Leila Slimani | Escritora "De tanto desear ser diferentes, acabamos viviendo muy apartados de los demás"

  • La autora francesa, Premio Goncourt en 2016, publica 'El país de los otros', una ambiciosa saga familiar que aspira a ser, también, un gran fresco del Marruecos de la era moderna

Leila Slimani (Rabat, 1981), el jueves en la Fundación Tres Culturas de Sevilla.

Leila Slimani (Rabat, 1981), el jueves en la Fundación Tres Culturas de Sevilla. / Juan Carlos Muñoz

A Leila Slimani sus abuelos maternos siempre le parecieron personajes de una novela que nadie había escrito. Y esto lo acaba de remediar ella. Permitiéndose muchas licencias, sin renunciar a fabular a lo grande, la escritora francomarroquí, ganadora con sólo 35 años del totémico Premio Goncourt (en 2016), narra en El país de los otros –primera entrega de una trilogía en la que abordará la historia de su familia hasta llegar a su propia vida ya en París– un espléndido y vívido relato de frontera, tan épico en su ambición y en muchos de los asuntos que aborda como fundamentalmente íntimo en su reflejo de la experiencia humana, y en el que resuenan con potencia ecos tanto del western como de Karen Blixen o los autores canónicos del boom latinoamericano, que la escritora ha vuelto a leer en los últimos años con ardor.

"Pienso que para los escritores es importante, en algún momento al menos, contemplar el tiempo con perspectiva y distancia, porque demasiado a menudo vivimos sometidos a la urgencia del mundo contemporáneo", explica Slimani (Rabat, 1981) en la Fundación Tres Culturas, donde el pasado jueves presentó esta novela que ha sido publicada en España, como el resto de su obra hasta la fecha, por la editorial Cabaret Voltaire. "Yo quería preguntarme cómo puede un país pasar, en 60 o 70 años, de un arcaísmo casi medieval a la modernidad –retoma–. Y quería también comprender cómo había sido la vida de mis abuelos. Creo que hoy en día no conocemos bien el pasado, es decir, no sabemos de dónde venimos, a veces desdeñamos lo que sobre nosotros mismos dicen nuestros ancestros, y por eso yo lo que quería, sobre todo, era recuperar el tiempo, aquel tiempo".

Corre el año 1944, la Segunda Guerra Mundial acaba de terminar y Mathilde, una joven de Alsacia de fuerte temperamento, lo deja todo –literalmente– para irse a vivir a Meknés, una ciudad marroquí en la zona del Protectorado francés, después de haberse casado con un hombre al que prácticamente no conoce pues se enamoró de él sólo dos meses antes. El hombre, abuelo de Slimani, era un soldado marroquí que combatió del lado de Francia contra el horror del Reich nazi. Y la joven intrépida, claro, su abuela. "Murió hace cinco años. Era una mujer increíble que jugó un papel crucial en mi educación –cuenta la autora–. Era muy grande, con los ojos verdes, rubia... ya físicamente resultaba imponente, pero lo más atractivo en ella era su forma de estar en el mundo, adoraba la vida, la fiesta, la libertad, jamás se dejaba doblegar, era una persona intensa, apasionada, con una gran cultura, dispuesta a vivir con todas las consecuencias, lo que implicaba, en su caso, que prefería que la vida fuera difícil antes que aburrida o fastidiosa. Y eso es lo que trató de enseñarnos. Conforme fui creciendo supe cuánto había sufrido, lo difícil que fue para ella instalarse en aquel Marruecos cuando ella tenía 20 años, además. Me di cuenta de que allí ella era casi más extranjera por su condición de mujer que por ser francesa".

"Ninguna convivencia es natural, pero no por religiones o nacionalidades. Vivir con los demás es duro, siempre complicado y puede que hasta imposible. Es el tema de todas mis novelas"

El país de los otros muestra no exactamente una Slimani diferente a la conocida hasta ahora por los lectores españoles –la punzada de incomodidad sigue ahí, después de todo, igual que su prosa límpida y elegante– pero sí otros registros. En Canción de cuna, la novela que le valió el Goncourt, a través de la historia cruda, áspera y profundamente perturbadora de una canguro asesina de niños, Slimani proponía una incómoda y clarividente reflexión sobre las clases sociales, el racismo y la alienación en las fatigadas vidas del capitalismo en su fase actual, llamémosla de bulimia nihilista. En el jardín del ogro, anterior pero publicada en España más tarde, con la alfombra ya extendida por el prestigio del Goncourt, trataba de una mujer adicta al sexo, pero lejos de componer una novela erótica de garrafón la autora ofrecía, como si pretendiera curar una herida cubriéndola de vinagre, una reflexión sobre la hipocresía –ese pegamento social– y la arbitrariedad de toda noción taxativa de normalidad.

