El enigma de las imágenes
Arte
Tras el proyecto 'Film', Beckett iniciaría obras para cine, radio y televisión, todas ellas se ven ahora en la Cartuja
Centro Andaluz de Arte Contemporáneo. Avda. de Américo Vespucio, 2, Isla de la Cartuja, Sevilla. Hasta el 20 de marzo.
En la destartalada habitación hay un hombre solo. Con cautela se desliza a lo largo de la pared hasta cubrir con un paño la ventana. Con igual precaución tapa la superficie de un espejo. Hay además ojos que brillan: los de los animales domésticos y unos, enormes, de un ídolo que cuelga de la pared. El hombre (encarnado por Buster Keaton: fue su último trabajo) expulsa a algunas y oculta otras. Ya nadie lo ve y se deja caer en una mecedora. De pronto se altera: hay una mirada más, la suya, y esa es inevitable. El ojo-cámara es inseparable de este cuerpo que no quiere ser mirado. El ojo, obediente al cuerpo, sorprende y evita las miradas de otros, pero a la vez, pone ante sí al propio cuerpo como imagen.
Cuando en 1963 decide hacer esta película, Samuel Beckett era ya reconocido novelista, dramaturgo y poeta. Su intención -él mismo lo dice- era glosar la frase de un antiguo pensador, George Berkeley, ser es ser percibido. Pero Berkeley añade dos palabras más a su célebre frase: ser es ser percibido o percibir. Al ignorarlas, Beckett parece aludir, más que al filósofo británico, a una reserva más moderna: el temor a la mirada. La tememos porque quizá nos reduzca a simple cosa o a mero acontecimiento. Pero este miedo no tiene remedio: quien mira es un cuerpo e inevitablemente será mirado. El vidente, por serlo, es también visible y visto.
Como señalan los comisarios de la exposición, Yara Sonseca y Javier Montes, Beckett pensó que la película no mostraba con claridad la paradoja pero poco a poco advirtió el vigor de las imágenes y eso lo animó a trabajar con ellas. Antes había escrito obras para la radio, en las que palabra y música se convertían en imágenes. Después de Film (así se titula la película que comentamos) iniciaría trabajos para la televisión. Todas esas obras para cine, radio y televisión se muestran ahora en la Cartuja, junto a una ópera con música de Morton Feldman sobre un poema de Beckett.
Hace algunos años, el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo expuso dibujos y pinturas de Henri Michaux, otro poeta que decidió un día cultivar la imagen visual. Obras de Klee, De Chirico y Ernst le enseñaron que la pintura no era estéril duplicación de lo cotidiano, sino que podía sacar a la luz mundos desconocidos que solían resistirse a la palabra. El azar de la mancha mostraba lo que se negaba a ser dicho. La opción de Beckett es diferente. No parte de la poética surrealista sino de la densidad del lenguaje que evidenció James Joyce: la lengua delimita las cosas, las articula en un entorno y las ordena en la memoria, pero también puede sencillamente hablar, hacer algo con las palabras. Basta leer unas páginas de Beckett para ver cómo las palabras, más que significar, describir o narrar, ponen algo ante los ojos.
Pese a ello, el lector siempre puede desvirtuarlas. Evitar el desconcierto que despierta la frase fragmentaria de sintaxis difícil, rodearla y traducirla: es decir, hacerla razonable, limando su filo. La imagen resiste mejor esta prueba. Así lo muestra Not I. En flujo compulsivo e incesante, las palabras de la mujer no narran su angustia sino la expulsan, casi la escupen. Pese a ello, cabría neutralizarlas. No así la agitada boca que, cubriendo por completo la pantalla, gesticula sin parar desde el altar mayor del templo de la Cartuja.
La imagen no se deja dominar, no se pliega al orden, no quiere entrar en razón. Despierta en nosotros una experiencia olvidada: la de quien ve algo que se le resiste, porque rehúsa el molde del nombre y no se acomoda a ningún recuerdo manejable. En esos casos, sólo cabe extender el dedo y señalar: así ocurre con esta gran boca de mujer. También puede que intentemos, sin traicionarlo, modelar el enigma de la figura con una fantasía que muchos llamarían artística: tal esfuerzo de alfarero exigen los inquietantes rostros de Qué, Dónde o los personajes de Trío de los Espíritus. Hay también imágenes más sencillas (como las de Noche y sueño) pero su temple poético punza la memoria y la fantasía hasta desvelar su alcance.
Todas las obras están en las dependencias de la antigua Cartuja. La ópera de Feldman-Beckett confiere extraña luz a la capilla de los enterramientos y las cuatro figuras de Quad -¿monjes o bailarines?- ocupan el lugar del Milagro de San Hugo, recorriendo las direcciones posibles de un cuadrado sin encontrarse nunca en el centro. En otro tiempo hubiéramos hablado de incomunicación. Hoy, como ya dijera Adorno, preferimos evitar esa palabra, que apenas dice nada, y como en las otras obras, tratar de comprender dejándonos llevar por el enigma de las imágenes.
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