El pueblo, ya sabéis | Crítica

El pueblo eterno

  • El poeta y narrador Pedro Sevilla reconstruye su niñez en Arcos de la Frontera en un librito que gana hondura desde la sencillez

El poeta y narrador gaditano Pedro Sevilla (Arcos de la Frontera, 1959). El poeta y narrador gaditano Pedro Sevilla (Arcos de la Frontera, 1959).

El poeta y narrador gaditano Pedro Sevilla (Arcos de la Frontera, 1959).

La obra de Pedro Sevilla (Arcos de la Frontera, 1959) bebe de la propia experiencia. Es así su poesía clara capaz de bajar al detalle cotidiano y de elevarse al estado más puro de los sentimientos con la misma fuerza. Pero también es así en su prosa, en sus novelas Extensión 114 o 1977 arraigadas en el presente que fue y aún permanece en el recuerdo del autor, y por supuesto en sus memorias publicadas bajo el evocador título de La fuente y la muerte. Y esta experiencia que sustenta la voz del narrador y poeta es una vivencia aposentada en la emoción contenida que despierta cuanto lo rodea, en la aventura de vivir cada día consecuentemente, sin querer alejarse nunca del hombre lúcido, bondadoso y apasionado de la literatura que es.

Libros Canto y Cuento edita ahora El pueblo, ya sabéis, una reflexión inteligente, emocionada y a la vez desmitificadora del paraíso eterno de la infancia, "que no sabe de relojes, ni de almanaques", y el volátil territorio de la primera juventud. El pueblo, Arcos de la Frontera, sustenta y da forma a ese espacio mágico donde el niño aprende a ser hombre y es, sin duda, un escenario magnífico de atemporal belleza, pero es también un territorio emocional que nos remite a un tiempo de una dureza inquietante.

Porque el niño nació en 1959 y su infancia transcurrió en el tiempo oscuro de la dictadura, en un pueblo pequeño que ahora está a cuarenta minutos del mar y a poco más de una hora de una gran ciudad, pero que entonces estaba lejos de todo, aislado del resto del mundo que se colaba por el resquicio adusto de la radio encendida o del televisor de uso comunitario, y bajo pago, del bar cercano.

Pedro Sevilla construye una suerte de dietario en el que repasa las principales fiestas de su pueblo. El "revolucionario evento" de la Navidad, la Semana Santa, la feria de San Miguel o el verano –fiesta eterna de celebración de los sentidos para el niño absuelto de los rigores de la escuela– se alzan como acendrado telón de fondo de las vivencias propias. Y son estas celebraciones una excusa perfecta para ahondar en los propios recuerdos, para poner en pie un mundo que aún sobrevive en su memoria, también para hablar de la muerte, de la religión, del paso del tiempo.

Porque en el portal del Belén de su infancia participaban, alentados en su imaginación, los vecinos del barrio y las bestias de los corrales cercanos. María podía ser cualquiera de esas casadas jóvenes "relucientes y recién paridas" que abundaban en las calles próximas y San José, alguno de los jóvenes apostados en la barra de la taberna o incansables trabajadores del campo. La Semana Santa llegaba "cuando los días empezaban a agrandarse lentamente" y el autor recuerda a dos niños y a "una joven que, con amorosa destreza, les pone los cordones de los zapatos y les abrocha los botones del yersi azul".

Portada del libro de Pedro Sevilla. Portada del libro de Pedro Sevilla.

Portada del libro de Pedro Sevilla.

El verano es el ámbito de libertad del niño aplicado que saca en todo matrícula de honor y que se sumerge en el tiempo eterno de la luz, que se asoma temeroso a la tapia del cementerio anticipando la muerte; ese tiempo en el que Massiel suena incansable por la radio con su La, la, lá y vuelven los emigrantes: el padre al que ve sólo unos pocos días al año y que se lleva a su madre "a un cuarto alquilado". Y la feria, con sus lodos e ilusiones y las monedas gastadas en la tómbola o en los cacharritos, y la vuelta al cole.

Concurren en este libro un catálogo de personajes perdidos para siempre en la insondable negrura del tiempo. Fantasmas cotidianos que nos muestran sus caras sonrientes, los ardides empleados para hacer frente a una vida que se les escapó definitivamente, el modo contumaz de rebelarse contra el olvido.El autor nos habla en primera persona de su familia, de su abuela Antonia que lo arrebujaba en su toca, que le cantaba viejos romances y desvergonzados villancicos, de su joven madre que lo acicalaba con agua de colonia para ir a ver las procesiones; también de los amigos, de sus correrías juntos por los campos cercanos, de las niñas de largas trenzas que ejercían sobre él y otros muchachos su influencia hipnótica.

También del cielo que se elevaba como un pensamiento puro por el hueco del patio de la casa familiar, del "incendio de las rosas en las macetas", del olor del "café de los vecinos en la cocina comunal"; de los campos, de la cochineras cercanas, del circo triste con sus atracciones de palomas amaestradas que acabaron en el caldero de los famélicos artistas; de las hermosas calles de un pueblo retratado con un amor conmovedor y, a la vez, con una distancia capaz de poner cada cosa en su sitio, sin embelesos vanos.

El pueblo, ya sabéis es un librito hondo en su sencillez, cuajado de motivos para la reflexión, que no se pierde por las nubes de afectadas elucubraciones sino que baja a la tierra para enseñarnos el valor de lo que apenas importa y sin embargo es absolutamente relevante.

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