The Generosity of Dorcas | Crítica de Danza Matteo Sedda y su cielo de agujas afiladas

El bailarín italiano Matteo Sedda en un momento de su solo. El bailarín italiano Matteo Sedda en un momento de su solo.

El bailarín italiano Matteo Sedda en un momento de su solo. / Sebastian Peeters

Matteo Sedda es uno de esos a los que Fabre llama ‘héroes de la belleza’, uno de los 27 titanes con los que compuso su pieza de 24 horas Monte Olimpo. Tal vez por eso, porque se lo debía (como a todos), el propio Fabre le ha dirigido este solo, como un pequeño homenaje a su generosidad. Un homenaje que encuentra en Sedda el intérprete ideal para esa mezcla perfecta de artificio y sinceridad, de retórica y de riesgo que caracteriza al polémico creador belga.

El punto de partida para hablar de la generosidad ha sido la figura de Dorcas, según el Nuevo Testamento una mujer que cosía y entregaba todos sus vestidos a los más necesitados y que por ello, al morir, fue resucitada por San Pedro. Una gran metáfora a cuyo servicio el Fabre artista plástico ha construido un hermoso marco, hecho de cinco hileras de lana de colores de las que penden más de 200 agujas formando un arco suavemente ojival.

Bajo este arco, en un círculo con letras y signos de difícil interpretación, un gran bailarín con sombrero y faldas negras, de una feminidad tan sensual como artificiosa, poco a poco irá cosiendo y entregando metafóricante al público sus vestiduras, hechas “con todo su corazón”, hasta quedarse quieto, con dos hilos rojos saliéndole del costado, como una imagen votiva. Un recorrido sin pausas, magníficamente acompañado por la composición, hecha de bucles instrumentales y vocales, de otro colaborador de Troubleyn como es Dag Taeldeman.

La generosidad de Dorcas, no es nada más. No hay rupturas ni grandes sorpresas. Sólo un bailarín con los labios pintados de oro, un actor, un performer que además de bailar estupendamente, es capaz de girar y girar como un derviche y de crear una multitud de imágenes con la rapidez y la habilidad de sus manos enguantadas. Porque Sedda también domina el mimo, y hace guiños al cine, e incluso –era casi inevitable, con tantas agujas encima- al cabaret sadomaso. Un talento y una entrega física que logra ponerle carne a las numerosas referencias intelectuales que se unen en la obra.

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