Literatura

Antonio Muñoz Molina: teoría y práctica de la ficción

  • Llegan a las librerías dos libros del autor: 'La invención y el azar', una selección de textos inéditos, y 'El miedo de los niños', una 'nouvelle' ilustrada

El escritor Antonio Muñoz Molina (Úbeda, 1956). El escritor Antonio Muñoz Molina (Úbeda, 1956).

El escritor Antonio Muñoz Molina (Úbeda, 1956). / Iván Jiménez

La colección Mirto Academia ha alcanzado el centenar de títulos con un volumen sin desperdicio, La invención y el azar (Alhulia), una recopilación de textos de Antonio Muñoz Molina que, si bien nacieron como discursos o conferencias, una vez reunidos, se diría concebidos para darse calor los unos a los otros dentro de estas páginas. Estos textos comparten un mismo común denominador: la reflexión sobre la ficción, sus mecanismos, entresijos y ubicuidad.

"La ficción está en todas partes, continuamente, es una parte de la vida diaria tan común como el aire que respiramos, y está tan arraigada en nosotros como nuestros recuerdos personales y nuestros deseos ocultos", escribe el autor. Esta reflexión se cimienta en una doble experiencia, la de escritor y la de lector; un escritor que ha firmado un puñado de novelas magníficas, un lector de gustos variados que igual te habla de Georges Simenon que lo hace de Emily Dickinson.

La invención y el azar es un libro rebosante de gratitud hacia todos aquéllos que intentaron hacer el mejor trabajo con este artesanado antiguo de las palabras, sin preocuparse por el estridor del aplauso, los flashes o las interjecciones volátiles de la fama. (Nada que ver con esos tipos pequeños que utilizan la literatura para parecer más altos). El autor recuerda que "un escritor no es un profeta, ni un vehículo para las voces ocultas de la comunidad, ni un sacerdote, ni siquiera un portavoz. A veces, casi siempre contra su voluntad, un escritor puede convertirse en un símbolo, incluso un síntoma; el canario en la mina que sin proponérselo advierte a otros de la cercanía o de la presencia de alguna venenosa epidemia política o social".

A Muñoz Molina no se le caen los anillos al reconocer lo mucho que debe a cuantos han llenado sus horas lectoras, un gesto de humildad que le honra enormemente. (Nada que ver tampoco con esos otros convencidos de que la gran literatura nace con ellos).

Muñoz Molina nos invita "amigablemente" –así dice José Gutiérrez en su prólogo– a entrar en su taller de trabajo. Y allí dentro, por ejemplo, nos hace preciosas revelaciones sobre la larga gestación de Beatus Ille (1986) o El jinete polaco (1991), dos obras clave en su larga trayectoria como narrador. El secreto, en el fondo, es sencillo: trabajo, trabajo, trabajo. "Al cabo de casi cuarenta años y de no sé cuántos libros no podría calcular cuántas horas de mi vida he consagrado exclusivamente a este oficio que es también una pasión, y que tiene mucho de artesanía y algo que podría llamarse brujería. Cada una de esas horas y toda esa paciencia me han sido necesarias en la formación de mi escritura", confiesa.

No obstante, la sola dedicación no basta, y puede incluso llevarnos por el camino equivocado. Hay que mantener siempre vivo el principio de incertidumbre: "No tardé mucho en descubrir que más peligroso que no saber mucho era saber demasiado; que del virtuosismo al amaneramiento podía haber sólo un paso; que en el momento en que uno se siente muy seguro de su oficio ha empezado su decadencia". Se puede morir de éxito, ténganlo en cuenta.

Y de la teoría a la práctica. Nada más cerrar La invención y el azar he abierto El miedo de los niños (Seix Barral), una magnífica nouvelle que nos llega bellamente editada y con ilustraciones de María Rosa Aránega, ambientada en la noche espesa de la dictadura franquista, cuando el miedo campaba a sus anchas por estas tierras y los niños vivían más en la calle que en casa, imaginando historias que entremezclaban temerariamente con la realidad.

El miedo de los niños ilustra justamente la omnipresencia de la ficción propugnada por el autor en sus ensayos: los dos pequeños protagonistas, Esteban y Bernardo, sacian esta sed acuciante en el cine, en los libros, en los juegos; la vida les enseñará que ciertos monstruos, que parecen de leyenda, son tristemente reales. Yo querría estar a la altura de la ocasión y aprovechar para agradecerle a Muñoz Molina las muchas horas de buena literatura con que ha obsequiado a sus lectores.

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