QUERIDOS CAMARADAS | FESTIVAL DE CINE DE SEVILLA Viejos tumbos del mismo Andrey

Una imagen de la última intentona de Konchalovskiy: ‘Queridos camaradas’. Una imagen de la última intentona de Konchalovskiy: ‘Queridos camaradas’.

Una imagen de la última intentona de Konchalovskiy: ‘Queridos camaradas’.

¿Qué se puede decir a estas alturas, que no se haya dicho ya, de un director tan pesado, y con tan poco talento, como Andrey Konchalovskiy? Cabe legítimamente preguntarse por el responsable de sacar de las catacumbas al olvidado plasta para pasearlo por las ruinas de Venecia o descargarlo ahora en Sevilla. La carrera de Andrey se resume en pocos trazos: de su único timbre de gloria, gracias a su colaboración en los guiones de los primeros Tarkovski, pasó a llamar la atención en su debut con El primer maestro. Por supuesto, todo fue un mal entendido, Konchalovskiy dejó pocas muestras de nada interesante (olvídense de Siberiada) en su carrera soviética; y si forzamos el desenmascaramiento, su mejor película, que Lenin me perdone, basada en un abandonado guion de Kurosawa, y con un inolvidable John Voight, la rodó en Estados Unidos: El tren del infierno.

Queridos camaradas (eterna historia de represión comunista, ahora en la nueva URSS de Kruschev; enfrentamiento entre la vieja y la nueva generación; retrato de madre coraje en busca de hija desaparecida en la masacre), interpretada, otra vez, por su joven esposa a la que, indisimuladamente, cede todo el protagonismo desde el primer plano, empieza como uno de los últimos Wajda (ya saben, reconstrucción de cartón piedra y extras venidos arriba), para, en cuanto estalla la primera huelga, y con ella, la amenaza de represión, convertirse en el Kieslowski de Short working day. El problema, además de que Konchalovskiy está a años luz de ambos, es que de ese cruce imposible de especies sólo puede nacer un mostrenco cinematográfico. Atropellado, moroso y torpe en la narración, desmañado encuadrando en un 4/3 de telefilme, ni siquiera es capaz, en su tramposa resurrección final, de hacernos añorar al gran Boris Barnet de Al borde del mar azul.