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El sustituto | Crítica

Nazis en la costa

Ricardo Gómez y Pere Ponce en una imagen de 'El sustituto'.

Ricardo Gómez y Pere Ponce en una imagen de 'El sustituto'.

Inspirada en hechos reales, El sustituto viaja a la España de los primeros años 80, entre el intento fallido de Golpe de Estado y el Mundial del Naranjito, para reconstruir en clave de policiaco el episodio marginal del descubrimiento de una comunidad alemana en la costa alicantina donde se escondían viviendo a cuerpo de rey algunos ilustres mandos del ejército nazi.

Siempre más interesante sobre el papel, el guion de la película conjuga esa caza del nazi, en la que también participaban comandos secretos israelíes, con el retrato prototípico de un joven policía (Ricardo Gómez) que llega a la zona con su familia para conducir una investigación al tiempo que intenta sortear las dinámicas corruptas del cuerpo, las amenazas de los grupos de ultraderecha nostálgicos del franquismo y una vida familiar que lo asfixia poco a poco en la rutina de clase media.

Mejor sobre el papel porque a todo eso, sin duda interesante, hay que ponerle luego la percha y el cuerpo que lo sujete con empaque dramático, tensión y credibilidad, y es ahí donde la cinta de Óscar Aibar, cineasta aplicado con cierta querencia por el género y la serie B (Atolladero, Platillos volantes, El Gran Vázquez), no termina de despegar para ser, por ejemplo, otra Isla Mínima capaz de insuflar más energía y estilización a un panorama y una trama entrelazada que lo tiene todo para ello, incluida la especulación inmobiliaria y el tráfico de droga adulterada como nuevo método de limpieza étnica.

Tal vez sean la elección y dirección de actores, desequilibrada cuando no descontrolada, el cliché de algunos tipos secundarios (como el comisario enfermo que interpreta Pere Ponce) o ese apósito para narrar (y cerrar) desde el presente. A la postre, la buena historia que hay detrás de El sustituto, su interesante lectura de la España convulsa de aquellos días, con una Transición aún verde y por hacer, y su herencia en el presente no terminan de cuajar con la suficiente densidad a pesar del entretenimiento garantizado.