Contra el dandismo

Representación de 'Las Salvajes en Puente de San Gil', de José Martín Recuerda, en el Eslava de Madrid (1963).
Representación de 'Las Salvajes en Puente de San Gil', de José Martín Recuerda, en el Eslava de Madrid (1963).
Manuel Gregorio González

08 de febrero 2009 - 05:00

Stendhal, a su paso por Italia, frecuentó legajos familiares y viejas crónicas del XVI para datar el carácter meridional y la pasión airada de papas y condottieris. Así, la rotunda corpulencia del francés se rendía, sin saberlo, a una doble inquietud del siglo XIX: el látigo del periodismo y la urgencia sedentaria del erudito. Es decir, al curioseo de lo anormal y al almacenamiento de lo antiguo. ¿Qué se proponía monsieur Beyle al rescatar aquellas historias de sangre, tan procaces como las del Aretino y tan del gusto de la nueva época? En sus propias palabras, luchar contra la impasibilidad del dandy; o lo que es igual, desvirtuar el hermetismo y la frialdad que Richelieu impuso como herencia a las cortes del siglo barroco. De este modo, el romántico Stendhal pretendía hacer, no sólo una sumaria arqueología del crimen; también una alabanza de la voluntad, cuando se trata de saciar una sed inextinta: aquélla que nace de la avaricia y la lujuria, pecados antagónicos, o la que duerme en la dorada espuma del cetro y la corona.

Hasta ahora, las Crónicas italianas se habían editado en pequeñas recopilaciones (Valdemar las recoge al completo), que nos permitían abismarnos brevemente en el universo turbulento, en la codicia palaciega, que tanto sedujo a Stendhal. Más tarde, serán Apollinaire, Valle-Inclán o el Huysmans de Allá lejos, quienes sucumban a este cruce de morosidad y violencia aristocráticas, cuando el modernismo alce su canto demoníaco en el cruce entre dos siglos. Stendhal, sin embargo, no pretendía ser un maldito, sino un hombre articulado por las pasiones, poseído por ellas, a la contra de la universal desgana, de la apatía y el spleen que había tomado los salones galantes. No en vano, Stendhal escribirá dos biografías sobre esa pasión omnímoda que atravesó los campos de Europa: Napoleón Bonaparte; y será su tratado Del amor quien nos enseñe, entre un cruce de palcos y un juego de celosías, la innúmera variedad de mujeres, de amantes, que amenizaron los crepúsculos del XIX. De entre todas, Stendhal prefirió a las italianas y a las españolas, como ejemplares enigmáticos, como cifra violenta y alegoría carnal de lo femenino. También Byron estuvo de acuerdo en este juicio. Al cabo, se trataba de vivir, de sentir, de perecer altivamente en esta aventura. En las Crónicas italianas, el lector encontrará un buen número de estas mujeres: mujeres hermosas y serenas, o coléricas y vengativas. De fondo, no obstante, asoma el hombre expeditivo y brutal, cárdeno heraldo renacentista.

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