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"Cecilia es un descubrimiento por hacer"

La cantante e intérprete, Lídia Pujol.

La cantante e intérprete, Lídia Pujol. / Laia Serch

Lídia Pujol (Barcelona, 1968) comenzó a formar su carrera como cantante e intérprete zambulléndose en la música medieval y yiddish. Es la creadora y directora de La Cerimònia de la Llum, espectáculo interpretado en monasterios y catedrales de toda Cataluña. El pasado septiembre presentó Conversando con Cecilia (Satélite K), un acercamiento exhaustivo a la obra de la compositora, fallecida en 1974. Una propuesta que, en el escenario, la lleva a realizar charlas con especialistas de distintos ámbitos –filósofos, economistas...– sobre la figura y el mensaje de la artista.

–Las versiones de estas ‘conversaciones’ con Cecilia dan protagonismo especial a las letras de la compositora. Y resultan mucho más potentes de lo que parecían en el momento.

–Esa es absolutamente mi intención. Digamos que a quienes la recordamos, Cecilia nos llegó al corazón, pues nos llegó como referente familiar, algo relacionado con la infancia, en una época en la que uno no tiene capacidad para discernir. Nos llega emocionalmente y ahora, lo que pretendo es que también nos llegue por la cabeza.

–Por su mensaje, porque había un mensaje.

–En todo el repertorio de Cecilia hay una filosofía humanista y una especie de doble juego, que intento reproducir en la recopilación. Una primera parte que nos pone en relación con la cultura en la que nacemos, aquello que se espera de nosotros:Doña Estefaldina, Mi Primera Comunión, Soldadito de Plomo... Y luego continúa con la ruptura o el cuestionamiento, Equilibrista, Me quedaré soltera, Cíclope... Un marcaje claro entre el quién soy y quién quiero ser.

–Lo que casa con su propia biografía, porque era una de las “modernas” de la época, pero provenía de entorno franquista.

–Ella había nacido en El Pardo, de hecho, pero como su padre era embajador, se educó en el extranjero y vivió de primera mano fenómenos como Dylan, The Beatles, Joan Baez... que influyen mucho en lo que hace.Por eso reflexiona tanto sobre aquello que te toca en la vida, si quieres repetirlo y engrosarlo o si quieres ir más allá, componer tu propia línea. Esa es la invitación radical de Cecilia, esa invitación a despertar la subjetividad y la opinión personal. Un árbol tiene raíz y tiene copa:tenemos unas necesidades, eso está claro, pero más allá de eso, ¿qué? ¿A qué aspiramos?Creo que es una buena pregunta en este tiempo de neoliberalismo rampante.

–Asombra lo actuales que pueden llegar a ser algunas de sus letras.

–Ella decía una frase que siempre me ha estado interpelando:mis canciones no son para hoy, son para mañana. En Cíclope, por ejemplo, hay una voz profética total, hablando de la televisión con aires de NODO y del mundo en blanco y negro, cuando “lo rojo es rojo, y lo negro es negro”.

"A quienes la recordamos, Cecilia nos llegó al corazón; ahora pretendo que nos llegue a la cabeza"

–Pues ahora alucinaría.

–A través de las pantallas, el sistema ha sabido cómo coger nuestra pereza y darle una rienda infinita... Mira, a los conciertos de este disco yo salía con un abrigo de visón de mi madre, que me quitaba enseguida porque era verano. Esos abrigos de piel que antes tanto se llevaban, y que eran un indicador de estatus, ahora nos dan repelús. Cada tira es el lomo de un ser muerto gratuitamente, lo rechazamos. Pero ahora vamos con móviles de última generación que arrastran un montón de sufrimiento humano detrás, y no lo vemos, mientras dejamos que esa extensión nuestra nos sumerja en otra realidad.

–¿Qué más cosas siguen sin cambiar?

–Pues yo creo que aún funciona la dinámica interna de las relaciones, ese “él es muy trabajador, ella muy guapa” que nos presenta en Un ramito de violetas; o la diatriba de Me quedaré soltera, y yo diría que ese ansia por conseguir una pareja, por la fotografía feliz, no ha cambiado ni un poquito.

–Evangelina, Cecilia, diseccionaba a la perfección lo que la rodeaba. Siendo jovencísima.

–Era inteligente, brillante, amable... No sólo era su inteligencia, sino la manera que tenía de decir las cosas, considerando al otro un igual en el sentido de que no te juzgaba por lo que hubieras hecho. Fíjate en la empatía del Ramito de violetas, hablando de dos personajes que están sacrificándose a sí mimos y cumpliendo con lo que se espera de ellos. Sabía transmitir sin sacar lo peor del otro, otra gran lección para la época actual: te deja con una escena e invita a tu mirada para que hagas lo que creas que puedes hacer con tu conciencia. No acusaba, no juzgaba: dejaba la voluntad de cada uno para poner luz y oscuridad.

–Ha trabajado con la versión sin censurar de las canciones. ¿Qué habían cortado las tijeras?

–Pues Soldadito de plomo nunca vio oficialmente la luz, por ejemplo, porque decía: No es el colmo/Que tengas que luchar/Por un general de madera. O Mi querida España, que el estribillo dice realmente: Esta España viva, esta España muerta. Hoy día, lo más profundo e importante, sin embargo, es cómo nos censuramos, el “si digo esto me pueden señalar...”

–Y todo esto sobre Evangelina Sobredo, ¿lo intuía ya o fue descubriéndolo?

–Pues todo fue de nuevas. El acercarme al trabajo de Cecilia no fue siquiera algo premeditado, sino totalmente casual. Cuando el rey dio el discurso por los problemas en Cataluña el 3 de octubre de 2017, yo escuchaba todo aquello pasmada y, de repente, saltó de la profundidad de la memoria, como un pez, el estribillo de Mi querida España: cuando me puse a buscar la letra descubrí lo de la versión censurada y a partir de ahí... Para mí fue todo un descubrimiento, pero creo que es un descubrimiento por hacer en estos tiempos.

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