Cartas desde la Estepa

El alegrón ruso

  • La victoria local sobre España ha provocado un estallido de felicidad en el país

No nos lo esperábamos, no nos lo creemos aún, fue una sorpresa y una alegría tan grande", me admitía mi amigo Max este lunes. Este país que me acoge desde hace casi cuatro años se ha llevado un buen chute de felicidad colectivo con el triunfo de su selección nacional a la española este domingo. Fueron numerosos los mensajes que me llegaron por las redes sociales y muchos rusos a los que he visto estos días. Pero debo decir que estas comunicaciones han estado marcadas por el respeto. No son un país futbolero y saben que nosotros sí lo somos. Y son conscientes del sofocón que supone para los españoles un fracaso así. Los rusos siguen durante el año mucho más la Premier y la Liga que su campeonato nacional y poca fe tienen en sus jugadores. Me expresaban su incontenible alegría y su sorpresa por el resultado, pero lo hacían casi excusándose.

Aficionados españoles y rusas muestran sus banderas en los alrededores del estadio Luznniki. Aficionados españoles y rusas muestran sus banderas en los alrededores del estadio Luznniki.

Aficionados españoles y rusas muestran sus banderas en los alrededores del estadio Luznniki. / ABEDIN TAHERKENAREH / efe

En las últimas horas la victoria de la selección rusa a la española ha sido omnipresente en las cadenas televisivas del país. Habré visto las paradas del portero ruso, Igor Akinfeev, en la tanda de penaltis cincuenta veces o no las he visto ninguna. También han sacado punta a la falta de acierto de De Gea y a las manos de Piqué que supusieron el empate a uno con memes en los diarios deportivos e informativos de televisión. Ha habido celebraciones callejeras a lo largo y ancho del país. Tiene este deporte una rara capacidad de unir territorios y provocar reacciones -muy semejantes- entre las poblaciones de todos los continentes que no deja de sorprender. (cuando uno empieza a teorizar con que el fútbol desata pasiones sobre todo en América Latina y África y tal te llegan los islandeses con su fiesta y sus trescientos mil habitantes y su PIB per cápita y se te rompen los esquemas). Los rusos -y antes los soviéticos- son punteros en muchos deportes y siempre acaban copando junto a EE.UU. y China las posiciones de privilegio del medallero de los Juegos de verano. Pero me cuesta creer una reacción así con las medallas olímpicas, la verdad.

En el ambiente reina la felicidad estos días y los moscovitas sueñan con estar en la semifinal

"Más de 120 minutos de infierno desgarrador y finalmente lágrimas de alegría", escribía en Instagram una antigua compañera. Tengo colegas en Kaliningrado que me enviaron por Whatsapp videos de las celebraciones y también las he visto de ciudades como Samara o San Petersburgo. Por supuesto aquí en Moscú fue tremendo. Sufrieron, manotearon, chillaron y saltaron durante el partido contra España como si fueran argentinos o colombianos.

Tuve la ocasión -la verdad es que andaba con el cabreo a cuestas aún- de montarme en el metro moscovita unas horas después del Rusia-España de Luzhniki y el ambiente era tremendo. Habituado al silencio sepulcral de cada mañana -la costumbre es no hablar en el metro de Moscú, como me ponga a charlotear con algún amigo el vagón se me queda mirando-, el jolgorio del domingo noche era llamativo. Y contagioso. Había ganas en este sufrido y recio pueblo de celebrar. En los vagones se cantaba el himno nacional y se coreaba el nombre del país. También se entonaban melodías tradicionales como Kalinka, cuyo soniquete anima por cierto el "yo soy español, español, español" que se puso de moda más o menos cuando lo de Sudáfrica.

El Mundial se nos empieza a escapar de entre las manos. El adiós de España -y de los poquitos aficionados españoles que han visitado Rusia- ha cerrado, sin duda, una etapa para nosotros. Aunque aún nos queda semana y media de campeonato, ya comenzamos a sentir una nostalgia de las vísperas. Me recuerda -esto solo me lo entenderán allá- al ambiente que reina en mi lejana ciudad cuando uno se adentra en el Jueves o el Viernes Santo y en el ambiente se comienza a añorar el Domingo de Ramos. Hoy me decía una amiga, Sasha, que espera que el buen rollo imperante -"hasta la policía es maja y relajada estos días"- se quede con nosotros. En las redes y medios rusos abundan estos días las historias de rusos que orgullosamente acogen a despistados latinoamericanos o europeos en sus casas o les ayudan a salir de algún contratiempo motivado por la barrera lingüística. "Parece como una competición de solidaridad", me contaba mi compañera Nastia. Entretanto y como mínimo hasta este sábado en que se enfrentan en Sochi a los croatas, mis vecinos seguirán disfrutando de este sueño esférico.

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