Apología del anarquista interior
Pues la suerte ya está echada, pero mañana la vida seguirá su curso Quizá la influencia real de lo que suceda hoy sea más relativa de lo que se pretende Siempre nos puede tocar el gordo
UNA de las personas más inteligentes que conozco es un cordobés llamado Adolfo Belmonte de Rueda. Es un tipo sencillo, afable, amistoso en el trato, bueno a la manera machadiana. Sabe de música y de literatura mucho más que otros que van por ahí pavoneándose y aireando sus académicas flatulencias, pero no hace alardes ni se vanagloria de ello. Escribe sobre estas materias con un alcance raro en estos días: Adolfo ha leído, ha escuchado, ha visto y ha vivido, y la sabiduría que se desprende de todo ello anida en cada línea que deja por ahí, escrita con el mismo sabor a tierra de los grandes. La cuestión es que el otro día se puso en contacto conmigo para hacerme un comentario sobre los artículos que he venido escribiendo sobre la campaña electoral: "Bujalance, me parece que los dos llevamos un anarquista dentro", me dijo. Y, la verdad, me hizo bastante ilusión. Hace ya algunos meses, el periodista malagueño Lucas Martín se refirió a un servidor en un acto público como "libertario". Así que, puñeta, voy a tener que creérmelo. En días como hoy, claro, escribir sobre la anarquía es, a la manera del chiste, como ir a la farmacia a comprar pescado congelado: no ha lugar. Bien, de acuerdo. Pero no deja de llamarme la atención el modo en que la sola mención del anarquismo despierta recelos entre los partidarios de la izquierda y la derecha: los primeros lo consideran sinónimo de apatía, de ausencia de compromiso, de vía fácil, de lavado de manos, con las consiguientes connotaciones de traición, como si únicamente pudiese darse un compromiso político a través de la más depurada escisión entre gobernantes y gobernados; los segundos lo vinculan con el desorden, el caos, el terrorismo y la guerra abierta, como si no pudiesen contarse históricamente grupos y acontecimientos criminales vinculados a las más diversas orillas del espectro político (pioneros tan deslumbrantes como Pablo Iglesias, el fundador del PSOE, y Cánovas del Castillo hicieron en alguna intervención parlamentaria invocaciones concretas al uso de las armas, y ninguno de los dos era muy anarquista, que yo sepa). También la izquierda y la derecha, en los momentos belicosos, se han mostrado especialmente eficaces a la hora de aniquilar cualquier asomo de anarquismo; y, ya se sabe, en algo tenían que ponerse de acuerdo. Al final, casi todo el mundo considera la asunción de la anarquía una cuestión utópica imposible, y aquí tengo que dar la razón a ese casi todo el mundo: esta asunción sólo podría ser impuesta a la fuerza, es decir, de manera absolutamente contraria al anarquismo. No hay en la especie humana, ni a nivel social ni a nivel político, madurez suficiente ni siquiera como para intentarlo. De modo que, definitivamente, amigo Adolfo, mejor dejémoslo estar.
Existe una evidencia: es deseable que los políticos hagan bien su trabajo; porque cuando no es así, y esto algo que sucede demasiado a menudo (lo que tendría que ver con los mecanismos de promoción de los partidos y con otras cuestiones habitualmente soslayadas), las consecuencias son siempre nefastas. En estos tiempos la gestión de lo público se ha confundido en exceso con el despacho privado, algo que se concreta especialmente en el ámbito municipal (ahí tienen el centro de Málaga, convertido en un bar con exposiciones; faltaba un Burger King frente al Teatro Romano para dejarlo todo perdido, y ya lo tenemos), aunque no menos en una sociedad empobrecida y embrutecida en todos los ámbitos. La solución pasa, claro, por la actuación de buenos políticos capaces de distinguir entre ciudadanía y clientela. Pero el devenir del sistema democrático ha generalizado la convicción, sustentada en el periodismo-espectáculo, de que lo que pase hoy va a resultar fundamental en la vida cotidiana de la gente, incluso en sus menesteres íntimos. Dado el anarquismo por imposible, tampoco estaría mal difundir la necesidad de que la gente se gobierne más y se deje gobernar menos, lo que no tiene que resultar contradictorio con que cada uno vaya a votar al partido que crea conveniente (y si es contradictorio, tampoco está mal contradecirse de vez en cuando). Un servidor acudirá a la urna con una convicción camusiana: el hombre rebelde es el que dice no. Y acordándose de lo que Guillermo de Ockham escribió sobre la tiranía (ríanse de Bakunin). Si no, siempre nos puede tocar el gordo.
BUJALANCE
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