Ana Flores | Ajedrez

Precocidad y éxito tras el tablero

  • La sevillana muestra un gran talento para el ajedrez, que descubrió con tan sólo tres años

Ana Flores, junto a su padre, Manuel. Ana Flores, junto a su padre, Manuel.

Ana Flores, junto a su padre, Manuel. / M.G.

Ana Flores juega al ajedrez desde que tiene uso de razón. "A los tres años aprendí el nombre de las piezas, a los cuatro empecé a saberme algunos movimientos y a los cinco fui a mi primer torneo", resume con desparpajo.

Ahora tiene 11, pero bien podría pensarse que suma algunos más. Por su carácter, por lo mucho que ha aprendido frente al tablero, o por una combinación de varios factores, Ana se expresa notablemente. Sabe elegir las palabras, ya sea para explicar una modalidad de ajedrez o para contar cómo superó los nervios propios de la competición. Y lo hace con naturalidad. "La verdad es que nunca me ha dado vergüenza hablar en público, y el ajedrez también me da velocidad mental", argumenta.

Fue por imitación, como tantos niños aprenden de sus progenitores, que Ana descubrió el ajedrez. "Veía a mi padre jugar en el ordenador y me llamaba mucho la atención. Así que le pedí que me enseñara", cuenta. Esa primera inquietud pronto se convirtió en rutina. La niña, entusiasmada, fue empapándose de todo cuando escuchaba. Hasta que un día, la pupila superó al maestro.

"Al principio nunca conseguía ganar a mi padre, pero recuerdo que un día, después de cinco o seis partidas seguidas, lo conseguí. Me hizo mucha ilusión", rememora Ana.

Pronto el salón de su casa se le quedó pequeño y lo de hacer de público no terminaba de convencerla. Y fue el Náutico Sevilla el escenario de su primera competición. Como cada año, su padre, Manuel, competía en el torneo que organiza el club hispalense. Ana miraba con atención, pero quería más. Por eso, cuando cumplió cinco años, la inscribieron para que jugase con otros niños. Aquello ya no era sólo un hobby doméstico.

"Cuando la vio jugar, Tomás Bayo, del Náutico, nos animó a que la apuntáramos a más torneos. Y la verdad es que en poco tiempo consiguió unos resultados muy buenos", cuenta Carmen, la madre de la protagonista. Así fue como la pequeña quedó segunda en el torneo de Sevilla y tercera en el campeonato de Andalucía. Y sólo tenía siete años.

"No me esparaba para nada ser tercera de Andalucía porque había muchos niños. Estaba nerviosa. Cuando juego con mi padre no siento nervios ni miedo a perder, pero claro, ahí ya iba con más presión. Poco a poco me he dado cuenta de que, aunque a todo el mundo le gusta ganar, lo importante es participar, disfrutar mucho y aprender", se sincera.

Razón no le falta. Ana entiende la competición de forma sana. Practica cada día para mejorar y tiene marcado en rojo el próximo torneo de Sevilla. Pero para ella el ajedrez es mucho más que ganar. "El ajedrez me ayuda mucho con los estudios. Como tienes que memorizar jugadas y movimientos, cuando tengo que aprenderme la lección no me cuesta tanto. Y para las matemáticas va genial, sobre todo para el cálculo y esas cosas”, cuenta.

El único pero: compatibilizar el ajedrez con las fiestas de cumpleaños de sus amigos. "Me da mucha rabia, porque casi siempre coinciden con los días que tengo clase con Ismael Terán –Maestro Internacional sevillano–. Pero algún obstáculo iba a ver, porque entre el colegio, los torneos y el ajedrez no me sobra mucho tiempo", cuenta.

Tampoco pesa demasiado ese inconveniente en el día a día de Ana, porque ella es feliz cada vez que se sienta delante de un tablero. Por eso sueña con aprender tantos movimientos como sea posible. Y cuando sea mayor le gustaría estudiar Magisterio, y a ser posible, enseñar ajedrez: "Algunos amigos me piden que les enseñe y me entretengo haciéndolo. Me gustaría dedicarme a enseñar y si puede ser, también ajedrez". 

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