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El escepticismo planea sobre los portugueses ante su cita con las urnas

  • La mayoría de los ciudadanos no sienten mejoras sustanciales en su día a día pese a los buenos datos macroeconómicos.

  • Los sondeos auguran una abultada abstención de cara a las elecciones del domingo.

El candidato del PSD, Rui Rio, durante un acto electoral en Santa Maria da Feira. El candidato del PSD, Rui Rio, durante un acto electoral en Santa Maria da Feira.

El candidato del PSD, Rui Rio, durante un acto electoral en Santa Maria da Feira. / Tiago Petinga (Efe)

"Los políticos hablan muy bien pero el interior para ellos sólo es bueno cuando lo necesitan". António lo sabe por experiencia. Emigró a Lisboa en busca de un futuro y a sus 71 años, escéptico, no cierra la puerta a la esperanza: "Creo que estamos en el buen camino, pero no creo mucho en eso...".

Como António, son muchos los escépticos que sienten que el llamado milagro que ha convertido a Portugal en el país europeo de moda de la mano del Gobierno del socialista António Costa, tiene más eco fuera de las fronteras lusas que dentro.

Apoyado en una alianza de izquierdas, Costa revirtió parte de la austeridad tras el rescate del país sin incumplir las reglas presupuestarias de Bruselas, pero buena parte de los portugueses no sienten mejoras sustanciales en su día a día.

Por eso, aunque le pronostican un amplio triunfo, las encuestas no terminan de conceder una mayoría absoluta para Costa en las legislativas del domingo y auguran una abultada abstención.

A pocos días de decidir su voto en las urnas, más de 10,8 millones de electores ponen en la balanza los resultados de una legislatura que deja buenos datos macroeconómicos pero a un alto precio.

Parte de esa factura es, por ejemplo, el impulso de las grandes urbes frente al cada vez más desértico interior, y aún más caro ha sido el boom turístico nacional, que ha expulsado a miles a la periferia de las ciudades.

Son dos éxodos determinantes para entender el clima electoral en un país que, advierten expertos, no olvida los años duros y alza una ceja ante los eufóricos que garantizan que "está de moda".

La legislatura prodigiosa... con la austeridad en el retrovisor

"Portugal es un país más optimista, pero no olvidó lo que fue el periodo de la austeridad. Sus marcas continúan bien presentes", asegura a Efe Carlos Jalalai, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Aveiro.

Optimista porque ésta ha sido una legislatura prodigiosa en Portugal, rescatado en 2011 por la troika: desempleo en mínimos históricos, déficit cercano a cero, primera victoria en Eurovisión, primera Eurocopa de fútbol, premio a mejor destino turístico europeo, presidencia del Eurogrupo y hasta secretaría general de Naciones Unidas... todo ha pasado en estos cuatros años.

No olvida porque todo ello tiene su reverso. Si el paro ha bajado a cerca del 6,3%, ha sido gracias a los empleos del turismo y la construcción, con sueldos cercanos al salario mínimo (600 euros); si el déficit está en el 0,4% del PIB es en parte por una política de gasto ultralimitado que impacta en la sanidad pública, entre otros.

Y el resto, en manos de Salvador Sobral y Cristiano Ronaldo, logros "simbólicos", en opinión de Jalali, que han permitido salir del bucle del rescate, pero no bastan para que los votantes concedan a Costa ahora una mayoría absoluta.

Por mucha alabanza internacional, por mucho que Madonna eligiera vivir en Lisboa, en la calle la realidad es otra y se interesa en temas más prosaicos: trabajo y vivienda, convertida ya en obsesión nacional.

El 41% de las viviendas del centro de Lisboa son ya pisos turísticos, que el Ayuntamiento tuvo que limitar para evitar que se desvirtuaran por completo barrios históricos como Alfama, convertida en apenas tres años casi en un parque temático.

Mientras, la terminal de cruceros llega a albergar tres navíos simultáneamente muchos días, los comercios tradicionales cierran y es imposible alquilar un estudio por menos de 700 euros en la capital. Esto, en un país donde el salario mínimo está en 600 euros.

"Ha habido algunos cambios sociales interesantes", concede Carlos Jalali, quien avisa de que la "transformación del mercado de la vivienda" no se ha dado sólo en las grandes ciudades.

Las medidas para paliar la situación son lentas y generan apatía y desencanto entre los jóvenes que no han emigrado, que oscilan entre votar a partidos pequeños -con pocas posibilidades de llegar al Parlamento-, en blanco o abstenerse, como hizo en 2015 el 44% de los electores.

"La mayor parte de las personas que conozco ni siquiera va a votar", dice Vasco Rosa, un productor de cine de 30 años, quien confiesa que votará en blanco. "Creo que votar en blanco es mostrar que ya no creemos en el sistema", agrega este joven, que considera que "vale la pena ir a votar aunque sea para mostrar nuestro desagrado".

Mariana Taborda, una estudiante de Humanidades que votará por primera vez el domingo con 18 años recién cumplidos, prefiere apoyar a un partido minoritario, aunque sienta una cierta marginalidad. "Nos sentimos bastante como minoría porque escogemos siempre votar a partidos más pequeños, que no entran en el Parlamento", apunta, en busca de propuestas ambientalistas.

Los supervivientes del éxodo rural

Mientras, el Portugal interior observa con desgana la campaña electoral mientras clama por una solución que evite su vacío definitivo por el éxodo no solo al litoral, tradicionalmente más próspero, si no hacia los polos urbanos de Lisboa y Oporto, cada vez mayores.

"Los políticos hablan muy bien, pero las zonas de interior para ellos sólo son buenas cuando lo necesitan. Cuando no lo necesitan, no existe", lamenta António, dueño de un restaurante próximo a la famosa Avenida Liberdade. Con 71 años cumplidos, se mantiene al frente de un local que supone la culminación de una carrera iniciada hace 57 años, cuando emigró a Lisboa desde su aldea natal, en la sierra de Beira Alta.

Cuando vuelve al pueblo encuentra "amigos que dicen que no hay cómo ganar dinero", "viejos que pasan el día sentados en la taberna" y que no ven futuro para los jóvenes, en un país con una población cuya edad media supera los 44 años.

Observa un escenario similar en la tierra de su mujer, natural del Alentejo, frontera con la española Extremadura, y es muy escéptico cuando se le pregunta si cree que Portugal está de moda. "No. Son fases. Es evidente que si fuésemos a mirar el Gobierno anterior, donde sólo se hablaba de austeridad, ahora está mejor. Si en el futuro es así... Creo que estamos en el buen camino, pero no creo mucho en eso, no sé", agrega.

Votará el domingo, pero avisa de que no tiene confianza. "Yo no creo en los políticos. Es una farsa, ya está", sentencia.

Es una opinión no muy diferente a la que tienen los vecinos de Vilar Formoso, fronterizo con la región española de Castilla y León, donde Fátima Teixeira, de 62 años, ha visto emigrar a sus dos hijas. "La parte del interior es una miseria", asegura. "Falta empleo, los jóvenes se marchan, no quieren nada con esto. Esto es un desierto".

Se sienten abandonados en esta zona, donde piden inversión en transporte e industria para convencer a la gente de que no tienen por qué irse a la capital para labrarse un futuro. Para ellos, el milagro portugués sería ése.

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