LaLiga 1|2|3 | Sevilla Atlético-Numancia

Asedio con premio

  • El Sevilla Atlético encadena su tercera victoria consecutiva como local ante un Numancia que prácticamente dice adiós al play off  

Los jugadores del filial celebran uno de sus tantos al Numancia. Los jugadores del filial celebran uno de sus tantos al Numancia.

Los jugadores del filial celebran uno de sus tantos al Numancia. / Víctor Rodríguez

Ahora que la temporada emboca su final y que los números ya no brindan salvación posible, el Sevilla Atlético transmite lo que durante tantas jornadas pareció olvidar: que es un equipo con las ideas claras, los efectivos bien dispuestos y la energía necesaria para plantar batalla. Y ganar.

Que se lo digan al Numancia, que arribó a tierras hispalenses con la esperanza de coger su último tren para el play offy emprendió el camino de regreso a casa con la cabeza gacha.

Mejoró el filial su propuesta respecto a la jornada anterior, en la que cayó contra el Oviedo. La tercera victoria consecutiva como local era el objetivo. Por orgullo, por reivindicación.

El regreso de Pozo y Lara al once inicial fue la mejor noticia para Luis García Tevenet. Porque superado el susto del minuto 5, cuando Escassi lanzó un balón envenenado desde la medular que exigió más de lo esperado a Juan Soriano, el mediapunta y el extremo se pusieron manos a la obra. Sobre todo el primero, que se internó en el área rival y ganó la línea de fondo para poner un centro que inesperadamente remató Unai Medina.

El gol en propia puerta del defensa numantino se celebró como propio en las gradas de la ciudad deportiva. El regalo motivó más si cabe al Sevilla Atlético, que adelantó su presión dispuesto a ampliar la cuenta, y a punto estuvo Aitor Cantalapiedra de marcar en el minuto 16. Su tocayo Aitor Fernández lo evitó.

El guardameta del Numancia fue clave para sostener a los suyos, pues cumplida la media hora de partido se llevó el mano a mano con Cantalapiedra, que se había plantado solo ante él.

Los pupilos de Luis García Tevenet estaban protagonizando un auténtico asedio. El Numancia, aguerrido como marca la tradición en su tierra, resistió los envites como buenamente pudo. Primero fue Chacartegui, luego un remate de Fede San Emeterio.

Mientras, en el área contraria, Higinio, que pecó de individualista en alguna acción, enviaba los balones demasiado altos. Y Diamanka, un portento al que había que vigilar muy de cerca, remató un córner que, a pesar del peligro, Soriano capturó.

Pero la historia cambió tras el paso por vestuarios. El Numancia, al que los nervios y la presión habían jugado más de una mala pasada, se metió de nuevo en el choque por deméritos de su rival.

En el 46, Borja San Emeterio se metió un gol en propia puerta. Lástima que su bonita y certera volea no estuviese orientada hacia la portería contraria.

Jarro de agua fría para los locales, que dieron un paso atrás. El Numancia olió el medio y se lanzó a por todas. El primero, Diamanka, que cabeceó en el área pequeña el esférico. El segundo, Unai Medina, desesperado por hacer olvidar su fallo del principio. El tercero, Nacho, que disparó desviado.

Varios frentes y ningún resultado favorable. Superado el trance, el equipo de Tevenet volvió a adelantar su presión. Ya no lo veía tan claro el Numancia. Y los nervios cambiaron de bando.

Higinio y Diamanka se echaron el equipo a la espalda, pero según pasaban los minutos iba menguando su confianza. Y cuando Pozo marcó, encontrando así el premio a su inconmesurable esfuerzo, los visitantes hincaron la rodilla. El pase en profundidad de Lara, soberbio, no podía haber sido mejor aprovechado.

Pudo ser más amplia la victoria si Aitor no hubiese rechazado un disparo de Cantalapiedra. O si el joven Zarzana, que saltó al césped en el minuto 86, hubiese convertido en gol las dos ocasiones de las que dispuso en el día de su debut.

Aunque también pudo haberse lamentado el empate si Soriano no saca con la punta de los dedos un balón envenenado de Diamanka. Pero el 2-1 resultó definitivo. Porque el Sevilla Atlético, temido ya en su feudo, volvió a llevarse por delante a un rival oponente que se jugaba la vida. Este descendido está muy vivo.

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