Jesús Carrasco | Escritor "La asociación entre emoción y debilidad nos pesa demasiado"

  • El escritor afincado en Sevilla publica 'Llévame a casa', un hermoso y delicado retrato de familia de gran poso autobiográfico que ha supuesto para él, dice, "prácticamente una catarsis"

El escritor Jesús Carrasco (Olivenza, Badajoz, 1972). El escritor Jesús Carrasco (Olivenza, Badajoz, 1972).

El escritor Jesús Carrasco (Olivenza, Badajoz, 1972). / Iván Giménez

Llega un momento en la vida cuando el tiempo nos alcanza. No lo decimos nosotros; lo dijo –mucho mejor de lo que nosotros podríamos– Cernuda. Y también nos lo dice –a su manera, en un hermoso retrato de familia, es decir, en un a veces amargo, a veces luminoso registro de lazos que hieren y asfixian y alivian y salvan– la historia de Juan Álvarez, el protagonista de Llévame a casa (Seix Barral), la nueva novela de Jesús Carrasco, el bigote más famoso de los sevillanos de adopción. Ni joven ni viejo, Juan ha conseguido, tras no pocas penalidades y bandazos, llevar una vida muy parecida a la que quería vivir en Edimburgo, en una lejanía –de paso– de lo más conveniente para esquivar toda responsabilidad familiar. Pero la vida, que no es de respetar mucho nuestros esforzados e insignificantes planes, lo llamará de vuelta a casa con cajas destempladas: su padre acaba de morir. Y hay una madre con problemas de salud a la que atender. Y una hermana que por ciertas vicisitudes ya no puede sacrificarse más por los dos, por ella y por él. Así que ahí está Juan, en el sitio del que huyó, agarrado de la solapa por una deuda tan delicada que no se paga con dinero.

–Hay una larga tradición literaria, si hablamos del ámbito doméstico y de vínculos familiares, que consiste en el ajuste de cuentas, ya sea compasivo o, frecuentemente, desabrido. Usted en cambio ha preferido reflexionar sobre nuestra responsabilidad como hijos...

–Es una cuestión de edad. Además, la muerte de mi padre también me pilló lejos: no estuve lo suficientemente despierto... Y también está el hecho de ser padre: hay cosas a las que uno no llega y entonces hace lo que puede, de eso te das cuenta pronto. Así que todos los reproches que yo en algún momento entendí que podía hacerle a mis padres, de alguna manera, ahora se han tornado en preguntas. En mi casa nunca faltó el amor, un amor sin apostura, como se dice en el libro, pero entiendo ahora por qué. Escribir el libro ha sido prácticamente una catarsis. De modo que mi mirada a ese territorio literario del que hablas viene condicionada por todo esto.

–Leyendo la novela, uno intuía que, tras Intemperie y La tierra que pisamos, ésta era su novela conectada con su propia vida de manera más directa, más íntima. Y lo acaba de confirmar. ¿Eso ha hecho que la escritura sea más fácil o al contario?

–Todo parte de un bloqueo muy grande que sufrí tras La tierra que pisamos. Cuando terminé el libro me fui a Escocia y estuve allí tres años. Y en los cinco que han pasado desde entonces he escrito tres novelas, es decir, antes de Llévame a casa otras dos a las que me dediqué en cuerpo y alma... pero que se quedaron en el cajón porque no me sacaba de encima el sentimiento de agotamiento, la necesidad de avanzar. Y al final llegué a la conclusión de que escribir es como meterte la mano en el bolsillo, y lo que sacas es lo que hay. En vez de irte al quinto pino en busca de la vivencia como si fuera uno Hemingway, ahí puede haber literatura también, ahí puede estar, de hecho, tu literatura. Y eso he hecho. Lo cual, automáticamente, choca con el pudor, y yo soy una persona muy pudorosa, muy celosa de mi intimidad, pero me pareció que ahí había un material que podía contar bien. Y efectivamente eso desembocó en una escritura muy fluida, sentía que ya no peleaba con la literatura sino que de alguna forma la acompañaba, que las cosas se iban desenrollando delante de mí como una alfombra. Es algo que nunca me había pasado. Dijo en una entrevista Fernando Aramburu que estaba cansado ya de esconderse en personajes de ficción, y algo así me empieza a pasar a mí: pues ya está, si al final todo el mundo sabe de qué escribe un escritor, de su propia experiencia, de su propia vida. No todo lo que cuento es real, mi madre, por ejemplo, no es la madre de la novela, ella tiene otro carácter, otras virtudes y otros defectos, pero el libro tiene una carga autobiográfica importante, sí.

–En el recorrido vital de su protagonista hay no pocos ecos generacionales. ¿En qué medida la novela tiene voluntad de interpelación, por ejemplo acerca del egoísmo al que parece abocarnos nuestra actual forma de vida?

–No soy consciente de haber interpelado a mi generación. Soy un hombre de una generación determinada y el personaje tiene una mirada, digamos, de la parte de la vida en la que yo más o menos estoy. Por ahí, sí, puede ser, pero es en todo una consecuencia indirecta. El personaje es egocéntrico al principio, torpe, anquilosado emocionalmente, un eterno adolescente al que le han permitido serlo. Y parte de su evolución tiene que ver con su toma de conciencia de lo que ocurre a su alrededor. Cuando te ves en un callejón sin salida, como a él le pasa, puedes hacer aspavientos, puedes cabrearte, pero qué más puedes hacer. Es como si, caminando solo, ves en mitad de la calle a un niño abandonado: ¿qué haces, te vas? No hay en él heroísmo, sino fatalismo: hace lo que no tiene más remedio que hacer.

