La caja negra

El champiñón luminoso

  • El futuro hotel de la Avenida luce ya un estruendoso ascensor en la azotea, en pleno corazón del centro histórico de la ciudad

El champiñón luminoso en la Avenida, visto desde la Plaza de San Francisco El champiñón luminoso en la Avenida, visto desde la Plaza de San Francisco

El champiñón luminoso en la Avenida, visto desde la Plaza de San Francisco / Juan Carlos Muñoz (Sevilla)

HAY una ciudad que pisamos que cada vez tiene menos adoquines y más granito. Hay también una ciudad de fachadas que admiramos que cada día se ajusta más a la realidad porque sólo queda de verdad la piel de los edificios que un día fueron históricos. Y hay una ciudad en las alturas, de la tercera planta hacia arriba, que solemos ignorar porque nos cuesta elevar la mirada, tener esa visión de altura a la hora de emitir juicios y tomar decisiones en todos los sentidos. Aceptamos el granito y otros pavimentos churretosos, pero odiamos las antenas, las azoteas y otras fealdades. No hace falta ser un vecino privilegiado ni un acaudalado residente de calle cotizada del centro para contemplar el enésimo horror en el corazón de la ciudad.

Cualquier sevillano puede comprobar la galería de los horrores en que se han convertido las alturas del supuesto conjunto histórico declarado. Tampoco hace falta hiperflexionar las cervicales, como cuando uno asiste al teatro en primer fila. Basta con colocarse en la Plaza de San Francisco, muy cerquita del despacho del alcalde de Sevilla, para contemplar el ascensor que han colocado como terrible champiñón luminoso en el edificio del nuevo hotel, donde antes estaba la sede del Banco de Andalucía. Es una suerte de objeto no identificado, un grito en la noche, todo un símbolo de que en el centro de puede hacer ya lo que se quiera al nivel que se desee: sótano, planta baja o alturas. Tenemos monstruos de todo tipo.

Este champiñón en horario diurno es un adefesio más, como el tanatorio de la calle Santander, como el de la calle Castilla, como el que ya está planeado en San Jacinto. Pero por la noche es un platillo volante recién aterrizado. Puede usted colocarse en la acera de la plaza que permite admirar la fachada buena del Ayuntamiento –que tiene una cara bella como el paso de San Isidoro que tiene un lado bueno que es el que permite ver el rostro del cirineo– y al mismo tiempo venirse abajo con la atrocidad con el dichoso ascensor del futuro hotel que se eleva por encima del edificio.

Oiga, que no se trata de Sevilla Este, ni de Santa Clara, Pino Montano, Las Naciones o el Cerro. Nos referimos a un edificio que está a cincuenta metros de la sala de Fieles Ejecutores y de la Catedral, la nuez histórica de la ciudad, por la que venían esos turistas que ya no vienen. Da igual. No importa. Ancha es Castilla y fea Imagen.

Detalle del ascensor Detalle del ascensor

Detalle del ascensor / Juan Carlos Muñoz (Sevilla)

Un día se rechazó que la cubierta de la Cilla del templo metropolitano tuviera una cafetería, pero ahora autorizamos el champiñón luminoso en una de las perspectivas más cotizadas de la ciudad. Un día se autorizaron las setas de la Encarnación, pero después se desaprobó el traslado de la fuente de la Encarnita. Siempre he preguntado por la utilidad de las comisiones de patrimonio. Por los valores histórico-artísticos han hecho más los particulares que muchos organismos oficiales. Que se lo digan a Ignacio Medina, Pablo Ferrand, Joaquín Egea, Lola Robador, Ricardo Suárez, Isabel Gómez Oñoro, Rafael Llácer... Y una lista de ciudadanos que aprovechan sus tribunas en los medios de comunicación y en las redes sociales para denunciar barbaridades.

El día que nos importen un pimiento la pérdida de los establecimientos que hacen Sevilla distinta (como el ultramarinos que ha echado el cierre en San Esteban), la modificación del paisaje de nuestros cielos, la alteración de volumetrías, alineaciones y trama urbana, habremos renunciado a cuanto nos fue dado. Y, lo que es mucho peor, habremos contribuido a que Sevilla sea una ciudad cada vez más vulgar, cada día más asimilable a cualquier ciudad, cada día más globalizada.

Vendrán después los mas rancios del mundo a decir que cuanto aseveramos es un freno al avance de la ciudad. Dirán que las setas son un éxito porque los turistas acudían en masa (antes del covid) a visitar la Encarnación. Olvidan que ese turismo, efectivamente, era masivo. Y de la masa ya se sabe lo que cabe esperar, como de los programas más vistos de la televisión. A quien carece de criterio todo le parece precioso. Cuidemos los detalles, nuestros pavimentos, nuestros cielos, nuestros edificios. No se trata de apostar por el inmovilismo, sino de tener claro que todo cabe, pero con criterio.