Cartas desde la estepa

La pasión pelotera está en el Cáucaso

  • La fiebre mundialista aumenta con el paso de las jornadas en toda Rusia, pero el balompié tiene entre las gentes del sur de la antigua Unión Soviética a sus mayores incondicionales

Una joven rusa se hace una selfie en Sochi, con la mascota del Mundial. Una joven rusa se hace una selfie en Sochi, con la mascota del Mundial.

Una joven rusa se hace una selfie en Sochi, con la mascota del Mundial. / Efe

La pasión está en el sur. También le ocurre a Rusia. Perdonen el tópico. En el imaginario europeo, más allá de Berlín y Praga todo es Este, pero lo cierto es que Moscú es solo el occidente de la gigantesca Federación Rusa. Un país que también tiene su sur (muchos sures, para ser exactos, porque ya me dirán teniendo en cuenta que casi siete mil kilómetros distan entre Rostov del Don y Vladivostok). Y en esas zonas, como he podido medir en Moscú estos años, se vive manera especial la pasión futbolera el año entero.

Abjasia, Chechenia, Osetia, Sochi, Krasnodar –ciudad que acoge a la selección española en estos momentos— o Volgogrado son algunas de los topónimos del sur ruso entre el Cáucaso, el mar Caspio y el mar Negro, donde este deporte de la pelota se vive con especial intensidad. Pero la pasión meridional va más allá de los estrictos límites del sur ruso y he de referirme a los moscovitas cuyas raíces se hallan en repúblicas hoy independientes y antaño parte de la Unión Soviética: Armenia, Georgia y Azerbaiyán (un paréntesis, porque no solo de fútbol vive el hombre: esta troika caucásica me ha regalado, culinariamente hablando, los mejores momentos de mi estancia en Rusia. No se pierdan su gastronomía si vienen para acá).

Los taxis son siempre un buen termómetro para medir por dónde van los desvelos, las ilusiones y las frustraciones de los habitantes de una ciudad y de un país. Es por supuesto el caso de Moscú, donde los taxis municipales conviven con los coches de las nuevas compañías que operan a través de las appsde los teléfonos inteligentes y con conductores privados que aún siguen respondiendo a la llamada del brazo alzado y con los que se ha de negociar el precio de la carrera de antemano. Con 13 ó 14 millones de almas en Moscú hay mercado para todos –aquí no se pelea— y el precio de la gasolina permite a los taxis ser un complemento asequible al, por otra parte, bellísimo y puntualísimo metropolitano.

El chófer étnicamente ruso es por lo general serio y silencioso y no abrirá la boca en toda la carrera. Así ocurre casi sin excepción. En cambio, el ciudadano ruso natural de alguna de las repúblicas del sur pregunta casi indefectiblemente al pasajero foráneo por su patria de origen a los pocos segundos de que éste se acomode. "España. Soy de la ciudad de Sevilla", me ha tocado responder religiosamente a armenios, georgianos o chechenos, los dos primeros con crucifijos colgando del techo del coche –no en vano estos pueblos presumen de ser los cristianos más antiguos de Europa— y los segundos dejándote claro que allí abajo practican la fe de Mahoma.

La mayoría de estos simpáticos y sonrientes caucásicos son profundos conocedores de la Liga española. Cosa que no tardan en expresártelo. Real Madrid y Barcelona son los clubes de sus amores, no hay duda de ello –la segunda pregunta de rigor es si soy de los blancos o de los azulgrana—, pero también conocen bien al Atlético de Madrid, al Betis, al Málaga, al Valencia o al Sevilla, cuya brillante trayectoria en los últimos años bien tienen presente. Con un veterano taxista kazajo de formas exquisitas hablamos una vez de Rinat Dasáyev, portero del Sevilla FC de los años 90. El ex guardameta es étnicamente tártaro y natural de Astracán, a orillas del Caspio, mar compartido por un puñado de países, incluido el del conductor de aquel chófer. Del ex delantero sevillista Kerzhakov, mucho más mediático y reciente, se acordaban casi todos.

También del Sevilla FC tuve ocasión de hablar brevemente con otro Alexander, Mostovoi, el zar de San Petersburgo, en una vinoteca del centro de Moscú y me recordó con guasa que en los años en que era figura del Celta de Vigo el equipo de Nervión no era nada del otro mundo. Me preguntó, él que coincidió con el extrenador sevillista Berizzo en el equipo gallego varios años, si Montella seguía en el club. Le dije escuetamente que ya habían pasado por el banquillo hispalense dos señores más.

El ambiente futbolero se está caldeando en estas vísperas. Hoy la FIFA ha anunciado que se ponen a la venta de 100.000 entradas más y casi dos millones y medio han sido ya adquiridas. Probablemente pocos de esos taxistas puedan permitirse un boleto. No hay dudas de que los rusos están respondiendo. Pero la pasión futbolera está sobre todo en el sur. Así lo he palpado durante los largos inviernos moscovitas, qué quieren que les diga. Todos estos años, cuando el Mundial que está a punto de comenzar quedaba lejanísimo.

"En España, calor, ¿verdad?". "En Yereván también: ahora veintiocho grados", me decía sonriente un chófer armenio hace unos días. Los armenios se reclaman hijos de Noé, pero, como otros habitantes del Cáucaso, esgrimen ante este extranjero que cierra esta carta una cierta solidaridad sureña, de Algeciras a Vladivostok, por un deporte que inventaron los ingleses. Qué cosas.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios