Brazo & Fernández | Crítica

Sobre lo popular y sus ficciones

Pepe Fernández y Manu Brazo en el Alcázar.

Pepe Fernández y Manu Brazo en el Alcázar. / Actidea

Dos jóvenes utreranos se juntaron para un recital distendido que partía de la idea de cierta música tradicional en torno a la cual desarrollaron una visión que fue del jazz al flamenco, con algunas gotas de experimentalismo vanguardista.

El nivel interpretativo resultó irreprochable en toda la noche. Manu Brazo es un saxofonista de sonido  exquisito, un fraseador elegantísimo, capaz de articular cada frase haciendo que todas las notas se escuchen claras y distintas, y una formidable máquina de ritmos. Pepe Fernández se compenetra a la perfección con él: rítmicamente es también extraordinario y es capaz de manejarse en una amplísima gama de dinámicas, que administra con talento.

Las canciones españolas antiguas armonizadas por Lorca fueron rearmonizadas por el dúo en una visión en la que pudo el componente jazzístico, aunque tanto en las Tres Morillas como en Los cuatro muleros experimentaron con la idea del piano preparado. Fue aquí, en las melodías supuestamente populares (o no) tratadas en su día por Lorca, donde me pareció que el dúo aportó una profundización más personal (de hecho, ya en el preludio con el que arrancaron las Morillas; menos acaso luego, en La nana de Sevilla, de tratamiento más simple). En todo caso esas dos piezas fueron quizá algo condicionadas porque entre medias sonó la brillante Suite Hellenique de Pedro Iturralde, con sus ritmos irregulares, sus resonancias al folclore griego pero sobre todo su querencia por las síncopas y el jazz modal de los 60.

Especial relevancia en el tratamiento del fraseo y la articulación tuvieron las Seis danzas populares rumanas de Bartók, dichas con literalidad pero personalidad agógica, gracias a una concepción muy generosa del rubato. En cambio a Piazzolla se lo homenajeó por una doble vía: con la melodía sencilla, casi devocional, del Ave María, casi sin variar, y con el desafío de uno de sus Estudios de tango, en el que volvieron a emplear técnicas extendidas: rasgueos del arpa y proyección de los armónicos de un saxofón asordinado sobre la tapa del piano.

Resultó original, aunque tampoco del todo desarrollada, la idea de mezclar La Salvaora de Manolo Caracol con las celebérrimas czardas de Monti. Tal vez sea esa la mayor objeción que se puede plantear al recital de estos dos formidables músicos sevillanos. Su trabajo se centró sobre todo en lo melodía, que variaron aportando capas ornamentales diversas, pero hay todo un mundo más profundo de tratamiento y desarrollo armónico que quedó por explorar. En este sentido, resultó significativo el tango de Gardel. Y en la propina tuvieron la ocurrencia de yuxtaponer la Saeta de Serrat con la Habanera de Carmen, pero, una vez más, dejaron sólo las melodías apuntadas, no terminaron de desarrollar la idea: no hubo ni mezcla ni variación (o al menos no la suficiente, no la que les permiten las obras de partida). Aunque este programa partía casi en su totalidad de un disco ya publicado me quedó la impresión de algo inacabado, de una work in progress. Son dos músicos excelentes. Pueden hacer más con este material.

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