El CAAC inaugura 'La arquitectura perecedera de las pompas de jabón' De Prada Poole: arquitectura de ciencia y fantasía

  • Sevilla acoge hasta el próximo mes de septiembre la primera exposición monográfica dedicada al creador del muy breve y añorado 'Hielotrón' y el Palenque

  • La arquitectura, dice este singular constructor de espacios y edificios poéticos y visionarios, debe ser "como huellas de gaviotas en la arena"

Uno de los habitáculos de la 'Ciudad instantánea', construida para un encuentro artístico en Ibiza en 1971. Uno de los habitáculos de la 'Ciudad instantánea', construida para un encuentro artístico en Ibiza en 1971.

Uno de los habitáculos de la 'Ciudad instantánea', construida para un encuentro artístico en Ibiza en 1971. / D. S.

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¿Por qué la arquitectura ha de ser inmutable y colosal? ¿Acaso no es más bello y también más útil convertirla en un medio para materializar sueños e ilusiones, que por definición se quieren conservar pero son volátiles, perecederos? Todos los proyectos de José Miguel de Prada Poole –los construidos, que han sido muchos; y los ideados al milímetro para ser realizados, pero finalmente confinados al papel, muchos también– parecen ofrecer un sí rotundo, un sí hermoso y poético, a la segunda pregunta, y de paso un rechazo implícito a la primera.

"No me gusta que se diga que mis obras han sido destruidas", afirma este arquitecto singularísimo nacido en Valladolid hace 81 años, al que el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo (CAAC) dedica ahora la primera gran exposición monográfica sobre su obra organizada en España. "Siempre me ha molestado pensar en la arquitectura como algo imperecedero, como si fuéramos egipcios, asirios o caldeos –continúa–. Yo prefiero que mis obras dejen una huella en la memoria de las personas, y que cada cual las recuerde a su manera. No echo de menos ninguna de mis construcciones. La imagen mental que guarde la gente que estuvo en ellas o las vio alguna vez es mucho más interesante y hermosa. Y además hay un problema de escala: hoy, cualquier obra que se haga en Manhattan o cualquier rascacielos de los países árabes empequeñece a la pirámide más grande. En cambio las ruinas serán siempre impresionantes. El Foro de Roma lo es mucho más así, tal como está ahora, que si estuviera nuevo".

En Sevilla, para no ir más lejos, quedan dos de esas ruinas suyas de resonancias poéticas y arraigadas en la memoria colectiva. Unas pertenecen al Palenque, uno de los auditorios construidos en la isla de la Cartuja para la Expo 92, hoy un erial abandonado tras su demolición en 2007. Las otras son del Hielotrón, que muchos siguen llamando aún Heliotrón, se ríe De Prada Poole. A este proyecto le tiene un cariño especial, y no sólo porque con él ganara en 1975 el Premio Nacional de Arquitectura.

Interior del 'Hielotrón'. Interior del 'Hielotrón'.

Interior del 'Hielotrón'. / D. S.

Construido en unos terrenos cercanos a Montequinto, en Dos Hermanas y a un paso de Sevilla, aquella construcción neumática, hecha con cúpulas de lona, albergó principalmente una gran pista de hielo desde abril del 76 hasta febrero del 78 (cuando se vino abajo la cúpula central por un vendaval), ni dos años, pero a todos aquellos que la conocieron, al rememorarla hoy, se les dibuja una sonrisa en la cara. En el Hielotrón había también otras instalaciones (cafetería, salón de juegos, tienda de recuerdos y material deportivo, guardería...) que conformaban un marciano complejo de ocio cuyo exterior parecía uno de esos campamentos lunares que aparecían en las cubiertas de las odiseas espaciales de la colección Futuro. Novelas de ciencia y fantasía, que De Prada Poole devoraba con fervor.

"Es curioso, podría decirse lo mismo de su trabajo: Futuro. Arquitectura de ciencia y fantasía", dice el arquitecto y profesor Antonio Cobo, remedando aquel viejo y entrañable lema de novelitas de quiosco. Él es el comisario de esta muestra coproducida por el CAAC y el Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León (donde se verá a partir del 1 de septiembre, fecha de su clausura en Sevilla) y titulada La arquitectura perecedera de las pompas de jabón. Exactamente así se tituló uno de sus primeros artículos de juventud, en el que ya defendía –rechazando radicalmente la grandilocuencia de otros colegas como Raimund Abraham, convencido de que estaba llamado por no se sabe quién a "construir para la eternidad"– que la arquitectura debía ser, al contrario, "como huellas de gaviotas en la arena".

Vista aérea del 'Heliotrón'. Vista aérea del 'Heliotrón'.

Vista aérea del 'Heliotrón'. / D. S.

"Me crié en un sitio que determinó para siempre mi forma ver las cosas", explica De Prada Poole, que vivió de pequeño en el Paisaje Gutiérrez de Valladolid, construido por su propio abuelo emulando las grandes galerías comerciales parisinas de finales del siglo XIX y albores del XX. "Era un lugar completamente disparatado", retoma De Prada Poole. "Por un lado daba a la catedral; por el otro, a una zona de colegios –retoma–. Es decir, iba de ningún sitio a ninguna parte. Desde entonces la extrañeza de vivir en un sitio así me llevaba a pensar en los mundos abstractos, en los que el valor de las cosas no es el que tienen sino el que se les atribuye. Como el Árbol de Guernica, por ejemplo. Es un árbol, vale, pero se decidió que es también algo más, por lo que sobre todo es un icono, y sin embargo morirá, puesto que pese a todo no deja de ser un árbol, ¿verdad?".

Con ese espíritu a la vez icónico, visionario y poético ha trabajado siempre este arquitecto que desde el principio mantuvo una natural y fluida relación con el ámbito del arte contemporáneo, ya que participó muy activamente en dos de los hitos más glosados y fructíferos de los años 60 y 70: el Seminario de Generación Automática de Formas Plásticas del Centro de Cálculo de la Universidad de Madrid, creado en 1966 y embrión del arte cibernético español, y más tarde los Encuentros de Pamplona, en 1972, la gran cumbre nacional del arte experimental del momento. La exposición, amplísima (más de 1.400 piezas entre planos, fotografías, vídeos, publicaciones, maquetas y otras estructuras), recoge dos trabajos relacionados con ambos eventos.

José Miguel de Prada Poole, este jueves en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo. José Miguel de Prada Poole, este jueves en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo.

José Miguel de Prada Poole, este jueves en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo. / José Ángel García

Puede verse, por un lado, el Estetómetro, un llamativo programa creado por el arquitecto en aquel pionero Centro de Cálculo y cuyo objetivo era, mediante 574 fichas de computación, medir el valor estético de una obra atendiendo a su dimensión puramente física. El invento se enmarca en una era de pleno Optimismo tecnológico –así se llama de hecho el primero de los cuatro apartados de la muestra–, por lo que no fueron pocos quienes en aquel entonces se propusieron ampliar los límites de la creatividad más allá de la mano humana. Este bloque muestra cómo un joven De Prada Poole comprendió muy pronto las enormes posibilidades de la entonces naciente informática y la integró no sólo como herramienta o mero asistente de diseño para ejecutar sus proyectos.

El segundo apartado, llamado Revolución social, da cuenta de la obra del arquitecto en los primeros años 70, una época en la que, como muchos de sus coetáneos, De Prada Poole se vio atraído por la crítica a la forma de vida tradicional que afloró desde la cultura underground hasta el debate público. En estos años el vallisoletano se inclinó por una arquitectura lúdica y expansiva, mediadora de encuentros y celebraciones de espíritu comunitario y centrada en analizar las cualidades específicas de cada lugar. Un ejemplo de esta línea –uno entre muchos otros que recoge la exposición– es la decena de gigantescas burbujas neumáticas (11 metros de altura y 25 de diámetro), hechas con PVC –o como prefiere decir él, "con el plástico de los bañadores"–, que sirvieron de espacio de reunión en los Encuentros de Pamplona.

El Palenque, uno de los auditorios más emblemáticos de la Expo 92, antes de su demolición en 2007. El Palenque, uno de los auditorios más emblemáticos de la Expo 92, antes de su demolición en 2007.

El Palenque, uno de los auditorios más emblemáticos de la Expo 92, antes de su demolición en 2007. / D. S.

De Prada Poole siempre ha tenido como premisa, destaca Antonio Cobo, "exprimir al máximo la tecnología para simplificar al máximo las cosas". También, añade el comisario, el deseo de estirar hasta la pura "visión de futuro" la labor de "predicción" a partir de la realidad que en mayor o menor grado entraña todo proyecto arquitectónico. A partir de 1973, con la crisis energética provocada por los países productores de petróleo, el arquitecto orientó esas dos inquietudes hacia un fin a la vez práctico y utópico, como es la creación de condiciones de clima controlado para reducir la dependencia de energías contaminantes.

A esta parte de su trabajo se dedican las dos últimas secciones, muy relacionadas entre sí: Crisis energética y Hacia el control microclimático. En ellas se incluyen planos y documentación de un hotel bajo cúpulas transparentes (que no se llegó a construir) en Abu Dhabi, con el que proponía "la materialización de un oasis soñado", lleno de árboles frutales y un sistema de casi completamente natural de condensación del agua que suavizaría la severidad del clima, algo que también realizó ya en el Palenque mediante ventiladores con agua que redujeron hasta 14 grados la temperatura con respecto al exterior, y popularizando de paso un sistema muy similar al que ahora emplean tantos bares cuando aprieta el calor.

Aunque seguramente el proyecto más sorprendente en este sentido es su Ciudad orbital, una especie de gigantesca nave espacial con amplios pasadizos llenos de vegetación y suspendida a varios cientos de metros sobre el suelo, los suficientes, explica el arquitecto, para que todos sus habitantes no dejaran de ver la naturaleza que arruinaron, mientras ésta va lentamente recuperándose. Parece una licencia de novela o una película de ciencia ficción, pero José Miguel de Prada Poole lo tiene todo diseñado y calculado al milímetro. Carísimo, lo damos por hecho. Pero bueno es saber, por lo que pueda pasar, que un hombre se ha encargado de que ese último remedio se pueda llevar a la práctica.

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