Jesús Pérez Saturnino

El ejecutivo diocesano

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El ejecutivo diocesano

BUENO Monreal (1904-1987) fue el cardenal que adaptó la Iglesia de Sevilla al Concilio Vaticano II. En 1973 convocó un Sínodo que supuso meses de trabajo en la Catedral, en largas sesiones de grupos de trabajo que se organizaban en capillas y en las que, como curiosidad, se empleaban máquinas de escribir y las sillas de enea tan características del templo metropolitano durante muchos años.

En la logística de aquel Sínodo colaboró junto al sacerdote Antonio Hiraldo, vicario general y secretario general del acontecimiento, un jovencísimo sevillano que atendía por Jesús Pérez Saturnino (Sevilla, 1941), llamado a ser el gran ejecutivo de la Iglesia de Sevilla durante casi treinta años. En aquel sínodo, por cierto, las cofradías recibieron un gran zamarreón, se las instó a ponerse al día, tener más vida eclesial, adquirir más compromisos de cara a la sociedad, abrir las puertas…

A partir de entonces florecieron las casas de hermandad, las cuadrillas de hermanos costaleros y los grupos jóvenes que han llegado a nuestros días. Y esa apertura fue posible porque en aquel sínodo participaron cofrades que supieron entender el mensaje y que, lejos de atrincherarse, se pusieron las pilas.

Tuvieron luces largas. En aquellas sesiones participaron cofrades de la talla de Ramón Pineda, Ramón Martín Cartaya, José Sanchez Dubé, Ricardo Mena Bernal, Antonio Hermosilla, Joaquín de la Peña, José Rueda…Pérez Saturnino conoció en directo la gestación de la diócesis de los siguientes 50, 60 o 70 años. Su experiencia fue clave, así como su perfil de hombre resolutivo, de empresa privada y con fuerte compromiso cristiano. Congenió siempre con el cardenal Amigo, que desembarcó en Sevilla en 1982.

Don Carlos le encomendó un papel principal en casi todos los hitos de su pontificado: las dos visitas del Papa Juan Pablo II, el congreso internacional de hermandades y el traslado de Santa Ángela a la Catedral. Pérez Saturnino llegó a alcanzar tal grado de influencia que no pocos se referían a él como Jesús… del gran poder.

Si hablaba don Jesús en las largas sesiones de trabajo de cualquiera de esos acontecimientos, se podía dar por hecho que la suya era la opinión del prelado. Y si don Jesús decía que tenía que consultar algún aspecto con don Carlos, estaba claro que así sería.

Ha sido probablemente el laico más influyente en la Diócesis sevillana durante casi tres décadas, a lo cual han contribuido su enorme capacidad de trabajo y su profundo conocimiento de la realidad de la Iglesia en España, con especial atención también a la curia romana.

Pérez Saturnino es un apasionado de Roma que, además, está al día del quién es quién de los cardenales y de los principales cargos vaticanos. Fue miembro consultor del Pontificio Consejo de Laicos y tiene una fluida relación personal con Piero Marini, maestro de ceremonias que fue de Juan Pablo II. Marini fue quien simbólicamente cerró las puertas de la Capilla Sixtina (“Extra omnes”) para que diera comienzo el cónclave.

Cuentan que en 1993, estando el Papa en Sevilla a punto de comenzar la ordenación de varios sacerdotes en el Pabellón de Deportes de San Pablo, en una de las tardes de mayor calor que se recuerdan, Marini mandó pararlo todo y anunció por megafonía: “No empezamos hasta que venga Jesús Pérez Saturnino”.

Un sacerdote comentó que el tal Pérez Saturnino debía ser alguien muy importante, pero otra asistente que oyó el comentario replicó: “No se crea, no es nadie importante”. Quien hizo este último comentario era la esposa de Pérez Saturnino.

Hombre austero, sin concesiones. Fumador, muy fumador. Gran lector. De muchos viajes regresa con una maleta de más por la cantidad de libros que ha comprado. Su biblioteca tiene de todo sobre la Iglesia y su gran pasión: la liturgia.

Siempre procura que cualquier ceremonia se ajuste a la liturgia romana, de ahí que en ocasiones haya chocado con la afición de las cofradías por antiguas y barrocas formas. Hay quienes lo han visto como azote de los cofrades, cuando en realidad no era así. Simplemente trataba de cumplir, por decirlo de alguna manera, la normativa vigente, por llevar a la práctica las enseñanzas conciliares.

