Juan Ramón Lucas. Escritor y periodista

"A veces importa más la verdad de la emoción que la de los hechos"

Juan Ramón Lucas. Juan Ramón Lucas.

Juan Ramón Lucas. / J. Albiñana

-¿Cuándo supo que había una novela en aquel magnate déspota de la minería que fue el Tío Lobo?

-Nada más conocer el personaje, hace cinco años, en el Festival de Cante de las Minas de La Unión. En una cena coincidimos el entonces alcalde de La Unión, Paco Bernabé, María Dueñas y yo. El alcalde nos habló de Miguel Zapata y me extrañó que fuese un personaje tan desconocido, que se hubiese publicado tan poco sobre él. De inmediato llamé la atención a Dueñas sobre sus posibilidades novelísticas.

-¿Y no se dio por aludida?

-No. Justo estaba escribiendo La templanza, en la que también había un minero. Me dijo que, por su parte, ya tenía bastante. Y que debía intentarlo yo.

-Su novela contiene resonancias de cierto realismo mágico y del western. ¿Cómo se las apaña un periodista con estos géneros?

-No he sido muy consciente de los géneros, pero sí es verdad que hay pequeños matices próximos al realismo mágico. Y que hay mucho de western, eso sí. Al principio tenía en mente una novela histórica al uso, porque estaba muy condicionado por la deformación profesional y el rigor. Pero pronto comprendí que para contar aquello necesitaba otro ingrediente más flexible, más cercano a la ficción. A veces importa más la veracidad de la emoción que la veracidad de los hechos. Procuré crear un decorado real y realista, con una paleta próxima al western: el pueblo, los bares, las armas, el alcohol y todo aquello. Pero para reconstruir el carácter de los personajes no me ha parecido tan esencial ser fiel a determinada verdad. Lo que no quiere decir que haya mentido.

-¿Cuándo dejó de atormentarle, digamos, la deformación profesional?

-Cuando le planteé todas estas cosas a Arturo Pérez-Reverte y me dio la razón.

-¿Conocía él al Tío Lobo?

-Sí, y de hecho le pregunté si había pensado escribir una novela sobre Miguel Zapata. Me respondió que no, que no es el escritor el que elige los personajes, sino al revés, y que el Tío Lobo me había escogido a mí. Aquello me dejó tranquilo por una parte, pero por otra me inquietaba pensar qué había visto alguien como el Tío Lobo en mí para escogerme.

-También es La maldición de la casa grande una novela de mujeres, empezando por la narradora.

-Sí. De entrada, no quería contar la novela en tercera persona, porque eso me habría obligado a ser demasiado periodista, demasiado cronista. Ensayé la novela en primera persona desde la perspectiva del Tío Lobo, pero era muy complicado introducir matices. Y entonces apareció María Adra.

-María La Guapa.

-Así la conocían. Un cronista de Cartagena me dijo que existió realmente y que cuidó de Zapata en sus últimos años. Se convirtió en su amante y compañera cuando se quedó viudo. Era la narradora ideal, no sólo porque me permitía esquivar el tono periodístico, sino porque me abría de lleno las puertas de las emociones. En aquel mundo violento a manos de patronos rabiosos, las mujeres de los mineros eran las que más dolor soportaban, por los abusos que sufrían ellas y por los que sufrían sus maridos.

-¿Remite el nombre María Adraa la emigración que desde Almería contribuyó en el XIX a la explotación minera de Cartagena?

-Así es, inventé el nombre de María Adra por eso que dices. La Unión no se convirtió en pueblo como tal hasta 1968, pero la población pasó de tener 2.000 habitantes a principios del siglo XX a tener 30.000 a finales del mismo, y en ese crecimiento descomunal tuvieron que ver muchos andaluces, en concreto almerienses, que protagonizaron aquel éxodo en busca de El Dorado que se prometía en las minas de Cartagena. Fueron estos mineros emigrantes los que, por ejemplo, llevaron consigo desde Almería el flamenco y sembraron la semilla de lo que fue el cante de las minas.

-Del éxodo dan cuenta poblados mineros abandonados en Almería como los de Rodalquilar y Las Menas.

-Cuando cerraron las minas, muchos mineros marcharon a Cartagena. Y se llevaron sus pueblos consigo.

-¿Hay en su novela una posible imagen de España como territorio marcado por la frustración tras no saber aprovechar su riqueza?

-Con esta novela he aprendido una cosa: cuando escribes, aunque sea sobre otro tiempo, estás escribiendo necesariamente sobre el tiempo en que vives. Yo sitúo la novela en un ámbito tan cerrado como una sierra minera, en un contexto donde hay clases sociales muy marcadas, ambición, dolor y corrupción. Y sí, es posible que la España que yo vivo hoy día esté ahí metida. Lo hermoso del relato literario, en todo caso, es que una vez que aparece el libro ya no es de su autor. Admite todas las interpretaciones que los lectores quieran aportar. Si las hubiera conocido de antemano, me habría ahorrado mucho en psicoanalistas.

-¿Una novela tira de otra?

-Estoy en manos de los lectores. Como escritor, soy lo suficientemente vanidoso como para hacer algo que pueda interesar a los demás, pero a partir de ahí son los lectores quienes dictaminan si lo que escribo les gusta o no. Lo que sí sé es que quiero seguir escribiendo. Aunque necesito la certeza de que hay lectores esperando.

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