Andrés Sopeña | Escritor y catedrático de Derecho Internacional “Lo de cuidar el planeta es una tontería de cósmica magnitud”

Andrés Sopeña y su perro Morgan Andrés Sopeña y su perro Morgan

Andrés Sopeña y su perro Morgan / MG

De su libro ‘El florido pensil’, un ensayo en tono de humor sobre la educación en los tiempos de Franco, se llegaron a vender 350.000 ejemplares. Tiene otro titulado ‘La morena de la copla’, sobre la condición de la mujer en el reciente pasado. Su afición a los cómics le hizo escribir ‘¡Tente, iracundo otomano!’. Nació en Madrid en 1948, pasó su infancia en Linares y después ha vivido toda su vida en Granada, donde ha sido profesor de Derecho Internacional. Hasta el inicio de la pandemia ha intervenido en un programa de Ciencia en Canal Sur. Y tiene un perro que se llama ‘Morgan’.

–Usted es autor de un libro sobre la escuela en el franquismo. ¿Qué opina de la educación que se da ahora?

–La situación está muy mal. Todos, absolutamente todos los partidos políticos se han puesto de acuerdo en una cosa: en que todos los que salgan de la Universidad sean carne de obra de fábrica, carne de capitalismo. Estamos pasando por una etapa crítica con respecto a la educación que reciben nuestros jóvenes.

–¿Qué piensa de las clases y de los exámenes on line?

–Ese tipo de enseñanza no funciona porque nos falta cultura de la honradez. El que estudia para médico, por ejemplo, está pensando más en aprobar la asignatura que en aprender Medicina, así que cuando le des la oportunidad de que puede copiar o plagiar, lo hará como sea porque lo que le interesa es aprobar. Luego está la compostura, hay alumnos que están en pijama delante del ordenador, o se van y cortan el ordenador y luego dicen que ha habido un fallo… En fin, la picaresca está servida.

–¿Qué le ha enseñado la vida después de estar usted cuarenta años enseñando Derecho Internacional?

–La de la docencia es una experiencia interesante y curiosa porque te mantiene en contacto con personas que siempre tienen la misma edad mientras tú vas acumulando años. Pero no es la única circunstancia en mi existencia, claro. Los libros y la música me han marcado profunda, muy profundamente, y el cine… También la familia, algunas personas que he conocido, mis perros… Decía Heinz Rühmann, un actor alemán muy conocido: “Se puede vivir sin perro, pero no merece la pena”, y estoy completamente de acuerdo.

–Luego está el mundo de la mujer durante el franquismo que usted ha explorado también en otro ensayo suyo. ¿Le queda mucho a la mujer por conseguir?

–Nos queda, nos queda. Mi madre era mujer, y mi esposa y mis hijas, también lo son. Y la presidenta de la Comisión Europea y la del Banco de Santander; y la rectora de la Universidad de Granada y la persona que me atiende en la frutería… La última vez que fui en taxi me llevó una mujer y me dejó donde quería ir. Hay muchas mujeres, son la mitad de los seres humanos. Y vivimos juntos en el mismo planeta.

–Por eso hay que acabar con las discriminaciones.

–Sí. No entiendo qué beneficio pueden proporcionar a nadie ni qué fundamento tienen las diferentes formas de discriminación, pero desde luego hemos de terminar con ellas de una puñetera vez.… A mí, quien de verdad me amarga la existencia hasta la náusea es la gente estúpida, malvada y gilipollas; y mira qué bien le va.

–Asunto tebeos del que usted también es un experto. ¿Y si volvieran El Capitán Trueno y el Jabato a luchar contra los sarracenos?

–El Jabato lo tendría francamente complicado porque era un ibero soliviantado por los romanos. Por su parte, El Capitán Trueno era “progresista, subversivo, justiciero a favor de la democracia y defensor de los débiles”, adjetivos con los que su creador, el escritor Víctor Mora, describía a su personaje; “un discurso progresista en medio de la ortodoxia franquista”, que decía Vázquez Montalbán.

–¿A quién defendería hoy El Capitán Tueno?

–Trueno estaría ahora con los débiles, con los oprimidos, con los perseguidos por sus creencias, o por el color de su piel, o por su condición sexual… Es una pena que a la vuelta de unos pocos años, el pasado se disipe o, peor aún, se enmarañe y nos confunda de esta manera. El que ahora lucharía contra los sarracenos, vale decir inmigrantes, homosexuales, feministas, refugiados, animalistas, ecologistas…, el paladín de las políticas racistas, xenófobas e intolerantes sería El Guerrero del Antifaz.

–Usted ha colaborado en un programa de Ciencia en Canal Sur. ¿Cree que vamos a salir vivos de esta?

–Conseguir acabar con todo vestigio de vida humana sobre la Tierra es una ardua y penosísima labor, pero estamos en la senda correcta; que no quepa la menor duda. La destrucción de la selva amazónica, por ejemplo, progresa más que adecuadamente y sus consecuencias son más y mucho más graves que las que usualmente se comentan. Ya digo, por poner solo un ejemplo. De todas maneras, lo de cuidar el planeta es una tontería de cósmica magnitud.

–¿Por qué dice eso? Hay mucha gente interesada en salvar el planeta.

–Pues porque al planeta le da igual enfriarse que calentarse, que se vayan unos o que vengan otros: ha habido varias extinciones masivas y ahí sigue, tan pancho. Cuatro mil cuatrocientos y pico millones de años –seis mil años, según la biblia– tiene ya. Una bolita rocosa que gira en torno a una estrella, una estrella que junto a doscientos o trescientos mil millones de estrellas más forman La Vía Láctea, una galaxia, a su vez, entre miles y miles de millones de galaxias… Y nuestra especie, nuestra penosa especie, que no lleva más de un cuarto de hora o veinte minutos existiendo, se cree el centro del universo, reina del mambo, indestructible… Mira tú la cagadita de mosca, incapaz de garantizar su supervivencia.

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