Thomas Wolfe: salmodia de América

'Cuentos'

El autor, un clásico revalorizado en los últimos años, vuelve a las librerías con la edición de sus 'Cuentos'

Colin Firth y Jude Law, en 'El editor de libros', que recreaba la relación del editor Maxwell Perkins con Thomas Wolfe.
Colin Firth y Jude Law, en 'El editor de libros', que recreaba la relación del editor Maxwell Perkins con Thomas Wolfe.

"Algún día", anotó Thomas Wolfe en el cuento Gulliver, "se escribirá un libro sobre un hombre que era excesivamente alto, que vivía eternamente metido en una dimensión que no era la suya". En ese texto, el autor estadounidense (Asheville, Carolina del Norte, 1900-Baltimore, 1938) hablaba, como tantas veces hizo, de sí mismo: se refirió a la estatura de dos metros, que era su talla, como el mundo "más extraño y más solitario", y parece probable que él sintiera, por su corpulencia, la vergüenza y el complejo de inferioridad que hacían envidiar al personaje "a todos los hombres que estuviesen en la media". Por su biografía, Wolfe también ejerció la extranjería de quienes no encajan en ningún lugar: escapó de sus orígenes para abrazar la metrópoli, pero volvería a los escenarios de su infancia en sus páginas con la dolorosa conciencia de que uno, en verdad, "no puede regresar a casa".

Wolfe, que cuenta con fieles admiradores en España gracias a la edición de Valdemar de El ángel que nos mira, el libro que en vida le dio su popularidad, y a la labor de divulgación de su obra que ha llevado a cabo Periférica, que apostó por joyas como El niño perdido o Una puerta que nunca encontré, vuelve ahora a la actualidad gracias al empeño de Páginas de Espuma, que recoge en un volumen 58 cuentos y novelas cortas, de los que 43 piezas no eran accesibles en español. Un proyecto al que se ha consagrado la traductora Amelia Pérez de Villar, que se pasó "14 meses viviendo dentro del universo de Wolfe", y en el que brilla esa prosa torrencial y melancólica con la que retrató América un autor inmenso que se granjeó el asombro de Faulkner, quien tuvo el detalle de colocarlo el primero en un ranking en el que él se situó segundo.

Estaba previsto que los Cuentos llegaran a las librerías el 18 de marzo, pero la emergencia sanitaria frustró los planes. "Hay libros que se habían puesto a la venta poco antes de que estallara la crisis, otros que el coronavirus obligó a aplazar, pero a éste la declaración del estado de alarma le pilló literalmente en el camino, cuando se distribuía", señala Juan Casamayor, de Páginas de Espuma. El editor pensó en Pérez de Villar, que ya había colaborado con el sello en obras de Henry James, Edith Wharton, Harold Bloom o R. L. Stevenson, como la elección idónea para trasladar al castellano el corpus de Wolfe. Casamayor, según comprobó luego, no se equivocaba en su pálpito. "Es una traducción en estado de gracia. Consigue un vínculo maravilloso con el libro, logra subrayar esa prosa salvaje, desbordada, que tiene él", valora.

A lo largo de su vida, Wolfe ejerció la extranjería de quienes no encajan en ningún sitio

Pérez de Villar admite que enfrentarse a la majestuosidad de Wolfe trastocó su dinámica habitual de trabajo. "Estaba con una novela actual y pensé que alternar ambos proyectos, como ocurre otras veces, sería enriquecedor, que un libro alimentaría de algún modo al otro. Pero eso no funcionó. Me centré en terminar la novela y entregarla, y luego me puse en cuerpo y alma con esto. Y ahí me di cuenta de que no podía manejar otras referencias. Cuando me encargaron Cumbres borrascosas yo consultaba cinco versiones que tenía en el escritorio, pero la primera traducción que agarré de Wolfe no me servía, tenía vicios que yo detesto. Sentía que debía entrar en este trabajo sin conocimientos previos", analiza. El estilo "denso" del narrador también llegó a desvelar a la traductora: "Hacen falta muchas palabras para el torrente que es su voz, y a veces la cesta de sinónimos se acaba", confiesa Pérez de Villar, que llegó a inspirarse incluso en la cartela de una exposición de Ramón Gaya donde se topó con el término esplendente.

Thomas Wolfe.
Thomas Wolfe.

Hace unos años, Jude Law dio vida a Thomas Wolfe en una película, El editor de libros (Michael Grandage, 2016), que ahondaba en la relación con su editor Maxwell Perkins (Colin Firth), figura fundamental también en las carreras de F. Scott Fitzgerald y Ernest Hemingway. Aquel largometraje retrataba al autor de Del tiempo y el río como un tipo ególatra e inestable, obsesionado con la literatura y el reconocimiento. "Se puede ver como un ermitaño que no hacía más que escribir, pero estaba en contacto con el mundo", opina Pérez de Villar, para quien "proceder de un pueblo pequeño te marca". Wolfe, para la especialista, describe en sus páginas "el paso del entorno rural al urbano, en un tiempo además en el que Nueva York se está construyendo y asistimos al levantamiento de los rascacielos, y el ferrocarril recorre paisajes inmensos donde no hay nada. Wolfe aborda todo eso, y el mérito de este volumen es que trata la creación del mito de América, ese país de acogida donde la gente se abría paso no a codazos, sino con pistola".

Wolfe, que en sus escritos se sirvió de alter egos como Eugene Gant o George Webber, compuso con esos cuentos una suerte de autobiografía. "Eso se ve clarísimo en las historias que abordan la infancia en una zona rural, o en textos como el de El viejo Rivers en los que se inspira en su editor, y en otros que se ambientan en el mundillo literario", dice Pérez de Villar. Wolfe recogió en sus páginas también su viaje a Europa y su estancia en Francia y Alemania, donde "fue más famoso que en su país" y donde presintió las consecuencias del ascenso del nazismo. "Entendí entonces por qué otras naciones los temían y fui, yo también, presa de un temor súbito y espantoso que me heló el corazón", escribió en Oktoberfest.

“Parece un ermitaño, pero es un hombre en contacto con el mundo”, defiende su traductora

Porque ese autor que adopta frecuentemente "el punto de vista de espectador y de juez" a veces toma partido desde una sutil emoción, como sucede en El niño y el tigre, una historia protagonizada por un hombre negro que vuelve del ejército y en la que Wolfe "no es equidistante y trata a personas de otra raza como seres humanos, algo que no hacían aún muchos de sus contemporáneos".

Pese a que Wolfe murió en 1938 por una neumonía, su legado sigue vigente. Su traductora lo pensó gracias al relato Chickamauga, "que se sitúa en algo aparentemente tan lejano para nosotros como la Guerra Civil americana. Cuando vi en las noticias la entrega del personal sanitario para frenar el coronavirus me acordé de cómo Wolf retrata a los médicos y los enfermeros en esa guerra".

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