La visita del Papa de 1993

Por ejemplo, si en Roma se usa un único incensario, no hay por qué usar dos en las funciones de las cofradías. Y su perfil de hombre pragmático podía quizás revestir algunas de sus decisiones de cierta frialdad. A él se atribuye que la Virgen de la Pura y Limpia quedara directa y repentinamente sobre el presbiterio, sin pedestal, en la Statio Orbis de 1993 en el campo de la Feria, lo que generó cierta polémica.

Pérez Saturnino siempre lo ha atribuido a disposiciones del equipo del Papa, que con buen criterio expusieron que en una eucaristía la Virgen no podía tener más protagonismo que el crucifijo.

A algunos no se les olvidará el disgusto de Juan Castro, hermano mayor de la Pura y Limpia, cuando se percató de que la imagen mariana estaba desprovista de basamento. Por fortuna todo se solucionó cuando el Papa Juan Pablo II llegó al altar y se arrodilló ante la virgencita del Postigo.

La vida son...

La vida son recuerdos de aquellos años de estudio en el Seminario de San Telmo, de donde no salió un sacerdote, pero sí una persona profundamente vinculada a la Iglesia. La vida es salir muchísimas noches a las once o doce de la noche del Palacio Arzobispal por estar trabajando en esos grandes acontecimientos que le tocaron gestionar. La vida es madrugar y acostarse tarde en Roma para pasear, pasear y pasear por la ciudad eterna. Y sentarse a ver pasar la vida… en Roma.

La vida es controlar los impulsos de quien sabe de liturgia casi más que todos los que están en la curia local. A veces le cuesta guardar silencio. Y hasta en alguna ocasión, en otros asuntos, se le ha oído: “Eso no esta bien así, señor cardenal, pero si usted quiere que se haga así, se hace así”. Disciplina se llama.

Don Carlos le daba mucha libertad y él sentía (y siente) predilección por monseñor Amigo. Como es lógico, alguna vez chocaba con el secretario personal, el hermano Pablo, pero nunca eran refriegas que dejaran heridas. Se imponía la diplomacia vaticana. La vida es ir junto al sacerdote Francisco Navarro por el Vaticano y recibir el saludo marcial de la Guardia Suiza.

Testigos de la escena se preguntan todavía si era porque reconocían a Navarro, que fue del cuerpo diplomático de la Santa Sede, o si era por Jesús… y su gran poder. La vida es la felicidad cuando don Carlos retorna a Sevilla para bautizarle un nieto. La vida es una forma de ser sevillano por la que uno se ríe para adentro, se ríe para sí mismo, cuando oye algún disparate de uno de los muchos hermanos de la cofradía de los enteraos que radica en esta ciudad.

Un cargo a la medida

Tan experto fue siempre Pérez Saturnino en cuestiones de liturgia que don Carlos creó un cargo para él: maestro de ceremonias episcopales. A excepción de las que tenían lugar en la Catedral, el cardenal era asistido por Jesús en todas las ceremonias.

La verdad es que toda la notoriedad de Pérez Saturnino ha sido en el altar. Fuera de altar no ha sido hombre de buscar fotos ni otros protagonismos. Acumular tal grado de influencia durante tantos años lo convirtió también en diana de algunos críticos, que le culparon de que el cardenal Ratzinger no participara en el congreso de hermandades que se celebró en Sevilla al ser visto entonces como un purpurado excesivamente conservador.

El traslado de Santa Ángela

Tuvo un papel muy importante en los preparativos del traslado de Santa Ángela a la Catedral, junto con cofrades como el historiador Joaquín de la Peña Fernández. Hubo que hilar fino para desactivar la idea de usar el paso de la urna del Santo Entierro. Dicen que de aquellos actos masivos salió don Carlos relanzado definitivamente como nuevo cardenal, por el impresionante eco que tuvieron en la Conferencia Episcopal y en Roma. Y, por cierto, quedó el acuerdo de que aquellas andas, fabricadas expresamente para la ocasión, se desmontarían y almacenarían. Y así se hizo.

El día de la despedida de don Carlos y del recibimiento de don Juan José Asenjo en la Catedral, fue Pérez Saturnino quien estuvo rápido para reclamar que los fieles acudieran a recibir la comunión del nuevo prelado, pues la inmensa mayoría hacía cola para recibirla del cardenal. Tacto se llama. Un día recogió los bártulos y dejó su despacho del Palacio Arzobispal.

Ciclo terminado para seguir leyendo, fumando y, tal vez, riéndose para dentro. Y, por supuesto, para seguir ejerciendo de lector puntilloso que no deja pasar a ciertos periodistas un fallo en asuntos de la Iglesia, sobre todo si son cuestiones de liturgia.

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