Arquitectura

Muere José Miguel de Prada Poole, el creador que apostó por los sueños

  • El arquitecto vallisoletano dejó huella en la memoria de los sevillanos con dos obras, el 'Hielotrón' y el Palenque

José Miguel de Prada Poole, en 2019 en el CAAC.

José Miguel de Prada Poole, en 2019 en el CAAC. / José Ángel García

La arquitectura española perdió este miércoles a uno de sus creadores más osados, un autor que concibió la disciplina en la que trabajaba como una oportunidad para materializar sueños y salirse de los aburridos márgenes de lo solemne. José Miguel de Prada Poole (Valladolid, 1938), fallecido a los 83 años, deja tras de sí un legado en el que abundan las construcciones efímeras o las estructuras inflables, trabajos que parecían oscilar entre lo fantástico y lo poético y que abrieron un camino lúdico y transgresor. Dos de sus diseños ocupan un lugar privilegiado en la memoria de los sevillanos: el Hielotrón, aquella mítica pista de patinaje sobre hielo que se levantó cerca de Montequinto a finales de los 70, y el Palenque, uno de los edificios más emblemáticos que incorporaría la ciudad con motivo de la Expo 92.

Ninguna de esas dos obras continúa en pie, pero a Prada Poole no parecía importarle. "Siempre me ha molestado pensar en la arquitectura como algo imperecedero, como si fuéramos egipcios, asirios o caldeos", aseguraba el creador  hace dos años, cuando el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo (CAAC) le dedicó una exposición. "Yo prefiero que mis obras dejen una huella en la memoria de las personas, y que cada cual las recuerde a su manera. No echo de menos ninguna de mis construcciones. La imagen mental que guarde la gente que estuvo en ellas o las vio alguna vez es mucho más interesante y hermosa. Y además hay un problema de escala: hoy, cualquier obra que se haga en Manhattan o cualquier rascacielos de los países árabes empequeñece a la pirámide más grande. En cambio las ruinas serán siempre impresionantes. El Foro de Roma lo es mucho más así, tal como está ahora, que si estuviera nuevo".

Una imagen del recordado 'Hielotrón'. Una imagen del recordado 'Hielotrón'.

Una imagen del recordado 'Hielotrón'. / D. S.

Antonio Cobo, el comisario de aquella muestra, La arquitectura perecedera de las pompas de jabón, la primera gran exposición monográfica que se le dedicaba a Prada Poole en España y un recorrido que repasaba sus trabajos desde 1968 hasta la actualidad, explicaba cómo el autor se rebeló desde sus comienzos a la palabra efímera, "de uso más común en arquitectura para referirse a una construcción de corta duración, y empleaba perecedera: lo efímero dura poco; lo perecedero sucumbe cuando lo hace la materia que lo conforma". Prada Poole se oponía a una configuración urbana "demasiado rígida" y defendía que "los edificios sólidos" fueran sustituidos por "acumulaciones de espuma", un planteamiento cercano a la quimera que para Cobo era "un manifiesto poético de su propia obra lanzado al futuro, desde donde hoy lo miramos".

"Siempre me ha molestado pensar en la arquitectura como algo imperecedero, como si fuéramos egipcios", decía el autor

Prada Poole ganaría el Premio Nacional de Arquitectura por el Hielotrón, una compleja estructura que a la pista de patinaje sumaba otras instalaciones como cafetería, una tienda de recuerdos y material deportivo o una guardería, pero el arquitecto envolvió esas funciones concretas con un alarde de imaginación. En su visita a Sevilla hace dos años, contó cómo le marcó en su niñez la lectura de algunas novelas de ciencia ficción, las conocidas como bolsilibros. En la portada de uno de esos volúmenes, Prisión Sideral, escrito por José Mallorquí con el seudónimo de J. Hill, aparecía una construcción futurista que recuerda a las cúpulas del Hielotrón. En su paso por el CAAC recordó también cómo le había influido igualmente el Pasaje Gutiérrez de Valladolid, construido por su propio abuelo emulando las grandes galerías comerciales parisinas de finales del siglo XIX y albores del XX. "Era un lugar completamente disparatado, y la extrañeza de vivir en un sitio así me llevaba a pensar en los mundos abstractos, en los que el valor de las cosas no es el que tienen sino el que se les atribuye". 

El arquitecto, responsable de otros fabulosos proyectos como Atlántida, una ciudad marina flotante y autosuficiente, estuvo muy involucrado con el arte contemporáneo y participó en dos proyectos determinantes como el Seminario de Generación Automática de Formas Plásticas del Centro de Cálculo de la Universidad de Madrid, creado en 1966 y embrión del arte cibernético español, y los Encuentros de Pamplona, en 1972. En 2008, el CAAC le dedicó otra exposición, en la que compartía espacio con el colectivo Ant Farm. Entonces José Lebrero lo definió como "un arquitecto maldito. En España no sólo no se conserva obra suya, apenas algo en Madrid, sino que tampoco se ha publicado nada sobre su trabajo", afirmó. Quizás pagó el precio de ser un visionario en un mundo que mira con recelo a los soñadores.

  

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