Tulsa Ballet | Crítica de Danza Un programa ejemplar del Tulsa Ballet

Una imagen de la coreografía 'Shibuya Blues' presentada anoche en el Maestranza. Una imagen de la coreografía 'Shibuya Blues' presentada anoche en el Maestranza.

Una imagen de la coreografía 'Shibuya Blues' presentada anoche en el Maestranza. / Francisco Estevez-Resized

Fundado en Tulsa (Oklahoma), en 1956, por la pareja de bailarines formada por el polaco Roman Jasinski y la norteamericana Moscelyne Larkin, el Tulsa Ballet se convirtió en profesional en 1978, pero ha sido después de 1995, año en que el italiano Marcello Angelini asumió la dirección artística, cuando la compañía ha alcanzado un lugar de primera línea en la esfera internacional.

El Ballet que llegó anoche al Maestranza, desgraciadamente en una única función, es una formación muy joven, constituida por 30 bailarinas y bailarines procedentes de 14 países, absolutamente extraordinarios por su técnica y su versatilidad. Y si su altísimo nivel interpretativo fue una de las gratas sorpresas de la noche, no lo fue menos el programa elegido, compuesto por tres piezas interpretadas en orden inverso al de su creación.

La primera, y la única actual, fue Shibuya Blues, obra de la coreógrafa belga-colombiana Anabelle López Ochoa. Una preciosa coreografía coral que nos permitió ver cómo se pueden trabajar el lenguaje y las variaciones de la danza clásica con un cariz cien por cien contemporáneo. Muy hermosa estéticamente, la pieza ofreció a todos sus intérpretes la posibilidad de mostrar sus mejores activos –giros, saltos, fuetés- con una energía fresca y casi desenfadada que conquistó de entrada al patio de butacas.

El resto del programa fue una lección de historia de la danza y un auténtico disfrute. La segunda coreografía fue el Who Cares? del georgiano George Balanchine. Un trabajo tardío (1970) que poco tiene que ver con las piezas que lo hicieron famoso en Europa, como el mítico Apollon Musagete de 1928, y mucho con esa vida bulliciosa que se encontró al marcharse a los EEUU, donde entre otras cosas, realizó varios musicales y fundó el New York City Ballet. Who Cares? no es más que una exhibición de pasos y de secuencias de la danza clásica (con las chicas en puntas, como en la primera pieza), que el llamado creador de la danza neoclásica despoja de todo su aura (y de cualquier posible historia) para entregarlas al sensualidad de las canciones de Gershwin. Un conjunto de alegres dúos y solos que nos trasladaron sin darnos cuenta a Broadway y al mundo del musical.

Pero lo mejor de la velada fue la oportunidad de ver en el escenario, con dos fantásticos pianos tocando en directo la música de Fritz A. Cohen, The Green Table (La mesa verde) una emblemática y premiada pieza de 1932 coreografiada por el alemán Kurt Jooss (1901-1979), que ha sido interpretada por compañías de todo el mundo –el Joffrey Ballet la tuvo once años seguidos en su repertorio- pero que nunca, que recordemos, se había presentado en esta ciudad.

La coreografía, extraordinaria en verdad si se piensa que aún faltaba medio siglo para la aparición de la danza contemporánea, nació como un alegato contra los horrores de la guerra, que estalla a pesar, o quizá debido al cinismo de los políticos que discuten en torno a una mesa sin lograr evitarla.

Ejemplo del expresionismo dancístico alemán, la obra empieza y termina con los políticos en sendas escenas casi esperpénticas en su gestualidad y su caracterización, para dejar en medio ocho escenas en las que, de una forma absolutamente esencial, nos va mostrando la marcialidad de los soldados, la ternura de las madres, la fiesta –en un fantástico baile público-, los fusilamiento… Y la muerte como elemento omnipresente, como en las danzas medievales. Es difícil saber lo que queda de los movimientos originales, pero el trabajo del Tulsa Ballet fue realmente excepcional.

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