El informe Auschwitz | Crítica

Lo que el cine no había contado del Holocausto: una obra necesaria

Una imagen de 'El informe Auschwitz'. Una imagen de 'El informe Auschwitz'.

Una imagen de 'El informe Auschwitz'.

El Holocausto resulta difícil de comprenderse desde la racionalidad histórica y ética, e imposible de narrarse. Nunca el ser humano había caído en un abismo de crueldad tan profundo. Nunca los logros de la racionalidad tecno-científica de la modernidad se habían utilizado para exterminar una raza y una cultura que no poseían tierras que conquistar o riquezas de las que apoderarse. Nunca se había aplicado la eficacia industrial a la matanza indiscriminada de hombres, mujeres, ancianos, niños y bebés. Es cierto que no ha habido progreso, desde que, como se cuenta en 2001: una odisea del espacio, el primer homínido cogiera un hueso para utilizarlo como arma contra otro, que no conlleve su utilización bélica. Pero el Holocausto fue otra cosa. Espadas, flechas, pólvora, gas mostaza e incluso la bomba atómica se utilizaron para vencer enemigos y ganar guerras. Pero el exterminio de seis millones de judíos europeos -y con ellos de gitanos, homosexuales y otros seres inferiores- no era un objetivo bélico. Es más, cuando Alemania perdía la guerra seguía destinando ingentes recursos a esta siniestra tarea. Los trenes que iban al frente cedían el paso a los que transportaban a los judíos en vagones de ganado. Por eso el Holocausto fue la quiebra y fin de la modernidad, del sueño del progreso lineal e imparable.

Los supervivientes no encontraban palabras para relatar lo que había vivido y eso multiplicaba su angustia. Muchos -son conocidos los casos de los escritores Jean Amèry y Primo Levi- se suicidaron muchos años después. Las imágenes reales de los campos fueron censuradas por los aliados para evitar que generaran una oleada de odio hacia Alemania que hiciera aún más difícil su reconstrucción. Hasta 1955 no se vieron algunas en el documental de Alain Resnais Noche y niebla. Por desgracia durante el Holocausto, ya fuera por razones estratégicas o por no dar crédito a los informes que lograban filtrarse, las autoridades aliadas no actuaron directamente contra los campos de exterminio y la prensa les dio escasa relevancia. En la introducción a su excelente tesis doctoral La prensa norteamericana ante el Holocausto: ¿testigo o cómplice? Alicia Ors cita el artículo de la soprano británica Dorothy Moulton-Mayer Mientras nosotros no hacemos nada, publicado en el New York Times el 7 de marzo de 1943, en el que reprocha a los norteamericanos ignorar las atrocidades nazis, afirmando con lucidez que uno de los éxitos de Hitler consiste en la incredulidad que generan sus actos, impensables en la Europa de mediados del siglo XX.

De este silencio durante el Holocausto, de este agónico intento de hacer llegar a los aliados el horror que Alemania estaba desatando, trata esta necesaria película. En ocasiones lo que una película da a conocer entre el gran público supera con mucho sus calidades puramente cinematográficas. Afortunadamente en este caso no carece de ellas. Muy al contrario, adopta una necesaria contención para que las imágenes se pongan al servicio de la historia que narra con fuerza a veces angustiosa y con respetuosa precisión. Esta historia es la de Rudolph Vrba y Alfred Wetzler, dos judíos eslovacos que habían logrado huir de Auschwitz a principios de 1944 y redactaron un informe conocido como El protocolo de Auschwitz o El informe Vrba-Wetzler para dar a conocer en detalle el difícilmente imaginable y casi indecible horror que allí sucedía.

Que recordemos ninguna película hasta ahora trataba de lo difícil que es narrar el Holocausto

El director eslovaco Peter Bebjak es muy consciente de que -desde La lista de Schindler a El hijo de Saúl pasando por La zona gris- grandes películas de variados enfoques se han ocupado del Holocausto. Pero, que recuerde, ninguna ha tratado de lo difícil que es narrarlo, de la incredulidad que su horrenda desmesura suscitaba, de lo que con tanto acierto el antes citado artículo del New York Times definía como el éxito de Hitler: la incredulidad que genera la bárbara demasía de sus actos (lo que recuerda la frase atribuida a Baudelaire: "el mejor truco del Diablo es hacer creer que no existe"). A este mérito suma los de sus poderosas imágenes -excelente fotografía de Martin Ziaran- y un acertado dominio del tiempo subjetivo que logra crear secuencias de gran tensión. Buen cine, divulgación histórica y advertencia ética se unen en esta muy estimable y necesaria obra.

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