Cultura

El día de la bestia

Avanti Teatro. Idea original y dirección: Eduardo Velasco. Texto: Paco Bernal y Eduardo Velasco. Ayudante de dirección: Miguel Zurita. Asesoría dirección: Cuca Escribano, Julio Fraga. Iluminación: Julio Fraga. Dirección de arte: Rocío Bonilla. Intérprete: Eduardo Velasco. Fecha: Jueves 5 de diciembre. Lugar: Sala La Fundición. Aforo: Tres cuartos.

Lo primero, el déjà vu: La Fundición, un actor solo ante el peligro y en in crescendo dramático, la cuidada escenografía e iluminación, el tema crístico... justo como Gregor Acuña en El gran inquisidor. De nuevo, entonces, la búsqueda por parte del actor, a partir de un exigente monólogo que culebrea por "temas importantes", de expiación (equilibrar de algún modo la sufrida carrera de cualquier intérprete mediático) y sanción sobre las tablas. Y es preciso consignar aquí que en lo que a despliegue físico y mental se refiere, en lo que atañe al arte dramático en tanto que coordinación de gesto y palabra, Eduardo Velasco está impecable, orgullosamente seguro de sí mismo y sabiéndole inocular ritmo a una obra más abigarrada y parcheada de lo que parece.

La calidad del texto ya es otro asunto. Todo lo que calla el Cristo de Dostoievski lo habla el de Bernal y Velasco, aquí una reconocible amalgama de posturas y encarnaciones (Cristo dubitativo, humano, rabioso, contracultural y pasoliniano) que vienen a decir -y a veces a gritar- lo que todo el mundo más o menos espera escuchar. Así, El profeta loco, en su acerada crítica a la religión jerarquizada, institucionalizada y traidora resulta sobre todo didáctica; didactismo estructural que si bien puede resultar provechoso e incluso impactante para el público más joven, desemboca en lo previsible para los más entrados en años. La religión, así el arte, es mucho más compleja, como bien saben Velasco, Bernal y Fraga, mucho más que sus actualizaciones más espurias, por dominantes que éstas sean. Y el teatro, tan ligado al hecho religioso, está para mostrar, hacer sentir y pensar, no para buscar la comunión entre creador y espectadores. Exenta de misterio, El profeta loco, una obra que se eleva cuando ríe y decae cuando se pone solemne y sentimental, debía habernos hecho notar a Nietzsche sin tener que nombrarlo tanto.

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