Cultura

El amor, otra vez, lo cambió todo

  • Luis García Montero explora en 'No me cuentes tu vida', su nueva incursión en la novela, la memoria de una familia · El detonante de la trama es la relación de un joven con la empleada rumana que trabaja en la casa.

La biografía novelada de Ángel González, Mañana no será lo que Dios quiera, y más tarde ese inventario en el que abogaba por el valor afectivo de los objetos frente a un materialismo sin alma, Una forma de resistencia, inocularon en Luis García Montero el veneno de la narrativa. Cuando el poeta granadino quiso abordar en sus versos "la situación que estamos viviendo", descubrió que aparecía en los poemas una voz áspera, un tono "demasiado colérico, demasiado dogmático", y pensó que el género de la novela, y el desdoblamiento de los personajes que retrataría, le facilitaban un acercamiento "más objetivo" a la realidad. De esa reflexión, y también de ciertas dudas que trae consigo la veteranía -"me temo que lo que yo podía aportar, bueno o malo, a la poesía española ya lo he aportado, y corro el peligro de caer en una repetición un tanto hosca"- nació No me cuentes tu vida (Planeta), la historia de tres generaciones que tiene su punto de partida en la relación que el veinteañero Ramón mantiene con Mariana, la chica rumana que trabaja en casa de sus padres.

García Montero eligió ese título "porque es algo que los hijos nos dicen a los padres cuando queremos protegerles y les damos consejos, para que no caigan en los mismos errores que hemos cometido nosotros", pero esa frase "refleja también la frialdad de la sociedad actual, dominada por la ley del más fuerte, por la insolidaridad, donde cada uno va a lo suyo y prima el sálvese quien pueda".

En No me cuentes tu vida, la relación de Ramón y Mariana provocará la inquietud de Juan, el padre del novio, que intentará explicarse a sí mismo en una larga carta. "Él le recuerda al hijo que es un abuso acostarse con la criada, que en los años en los que él era adolescente eso lo hacían los señoritos, y el hijo le pregunta que en qué país está viviendo, que lo suyo es una relación amorosa y lo que quiere es casarse", resume el autor, que en su propuesta también describe la precariedad laboral y la falta de opciones de la generación que le sigue, la "quiebra" de "algo que habíamos creído aquí desde hace décadas, que los hijos iban a tener una vida mejor que sus padres". El hijo "ha terminado una carrera, y el padre le propone hacer una tesis, prepararse unas oposiciones, pero Ramón le hace ver que no se convocan oposiciones, que la tesis no sirve para nada. Los paradigmas de la realidad han cambiado".

García Montero no oculta que en el perfil de Juan hay muchos trazos de sí mismo: entre otros rasgos, ambos se mueven entre Granada, Madrid y Rota, comparten la misma edad y el mismo pasado. Uno de los episodios que el narrador describe como peripecia de su protagonista es el viaje que hizo junto a Alberti (llamado Pedro Alfonso en la ficción) por los países del Este. "Ahí está muy reflejada la pesadumbre que sentí al darme cuenta de que aquellos regímenes se parecían mucho a la dictadura franquista contra la que yo había luchado. En la novela, más que personajes con certezas, dogmáticos, hay gente llena de dudas que asume sus contradicciones, y me interesaba mucho la historia de esas personas que militaban por la libertad en España y se encontraban allí con una dictadura tan terrible", apunta. Las conexiones de la trama con Rumanía le permitían recordar su experiencia, pero también mostrar una cara muy distinta de los inmigrantes que llegan a España procedentes de ese país, como los que habitan "en la patria de Cervantes, Alcalá de Henares. Hay barrios enteros donde se habla rumano y los comercios son de gente de allí, hay dos periódicos en su idioma, y muchos de los que vienen lo que quieren es integrarse en el capitalismo de la Europa más avanzada. Quieren rodearse de electrodomésticos y no tienen intención de ahorrar para volver a casa".

Preocupado por la "desafección a la política" que gana terreno en el presente, "gravísima porque puede provocar movimientos populistas que tengan que ver con la demagogia o los totalitarismos", el escritor no quiere acusar de la crisis y sus devastadores efectos únicamente a los gobernantes. "Me parece muy triste que los políticos tengan que estar sometidos a los vaivenes de los mercados financieros y manejen unos presupuestos que cada vez contemplen menos partidas para campos como la educación, la sanidad o la cultura. Pero creo que los españoles debemos romper la dinámica absurda de que la culpa de todo la tenía antes Zapatero y la tiene ahora Rajoy. No es verdad. La culpa la tenemos todos por no reivindicar un discurso capaz de pararle los pies a los mercados".

García Montero, que de la mano del Centro Andaluz de las Letras (CAL) presentará en las próximas semanas su libro en Málaga (31 de octubre), Almería (10 de noviembre), Cádiz (20 de noviembre) y Córdoba (10 de diciembre), opina que "ninguna receta técnica, económica, científica o política va a orientarnos en medio de este caos que estamos viviendo si no va acompañada de la compasión, de la capacidad de ponerse en la piel del otro, de la capacidad de reivindicar el amor en las relaciones humanas". Y ahí cree que la familia, la esfera de lo doméstico, juega un papel importante, "es un ámbito de solidaridad, de resistencia, de cuidados, que está dando una lección en momentos muy complicados".

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