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Causas naturales | Crítica

La vida como Apocalipsis

  • 'Causas naturales' es un recorrido por los procedimientos médicos y los deseos humanos que han convertido al hombre posmoderno en un afligido consumidor de salud, a cuyo fondo se adivina, no obstante, un acentuado temor a la muerte

Barbara Enrenreich. Montana, 1941 Barbara Enrenreich. Montana, 1941

Barbara Enrenreich. Montana, 1941

Lo que se enuncia en estas páginas de Ehrenreich, cuya formación estuvo vinculada a la inmunología, es un viejo recelo del hombre moderno hacia la práctica de la medicina. Un recelo muy reconocible, por ejemplo, en Quevedo, que acusó a cirujanos y barberos de asesinar a los clientes con su ignorancia; pero que también está en Rabelais, médico por Montpelier, o en el propio don Diego de Torres y Villarroel, con licencia del protomedicato de Salamanca, y cuya virtud tal vez residiera en los consejos higiénicos que impartió, no sin inteligencia y novedad.

Este recelo de motivo clásico venía referido, sin embargo, a una ausencia de conocimientos fiables que, sólo muy recientemente fueron sustituidos, tanto en la teoría como en la práctica, por un saber más sólido. Vale decir, esta suspicacia quevedesca es la que unía, bajo un mismo saber simbólico e inocuo, a Paracelso y Rabelais con Lombroso y Gall. Las Causas naturales que aquí aduce Ehrenreich son, por tanto, de otra naturaleza. Una naturaleza que, por un lado, tributa a la voracidad económica de los grandes holdings de la salud (farmacéuticas, aseguradoras, etc.), pero que por otro manifiesta la estructura del poder, no exento de arbitrariedad, sobre el que la sociedad descansa.

Como es lógico, este último punto nos lleva a toda esa rama del pensamiento, muy activa e influyente en la segunda mitad del XX, que podríamos definir como irracionalista, y que abanderaron con extraordinaria brillantez Foucault, Deleuze, Blanchot, Sollers, etcétera. Si recordamos algunos títulos de Michel Foucault, licenciado en psicología clínica, se comprenderá con facilidad cuanto decimos (no deja de ser curioso que tanto el padre del Surrealismo, Breton, como uno de los pioneros del misterio y la novela policial modernas, Conan-Doyle, fueran médicos); digo que si acudimos a la obra de Foucault y enunciamos algunos de sus títulos, entenderemos esa sospecha estructural que su filosofía derramaba sobre la Ilustración y sus inmediatos herederos, o sea, nosotros: Vigilar y castigar, El nacimiento de la clínica, Historia de la sexualidad, La vida de los hombres infames...,a lo que habría que añadir un proyecto de clara inspiración foucaltiana como es la Historia del Cuerpo de Corbin, Courtine y Vigarello.

no deja de ser curioso que tanto el padre del Surrealismo, Breton, como uno de los pioneros del misterio y la novela policial modernas, Conan-Doyle, fueran médicos

Desde este punto de vista, la medicina no sería sino una formulación plástica del poder, un mecanismo de control social que culmina con el auto-control del cuerpo y de sus secreciones en beneficio del Orden. Es decir, que Foucault -y un entusiasta Sollers, también-, se habrían situado en el lugar que Sade establece para el libertino como administrador y coreógrafo de sus víctimas. En este sentido, aclaremos que Ehrenreich es una lectora diligente, pero mucho menos catastrofista y angustiada, de las enseñanzas foucaltianas. También en lo que concierne a la interpretación marxista, al aspecto ecónomico de unas prácticas clínicas que, según nos recuerda la propia Ehrenreich, tienen tanto rito de chamánico y de venta a plazos como de técnica eficiente de curación y diagnóstico.

Bien mirado, esto implica que Causas naturales es, en gran medida, una teoría de la oferta medicinal, una explicación de su hemisferio productivo, pero que desatiende, de algún modo, su demanda. Para entender esta demanda de productos medicinales, para comprender la necesidad y la urgencia de “salud” que nos aflige, y que hoy llena todos los gimnasios del mundo, quizá debiéramos acudir, junto a este cuadro clínico de Ehrenreich, minuciosa y ordenadamente trazado, a la obra de Bauman. Pero no porque Bauman explique mejor que Ehrenreich este complejo histórico-técnico que aquí se enuncia y se despliega. Sino porque en su obra, en la de Bauman, es el hombre como consumidor, como animal trémulo y deseante, lo que se retrata (sin dar muchas explicaciones, por otra parte).

En Causas naturales, pues, son los mecanismos, las vertiginosas modulaciones del consumo, las que quizá se escapan a un cuadro más ocupado en los defectos técnicos y científicos del “conglomerado médico”, que en la solvencia publicitaria con que se nos prometen la inmortalidad y la felicidad, devenidas hijas de la ciencia y del libre comercio. En esa retícula, nunca accesible y nunca próxima (el subtítulo de la obra se pregunta Cómo nos matamos para vivir más) el hombre se esfuerza como un galeote, sin hallar consuelo, sin hallar una meta, y en suma, sin que la muerte pierda nunca su alto y terrorífico prestigio.

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