El Kanka arranca su gira con un doble lleno en el Cartuja Center
EL KANKA | Crítica
El cantautor malagueño arranca en Sevilla la gira de su nuevo disco con un doble lleno y dos horas de canciones coreadas de principio a fin, entre humor, ternura y una complicidad constante con el público
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Tiene mérito —y no poco— lo que ha conseguido El Kanka en el Cartuja Center CITE. El concierto de anoche colgó el cartel de lleno hasta el punto de obligar a programar una segunda fecha hoy, que también apunta a repetir el llenazo. Y con un matiz importante: el auditorio se configuró sin butacas, con toda la pista liberada para el público de pie, ampliando notablemente el aforo habitual. Si esta convocatoria sirve de termómetro para lo que está por venir, el malagueño puede mirar con tranquilidad su gira de presentación de su nuevo disco, La calma, porque no podría haber arrancado con mejores augurios. Un arranque así no es solo una buena noticia para el artista, es también la prueba de que su manera de contar la vida —entre la sonrisa y la melancolía— sigue encontrando eco en mucha gente.
El concierto comenzó con puntualidad exquisita a las ocho y media de la tarde y terminó exactamente dos horas después, un tiempo en el que el cantautor desplegó ese tipo de directo que parece más una conversación prolongada, con música detrás, que un espectáculo al uso. Bastaron los primeros compases de O algo para colocar al público en un territorio donde la ironía y la ternura se daban la mano y donde las canciones parecían contadas más que interpretadas. A modo de presentación llegaron enseguida La apuesta y Para eso canto, dos piezas que funcionaron casi como manifiestos. La primera invitó a arriesgarse a vivir con menos miedo, una especie de brindis musical por las decisiones valientes y por las locuras bien pensadas. La segunda reivindicó el oficio de cantar como una forma de mirar el mundo con un poco más de atención, haciendo de la canción un pequeña linterna para alumbrar los rincones más cotidianos de la vida.
El grupo que respaldaba al cantante cumplió su papel con eficacia y discreción, funcionando como una banda de acompañamiento perfectamente ensamblada. Al lado de El Kanka estaban el calmadoÁlvaro Ruiz, a la guitarra y una pequeña colección de instrumentos de cuerda acústicos y eléctricos; el sosegadoJosé Benítez a la batería, el parsimoniosoPedro Campos al bajo, el zenCarlos Manzanares a los teclados, acordeón y saxo, y el apacibleMani a la percusión. Los calificativos a los músicos no son cosa mía, fue el mismo Kanka quien se los fue adjudicando cuando los presentó más tarde, con su habitual mezcla de complicidad y humor.
A partir de ahí el concierto empezó a dibujar su mapa sentimental. Guapos y guapas desplegó su mirada juguetona sobre la belleza cotidiana, la que aparece en los bares de barrio, en las conversaciones de madrugada o en las personas que nunca saldrán en una revista, pero sostienen el mundo cada día. Mientras, Compadres convirtió el escenario en una celebración de la amistad. Cuando sonó Andalucía, el ambiente cambió de ánimo; la canción tenía algo de postal íntima, un retrato afectuoso del sur donde caben el orgullo, la melancolía y la luz que siempre termina filtrándose por las rendijas. La Andalucía sin tópicos, hecha más de recuerdos que de banderas. El concierto siguió avanzando entre historias de amor, dudas y pequeñas revelaciones. Vengas cuando vengas sonó como una bienvenida sin condiciones y Para vivir dejó uno de los momentos más celebrados de la noche gracias al solo de saxo de Manzanares. Tan aplaudido fue que el propio Kanka detuvo la canción unos segundos para dejar que el público terminara de ovacionar al músico. Tras Ansiedad, la canción más intensa del repertorio, llegó una de las canciones más luminosas, Pasitos benditos, alegre y contagiosa. Una canción que avanzaba con la filosofía de quien sabe que las grandes cosas empiezan casi siempre con pasos muy pequeños, como es El Kanka, que no en balde nos dijo que todo lo que se encuentra en la letra le ha pasado a él mismo.
Fue entonces cuando los músicos se retiraron momentáneamente, dejando al cantante solo en el escenario con su guitarra acústica. En ese clima más íntimo interpretó Volar, con su estribillo en ritmo de vals que el público coreó casi al completo, y después Eres, que comenzó en solitario y terminó con la banda reincorporándose poco a poco para cerrar sus últimos acordes. La segunda mitad del concierto siguió alternando cercanía y complicidad. Pensando en ti dejó otro de los pocos momentos de lucimiento instrumental con un discreto pero elegante solo de guitarra de Ruiz, un pequeño destello eléctrico en medio de un repertorio de atmósfera mayoritariamente acústica, mientras que La calma apareció en el centro del repertorio como una auténtica declaración de intenciones; en tiempos de ruido permanente, la canción propone algo tan sencillo como radical, detenerse y respirar. En la recta final, Querría llegó precedida de una sorpresa. Antes de empezar, El Kanka jugueteó con los acordes de Piensa en mí, el clásico del compositor mexicano Agustín Lara, que seguramente volverá a escucharse en este mismo escenario mañana en la voz de Luz Casal. El guiño sirvió como puente natural hacia una de las canciones más emotivas de la noche… que va a ser que se ha puesto de moda el amor otra vez.
A partir de ahí el concierto encaró su último tramo con Sí que puedes, He dicho que no, Limpieza general y Por tu olor, donde el humor y la ternura volvieron a mezclarse con la naturalidad que caracteriza al malagueño. Cuando llegó Para quedarte, el auditorio se transformó en un gran coro colectivo por vigésima vez, ya que, en realidad, eso es algo que estaba pasando en todas las canciones. A esas alturas, el público ya no cantaba solo los estribillos, parecía cantar la noche entera. Después apareció Le pasa solo al resto, una pequeña broma existencial, cantada desde el más allá, sobre la manía tan humana de pensar que nuestras rarezas son únicas. Una ironía tan bien afinada que uno acaba riéndose también un poco de sí mismo. El concierto se cerró con tres piezas en los bises que dejaron flotando una sensación de celebración tranquila. Qué bello es vivir sonó como una pequeña proclamación de optimismo cotidiano y Sabéis quiénes sois funcionó como un agradecimiento cómplice al público. El final definitivo llegó con Canela en rama, que El Kanka remató enlazando unas estrofas del clásico No estamos locos del grupo Ketama. Fue un cierre festivo para una noche que confirmó algo evidente, que cuando las canciones están bien escritas y se cantan sin artificio, basta una guitarra, una banda bien compenetrada y dos horas de música para llenar un recinto… y para que el público salga con la sensación de haber compartido esa rara felicidad colectiva que a veces regalan las canciones.
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