ANDREW ZOHN | CRÍTICA La nostalgia en los dedos

Andrew Zohn Andrew Zohn

Andrew Zohn / D.S.

El gratis total se está cargando la Cultura. Así de claro. Porque cuando no se paga, aunque sea una cantidad simbólica, por una oferta cultural, un concierto en este caso, el público no lo valora y no lo respeta. Y no respeta a quien acude con verdadero interés musical. Y, sobre todo, no respeta al artista. Y al final ocurren cosas como las de anoche en el Consulado de Portugal, un auténtico bochorno de móviles (más de seis), de sillas arrastradas, de charloteo incesante y hasta de canturreo que destruyeron por completo la magia de ese instante de comunicación entre intérprete y oyente. Una lástima.

Bastante tuvo Andrew Zohn con soportar un medio tan hostil y no desconcentrarse en un programa tocado todo de memoria. Un programa lleno de reminicescencias latinas, de ritmos y de lánguidos cantos de nostalgia.

El norteamericano aborda la interpretación desde la absoluta atención por el matiz y el detalle, por la limpieza del sonido y la claridad en la exposición de las texturas. Su sonido es delicado, poético, limado de asperezas en los ataques, preciso en la pulsación y ágil en la digitación de la mano izquierda, sin roces ni chasquidos. Gusta del fraseo reflexivo y del gusto en el decir. Ello le convino a la perfección al Angélico de Mompou, pero dejó corta de energía rítmica a la Sonata a la española de Rodrigo, en la que no obstante resolvió con limpieza y nitidez los juegos de disonancias y jugó con una amplia gama de colores en el Adagio. Con las piezas de Ayala, Reis y Gnattali se recreó en los juegos de síncopas y en un muy melancólico rubato, sosteniendo siempre la línea cantabile sobre el chisporroteo de los acompañamientos.

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