Crítica de Cine (SEFF 2017)

Arte de lo inconcluso

El cineasta belga Boris Lehman probando la comodidad de un ataúd en 'Funérailles'. El cineasta belga Boris Lehman probando la comodidad de un ataúd en 'Funérailles'.

El cineasta belga Boris Lehman probando la comodidad de un ataúd en 'Funérailles'.

Como Godard, Lehman puebla la soledad hablando consigo mismo; muerto Monteiro, es el último resto flotante del slapstick, permitiendo con su físico que fluya la gracia sin que estemos ante una persona especialmente divertida. Este aislamiento cómico sirve de motor a las últimas películas del belga, derivas, adherencias y protuberancias de su diógenes fílmico, según el cual ya no basta con que "todo pase por la imagen", sino que lo fundamental es que "todos pasen por el cine", es decir, no por sus escuelas ni museos, sino comprendiendo que, en la vida, todo es relación, montaje, cambio de plano y, casi siempre, fundido a negro.

A la espera de su entierro filmado -ya planeado según parece-, Lehman organiza en Funérailles los preparativos mientras vislumbra la potencialidad de los rituales, dando pie a su característica gimnasia y expresión corporal, y paso a los colaboradores y amigos con los que comparte, no siempre con agrado mutuo, la disciplinada tarea de documentar una vida con la idea de trascender las personas del verbo y que les salpique a todos. Lehman, el más proustiano de los cineastas, lleva tiempo siguiendo a pies juntillas los consejos del tiempo recobrado y, ante el temblor y fragilidad del crepúsculo que se avecina, exacerbando su condición monstruosa (de monstruo maniático): la única manera de ser más que un triste y condenado "yo".

Funérailles, que avanza como se salta de piedra en piedra el ancho de un río, sin prisa y alargando sketches para mejor sentir el cronómetro que esconde toda cámara, contrapesa su aparente liviandad con un epílogo esculpido en piedra donde Lehman, ojos fijos en la lente y maneras de pequeño dictador, lee secamente un testamento escrito hace décadas pero que comprueba aún vigente. Sin duda, un gran momento de cine, y asimismo la consecuente maldición bíblica que corresponde a la desmesura de su proyecto babélico: ser los infatigables traperos del legado de este anti-Kafka, del celuloide inflamable a la postal más desvaída, para que alguien, en el futuro, pueda volver a levantar esta torre del inacabamiento.

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