, su traductor e introductor en España. Emil Cioran y Fernando Savater, su traductor e introductor en España.

Emil Cioran y Fernando Savater, su traductor e introductor en España.

En sus memorias, Mira por dónde, cuenta Fernando Savater cómo buscó editor para su primer libro antes de haberlo escrito. La editorial más cercana a su casa era Taurus y en ella oficiaba el ya exsacerdote Jesús Aguirre, que tuvo el acierto, entre tantos por esos años, de apostar por un veinteañero que al cabo de quince días volvía para entregarle el original de Nihilismo y acción. Reeditada por Hermida casi medio siglo después de su publicación, la ópera prima de Savater -"no soy el padre, sino el hijo de ese librito", diría más tarde- abrió una brillante trayectoria intelectual que en sus inicios, durante la década de los setenta, se movía en la órbita del pensamiento libertario. La acertada y paradójica definición de su ficha policial como "anarquista moderado" podría servir para caracterizar una propuesta sobre todo ética -y estética y hasta cierto punto esteticista, como se le reprochó desde la izquierda clásica- que negaba cualquier forma de poder o autoridad, incluida la académica, y descreía del Estado, pero a la vez se mantenía al margen de las ideologías e incluso de la práctica política.

Descartados por dogmáticos los ideales revolucionarios, no hay salida que no pase por una impugnación total

En el postfacio de la nueva edición, Savater califica estas páginas "desafiantemente intempestivas" como el "prototipo de una obra de juventud" -"más desenfadado que audaz, más ignorante que provocador"-, pero el lector puede comprobar que, además de reflejar muy bien el difuso eco de la contestación sesentayochista, ya llevaban su sello. Dirigida a la "fraterna corte de los escépticos y los herejes", su defensa de la razón negativa recurre a Sade, Schopenhauer o Nietzsche, pero encuentra sus referentes en el anacrónico pesimismo de Marcuse y sobre todo en el lúcido nihilismo de Cioran, a quien el joven Savater tradujo y presentó en España. Descartados por dogmáticos los ideales revolucionarios, no hay salida que no pase por una impugnación total a través del ejercicio, contradictorio o impensable, de la "desesperación activa". Será el capitán Ahab de Melville, en el apéndice, quien encarne el trágico ejemplo del héroe, más que un dios, caracterizado por la "voluntad de batalla".

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