Javier Moro | Escritor "No puedo comprender que los Guastavino sean unos desconocidos"

  • La novela 'A prueba de fuego' recupera las figuras de Rafael Guastavino padre e hijo, figuras esenciales ambos en el desarrollo de la arquitectura estadounidense del último siglo

El escritor Javier Moro (Madrid, 1955), en una imagen de archivo. El escritor Javier Moro (Madrid, 1955), en una imagen de archivo.

El escritor Javier Moro (Madrid, 1955), en una imagen de archivo. / Daniel Pérez

La historia tiene sus propios agujeros negros, sus olvidos inexplicables, y los de Rafael Guastavino, padre e hijo, son dos magníficos ejemplos. Arquitectos ambos, en 1881 emigraron a Nueva York, al borde de la ruina, con el firme propósito de formar parte de aquel sueño que representaba diseñar la ciudad que habría de convertirse, en muy poco tiempo, en la capital del mundo. Guastavino padre, hombre de personalidad compleja, caótico en sus relaciones personales, de inquebrantable vocación y visionario en cuanto al desarrollo urbanístico, no tarda en descubrir el elemento diferenciador con el que abrirse un hueco y encontrar su propio espacio: los edificios ignífugos. Un tema trascendental en aquel momento, tras los grandes incendios que asolaron Boston y Chicago sólo unos pocos años antes. Esa fue la puerta de entrada que utilizaron Rafael Guastavino, padre y posteriormente su hijo, que heredó de este el nombre y el oficio, para convertirse en dos referencias esenciales de la arquitectura estadounidense del último siglo, firmando más de mil edificios, algunos de ellos tan singulares como el Memorial Ulisses S. Grant, el Cobertizo de Prospect Park, ambas en Nueva York, o el Museo de Historia de Natural de Washington, en los que dejaron evidencias de las características más llamativas de su estilo: sus sugestivas escaleras de caracol, sus resistentes azulejos y, sobre todo, sus bóvedas, que aún siguen utilizándose. En A prueba de fuego, Javier Moro nos narra la vida de los Guastavino: la profesional y la personal, marcada por su relación de admiración mutua, celos y rivalidad creativa.

–¿Cómo descubre a Rafael Guastavino y qué es lo que más le atrae?

–Lo primero que me llama la atención es que nadie hubiera escrito nada sobre Guastavino, porque este hombre, con todo lo que hizo, si hubiera sido francés o italiano, tendría series y películas sobre su vida. Y luego me fueron llamando la atención otras cosas conforme fui investigando. Yo estuve viviendo en Nueva York durante un tiempo y solía frecuentar un restaurante muy conocido, llamado el Oyster Bar, un espacio que había sido diseñado por Rafael Guastavino hijo, un arquitecto valenciano del que yo no sabía nada entonces. Eso quedó como una anécdota hasta que, años después, mi editora me sugiere que investigue sobre Rafael Guastavino, al considerar que puede ser un personaje que me podría interesar. Cuando empiezo a indagar, la historia me seduce en un principio por su trayectoria profesional, pero es el aspecto personal el que realmente me atrae. Si no encuentro una vena de emoción, no me lanzo a escribir una novela.

–¿Ha sido muy complicada la tarea de documentación?

–Yo no quería inventarme una novela de la nada, y por eso dediqué mucho tiempo a conseguir una información que, en realidad, no me cuadraba, ya que me emplazaba con situaciones muy extrañas si tenemos en cuenta que sucedieron a finales del siglo XIX. En uno de mis viajes a Nueva York, gracias a un contacto de la heredera de la familia Guastavino en España, me puse en contacto con un primo americano que acababa de heredar unas cartas que me podrían ayudar. Y es cuando leo las cartas cuando todo cobra sentido. Había cartas muy reveladoras de su amante, también de sus acreedores o de su propio hijo, que desvelan la vida de la familia Guastavino, en su intimidad, y ahí es donde encuentro la emoción que estaba buscando.

–Leyendo su novela da la sensación de que no ha tenido usted que emplear en exceso su imaginación...

–He tenido que ficcionar muy poco. Donde más, en la diferenciación de los dos Guastavino, que fueron el padre y el hijo, y que compartían casi todo: nombre, profesión, proyectos..., de tal manera que a veces es complicado delimitar dónde empieza uno y dónde acaba otro. Una relación complicada, tal y como se confirma cuando lees las cartas y puedes comprobar cómo el hijo le solicita más independencia y autonomía a su padre, ya que quería ir más allá. Evidencian las cartas una gran rivalidad entre ellos, una especie de pique creativo que a mí me pareció muy interesante desde el principio. Esta vez, a diferencia de otros proyectos, sí he tenido suerte con los familiares, muy cabales y colaboradores.

–Guastavino nos traslada a esa teoría que habla sobre la imperfecta naturaleza humana.

–No hay inteligencias completas, no hay alguien que sirva para todo, tenemos habilidades para ciertas cosas. De hecho, es característico de los genios, como era Guastavino, que poseen un talento enorme pero que a la vez son personas caóticas. Guastavino padre y la realidad cotidiana no casaban bien. El dinero, las obligaciones y demás no eran de su gusto, por eso se refugiaba en el trabajo. El hijo narra en las cartas cómo su padre dibujaba durante horas con una concentración que rozaba el estado de trance. Tal vez fuera su manera de escapar. Yo no quería que fuera una biografía clásica, y por eso recurro al hijo, que es una persona que está buscando su identidad y para eso necesita conocer a su padre, que es realmente complicado, ya que hablamos de alguien explosivo, excesivo y genial, que a la vez podía ser mezquino y autoritario.

–¿Por qué los Guastavino siguen sin ser conocidos y, sobre todo, reconocidos en España?

–Seguramente porque su estilo y manera de construir no se corresponde con la imperante tras la Segunda Guerra Mundial. Sus proyectos tenían un componte muy artesanal, en un tiempo en el que todo pasa a ser muy funcional, de acero y cemento. Su memoria cayó en el olvido, pero lo bueno que tiene la arquitectura es que tu obra permanece. Y con respecto a su obra ahora nos llega su belleza, pero también su durabilidad. No sólo fueron los creadores de más de un millar de edificios en Estados Unidos, también fueron la referencia de una manera de enfrentarse a la construcción pública en aquel país. Lo que hizo Guastavino nos ayuda a entender a Gaudí, ya que sienta las bases del denominado premodernismo. Por todo esto, no puedo comprender que sigan siendo unos desconocidos en España.

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