Otra imagen del autor pacense afincado en Sevilla. Otra imagen del autor pacense afincado en Sevilla.

Otra imagen del autor pacense afincado en Sevilla. / Iván Giménez

–Cuántas madres no habrá en España como la de su novela. Se diría que son los verdaderos pilares sobre los que descansa la sociedad... y sin embargo cuando se habla de asuntos como la organización de los cuidados, como se han dado en llamar, siempre hay alguien que raudo tuerce el gesto, como si fuese una gilipollez, algo tan menor que no merece siquiera un debate digno de tal nombre...

–Lo cual refleja una visión del mundo muy machista y muy descuidada, valga la redundancia. Es muy cómodo no tener que ocuparse de todo lo que implica llevar adelante una casa, si no tienes que estar pendiente de si el niño tiene que llevar un bocadillo al colegio o si la niña tiene examen de ciencias, si no tienes que reparar en que faltan cosas en el frigorífico y hay que reponer; y mientras tú, a tus cosas, en la calle, en el trabajo, fenomenal... Por eso es un privilegio no tener que pringarse en ese día a día. Y por eso es de justicia que repartamos tareas y está muy bien, de hecho, que los hombres aprendamos a hacer cosas por las que no vamos a recibir ninguna recompensa. Pero es que además la vivencia más íntima de la realidad está hecha de esas cosas pequeñas, y por eso me parece que, en general, dado que la historia ha colocado a la mujer bajo el techo de su casa, la mirada femenina tiene una mayor capacidad de penetración sobre el hecho humano.

–Otra cuestión muy presente es el pudor expresivo de los padres nacidos en la posguerra. Se diría que hay ahí una brecha generacional más grande incluso que la de los gustos musicales o el dichoso poliamor, que en realidad es tan viejo como el sexo...

–Obligados como estuvieron a levantar un país después de una guerra, nuestros padres, particularmente los hombres, tenían siempre muy presente esa asociación entre emoción y debilidad que hoy sigue siendo clara, y sigue pesando demasiado. Ya cantaba Pedro Guerra algo así como que puedes castigar a un hombre hasta la extenuación, pero dale un soplo en su querer y ya está, ese hombre ha caído. No se podían permitir flancos débiles, ni siquiera en el entorno doméstico, tenían que aparecer como gente de una sola pieza, de la que nunca llora, ni se queja: ahora se dice resiliencia, antes era aguante, y mucho antes estoicismo. Asumir todo esto seguramente nos sacó adelante como país, pero por contra se llevó por delante a miles de padres que por vergüenza jamás le dieron un abrazo a su hijo. Algo que por otro lado no es fácil, parece una cosa sencilla pero no es tan fácil darle un abrazo a tu hijo, por eso a mí me ha dado envidia la forma mucho más tranquila y natural de las mujeres de expresar el afecto.

–En todos sus libros la muerte está presente de manera decisiva. Es un tema eterno, universal, vale, pero en su caso ¿por qué su obra siempre merodea en torno a esta cuestión?

–Porque no hay un día en mi vida que no piense en la muerte, no recuerdo uno sólo que se me haya pasado sin dedicarle a la muerte al menos un pensamiento. No intencionadamente, no digo venga, ha llegado la hora de pensar en la muerte, me pongo una alarma y pienso en la muerte, evidentemente no. Surge en la contemplación más cotidiana de lo que me rodea. Algún día todo se termina. Y éste me parece un pensamiento muy necesario, entender eso te ayuda a relativizar mucho, desde mi aprendizaje del inglés, que tanto esfuerzo me cuesta y luego es tó pa ná, como decía el torero, hasta... cualquier cosa. Saber que todo se va a acabar me ayuda, por ejemplo, a aprovechar el tiempo, a tener una conciencia mucho más clara de su paso. Mi padre se murió sin que nos diéramos un abrazo, y me gustaría que no me pasara con mi madre ni con cualquiera de las personas a las que verdaderamente quiero. Yo no quiero ser funesto, ni plúmbeo, no quiero aguarle la fiesta a ningún instagramer ni a nadie, pero ya les digo desde aquí que se van a morir también. Hay tiempo para todo, eh, con 25 años no tienes por qué pensar en la muerte, ni con 30 ni con 40, cada uno que lo haga cuando quiera. Para mí, tener esto presente, que algún día ya se acabará nuestro tiempo, es necesario, y tan natural como la vida.

–Ha declarado recientemente que con Llévame a casa se propuso escribir una novela más esperanzadora que las anteriores. ¿Lo ha logrado?

–Nunca voy a escribir una novela maniquea en el sentido de que todo acabe bien, porque la vida no es así. Pero dentro del rango que se puede esperar de mí, creo que sí, que en la novela hay un camino que se abre, va de una calle estrecha a una ancha, podría decirse, porque el personaje va encontrando su lugar en el mundo, un lugar más real, más armónico y natural. No sabemos qué va a pasar con él, no se cae de ningún caballo, y puede que incluso vuelva a Edimburgo, no se dice en ningún momento que se vaya a quedar ahí para siempre, pero sí que se percibe que hay una reconciliación con el paisaje de su infancia, con el mundo. Después de todo, es un camino natural en el ser humano: te vas para inaugurar tu vida, a veces para ello de algún modo te tienes que oponer a tu familia, y una vez que estás lejos, una vez que no estás, porque te has ido, entonces te das cuenta de que ya sí puedes volver.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios