Ruibérriz & Simón | Crítica Menudo Beethoven de época

Rafael Ruibérriz y Antonio Simón en el Alcázar.

Rafael Ruibérriz y Antonio Simón en el Alcázar. / Actidea

Se planteó este programa como la historia sentimental y triangular entre Beethoven, Hummel y la soprano Elisabeth Röckel, asumiendo que era ella la Elisa de la famosísima bagatela que le daba título, por más que la cuestión de la identidad de esa tal Elisa de la dedicatoria beethoveniana (¿o era Teresa?) esté lejos de haber sido resuelta. De cualquier forma, los dos alicientes fundamentales de la cita no recaían tanto en este relato –que Ruibérriz fue desgranando con intencionado suspense, sin importarle hacerlo entre movimientos– como el propio programa, que penetraba en un repertorio poco conocido de Beethoven (Para Elisa, obviamente al margen), y su interpretación con instrumentos de época, un piano de sugestiva tímbrica y un modelo de flauta de madera más cercana en sonido a su precedente barroco que a las traveseras actuales.

Conocido sobre todo por su trabajo en la música barroca, Rafael Ruibérriz se ha convertido en un auténtico especialista de todas estas flautas intermedias y volvió a dar una lección de fraseo, control de la respiración, entendimiento del estilo, apreciable tanto en la articulación como en la ornamentación, y solvencia virtuosística, especialmente requerida en la Sonata Op.50 de Hummel, típica obra para el consumo doméstico en la Viena de principios del XIX, editada con aspiraciones de llegar a un público amplio, por lo cual se daba la opción de la flauta o el violín como instrumento melódico.

No de mayor trascendencia resultaron ser las obras de Beethoven, repertorio menor compuesto de un arreglo de una serenata juvenil (no propio, aunque autorizado por el propio Beethoven, hasta el punto de que se editó como Op.41, cuando el original para flauta, violín y viola de mediados de la década de 1790 había sido publicado en 1801 como Op.25) y unas variaciones sobre un par de temas (uno escocés, otro ucraniano) compuestas en su madurez por puras razones crematísticas. Música también pensada para el consumo doméstico, de perfiles puramente clásicos, ligera, liviana, tan agradable como perfectamente olvidable.

El acompañamiento de Antonio Simón fue impecable por sonoridad y precisión. En realidad el acompañamiento deja de serlo en las variaciones, escritas para piano, y en las que el violín o la flauta se añadían como acompañamiento opcional. En solitario, Simón tocó con cierta rigidez rítmica una de las Bagatelas de la Op.33 (una lástima que no hubiera optado por alguna de la época de madurez del compositor, mucho más hondas e inspiradas). Su Para Elisa resultó en cambio considerablemente elástica, con sugerentes matices dinámicos, algún adorno original en la última vuelta de la melodía principal y pequeñas retenciones expresivas de tempo.

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