Crítica de Flamenco

Voz cálida y entregada

Lela Soto es toda una estrella flamenca. Cuando ganó este concurso tenía 25 años y ya era una cantaora perfectamente madura. Conoce los cantes y también las posibilidades de su voz, de la que sabe sacar los matices necesarios así como la fuerza adecuada a cada momento. Lo vimos especialmente en los tientos, un género hoy ciertamente fosilizado pero que Soto, adscribiéndose estrictamente al modelo familiar, el que patentara en los 60 su abuelo El Sordera, convirtió en un cante fresco, recién nacido. Posee la cantaora una voz poderosa y de timbre cálido, rotunda, visceral y bien articulada. Y, por supuesto, es una virtuosa del compás. Y es que Lela Soto es hija de Vicente Sordera, sobrina por tanto de Enrique Soto y Sorderita, lo que significa que el flamenco como forma de vida lo respira desde el mismo nacimiento. Echa mano, además, del repertorio familiar como vimos en las seguiriyas de Paco la Luz. Pero trata también de renovar el repertorio y así introdujo una bambera, con la que abrió el recital, muy interesante y con unos estribillos novedosos que tratan de renovar un estilo que presenta escasa variedad melódica. Aunque nacida en Madrid en 1992, se trata, por sus orígenes familiares, de una de las grandes promesas del cante jerezano. Su voz suena a Jerez al 100%.

Abrió el recital el bailaor sevillano Adrián Domínguez, que obtuvo el primer premio de este concurso en Jerez. Hizo Domínguez una seguiriya eléctrica, tensa, con infinidad de recursos expuestos a toda velocidad. El baile es, precisamente, lo que hay entre los golpes, las escobillas, las vueltas, etc. El murciano Blas Martínez, por su parte, hizo una granaína íntima, minuciosa y una bulería en la que escancio alguna falseta de misterioso sabor.

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