JAVIER NÚÑEZ | CRÍTICA El sueño de las Goldberg

Javier Núñez en La casa de los Pianistas. Javier Núñez en La casa  de los Pianistas.

Javier Núñez en La casa de los Pianistas. / A.M.M.

No sabemos si de verdad el conde Keyserlingk  consiguió apaciguar sus insomnios con esta obra, pero lo que sí es seguro es que el clavecinista debió perder el sueño ante la perspectiva de interpretar esta monumental composición. Como suponemos que les debe pasar a los clavecinistas actuales cuando ponen por primera vez las Goldberg en el atril de su clavecín. En la noche del sábado pudimos asistir a la primera interpretación pública por parte de Javier Núñez, bien conocido en la ciudad por su asidua participación en Accademia del Piacere y su reciente concierto con Sara Águeda en el Otoño Barroco. No se prodiga tanto en solitario como a muchos nos gustaría dado el alto nivel de calidad de sus interpretaciones.

Como primera aproximación a las Goldberg que fue, hay que valorar con cautela el resultado final. Hubo errores de lectura y pérdidas de continuidad en el discurso en varias ocasiones, sobre todo en las variaciones 2, 3, 8, 9 (notas falsas), 20 y 26, problemas que de seguro irán desapareciendo una vez que Núñez continúe trabajando sobre la partitura y sus muchos retos técnicos. Con todo, pesaron mucho más en el balance global los aciertos, para empezar el saber sustraerse al Síndrome Gould: evitar un fraseo acelerado y agotador y optar por un discurso más pausado, introspectivo también, que permita distinguir con claridad las diversas líneas y sus juegos de relaciones, que es al fin y al cabo lo que da sentido a esta composición. Cabe en este sentido recordar la poesía y la delicadeza con la que delineó el aria, con leves toques ornamentales que adquirieron más presencia en su reaparición final. Soberbia fue su manera de recrearse en el fraseo de la armónicamente audaz variación 25, jugando con los silencios y la ligereza de la pulsación; como precisa fue su digitación en la 29, alternando acordes y arpegios y como limpios y nítidos sonaron los trinos de la 28.

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