TIEMPO Bajo de Guía se tiñe de blanco tras una impresionante granizada

El regreso de Casanova | Crítica

Un robo crepuscular

  • Alianza publica 'El regreso de Casanova' de Schnitzler, una amarga indagación sobre la vejez y el deseo, personificada en uno de los mitos galantes del Setecientos

Un joven y atildado Arthur Schnitzler en 1878 (Viena 1862-1931)

Un joven y atildado Arthur Schnitzler en 1878 (Viena 1862-1931)

De entre las obras editadas por Alianza (Relato soñado, El teniente Gustl, La señorita Else, Apuesta al amanecer), escogemos El regreso de Casanova por dos cuestiones propias o características de Schnitzler. Una primera es la atormentada relación del ser humano con su sexualidad, lo cual incluye, ineludiblemente, el adulterio, la cruda tiranía de los instintos y el adusto orden burgués que Schnitzler incomoda a primeros del XX. Una segunda es la perspicacia con la que el dramaturgo vienés retrata, sin acudir jamás a lo grosero, dichos apetitos en conflicto. De aquella grosería, llevada a un extremo paródico y grotesco, había salido, diez años antes (1907), Las once mil vergas de Apollinaire. Cuando Schnitzler publica este Casanova crepuscular, la Grand Guerre, donde Apollinaire resultaría herido y lobotomizado, está llegando a su término.

El Casanova de Schnitzler tiene algo de donjuanesco, de granuja cordial y expeditivo

¿Qué Casanova es este que regresa a Venecia, tras un larguísimo destierro, a consecuencia de su célebre fuga de Los plomos? Un Casanova que tiene algo de donjuanesco, de granuja cordial y expeditivo, y acaso no tanto de aquel mozo intrépido, enemigo de Cagliostro y Saint Germain, que se dejó amar por las mujeres de toda la anchurosa Europa y algún estribo de la Sublime Puerta. Es cierto, por lo demás, que el Casanova ofrecido por el cine quizá se halle más cerca de la coreografía brutal de Sade que de la gentil desvergüenza del chevalier de Seingalt. Sin embargo, este Casanova de Schnitzler tiene algo de inhóspito y acerbo. La inteligencia de Schnitzler consistirá, pues, en hacernos verosímil esta nueva cualidad, sin dejar de retratar a Casanova.

El Casanova de Schnitzler es, entonces, un Casanova maduro, que quiere sentir de nuevo la aduladora entrega del amor y para ello acudirá a un ardid deshonroso. Esa es, digamos, la parte donjuanesca de esta novela. La otra, la soledad casi senil de Casanova, es su sustancia dramática.

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