Tal vez, en ciertos aspectos, la obra anterior de la escritora que más cerca esté de El país de los otros sea Sexo y mentiras, un ensayo en el que el deseo, las inhibiciones y los usos amorosos del Marruecos contemporáneo le sirven a Slimani para hablar de las complejidades de la política y de todo proceso de verdadera emancipación personal. Dos cuestiones, también, centrales en esta nueva novela, cuya acción se desarrolla durante los años en que se fraguó el movimiento de liberación nacional de Marruecos que en 1956 culminaría con la independencia política del país respecto a Francia y España. "Y a mí me llama mucho la atención que todos esos hombres que salieron a la calle para pedir, en definitiva, igualdad y libertad, luego no fueran capaces de dar eso mismo a sus mujeres, ya fueran madres, esposas, hermanas...", dice Slimani, en cuya novela resuenan siempre, sutilmente, esas dos desiguales luchas por la emancipación.

La escritora francomarroquí, junto a las ediciones de sus cuatro libros publicados en España. La escritora francomarroquí, junto a las ediciones de sus cuatro libros publicados en España.

La escritora francomarroquí, junto a las ediciones de sus cuatro libros publicados en España. / Fermín Cabanillas (Efe)

Pero que nadie espere una novela de magníficos e intachables autóctonos enfrentados a malévolos colonos de caricatura. "Llevaba años queriendo escribir esta historia, pero si me interesa y me parece que sigue siendo muy relevante hoy en día hablar del colonialismo no es por esa clase de juicios fáciles. Más bien el interés se debe a que yo misma, mi propia identidad es la que es en parte por el colonialismo. Cuando llegué a Francia [al terminar su formación en el Liceo Francés de Rabat, se marchó a París para matricularse en el Instituto de Estudios Políticos y, posteriormente, en la Escuela Superior de Comercio] me ponía furiosa cuando se repetían como mantras cosas como bueno, ya está bien de hablar del colonialismo, eso es pasado, pasemos página. Ocurre que sencillamente eso no es verdad; el colonialismo no es el pasado, sus huellas siguen muy presentes, siguen explicando la complejidad de sociedades como la marroquí, y estoy convencida de que es un fenómeno del que se puede hablar sin buscar polémicas simplistas o azuzar el odio".

Estas opiniones las ha podido elevar Leila Slimani a las más altas instancias de Francia, pues su primer ministro, Emmanuel Macron, le ofreció primero la cartera del Ministerio de Cultura, en 2017, y tras la negativa de la escritora, que prefirió no desviarse de su camino en la literatura, la nombró representante francesa en el Consejo de la Francofonía, un organismo de cooperación política y diplomacia cultural del que forman parte medio centenar de Estados. "Ante todo, yo como novelista quiero no juzgar. En todo caso entender, pero nunca juzgar. Por eso he querido contar la guerra y la lucha contra la colonización en presente y a través de personas, digamos, anónimas o insignificantes en términos históricos. Cincuenta años después es muy fácil juzgar las cosas, pero en aquellos años las barreras no estaban tan claras, la gente, en general, convivía, había amistades, relaciones amorosas entre marroquíes y colonos franceses; había incluso, por parte de muchos, un deseo de modernidad, de progresar, mi propio abuelo, pese a que muchas cosas de mi abuela lo ponían en un brete, estaba orgullosísimo de estar casado con una francesa... Lo que quiero decir es que en el presente todo es ambiguo. Se toman decisiones pero nunca sabemos si son buenas o malas, digamos que solamente podemos intentar no equivocarnos. Por eso en la novela los personajes, todos, no acaban de entender todo lo que pasa y están un poco perdidos".

"La libertad no es un problema cultural. En Marruecos muchísimos han luchado por los mismos valores que Occidente demasiado a menudo cree que son sólo suyos"

Resulta redundante señalar que Slimani aborrece el discurso xenófobo y el atrincheramiento agresivo que se ha hecho hoy fuerte en los discursos políticos en todo el mundo, no sólo en Europa. "Hemos perdido el deseo de vivir con gente diferente. A mí, desde luego, no me importa ni me da miedo vivir con gente que no está de acuerdo conmigo o que hable otro idioma", dice una autora que tampoco idealiza el concepto de la multiculturalidad. "Creo que ninguna convivencia es natural, pero eso no tiene nada que ver con la nacionalidad o la religión. Vivir con los demás es duro, siempre complicado y puede que hasta imposible. Y ese es de hecho el tema de todas mis novelas. Creo que Europa en estos momentos vive con dificultad su propia historia y, sobre todo, creo que tiene un problema de falta de espiritualidad. Y con espiritualidad no me refiero a ninguna religión, sino a ese sentimiento de que existe algo más grande que el consumo y las dinámicas estúpidas de la sociedad contemporánea. Nos está faltando corazón e inteligencia".

Además, añade Slimani, "contrariamente a lo que se piensa, la libertad no pertenece a nadie, no es una cuestión ni un problema cultural. En Marruecos muchísimas personas han luchado y luchan por los mismos valores que Occidente demasiado a menudo cree que son sólo suyos, y en parte por eso he escrito esta novela. Y además una novela moderna, en ningún caso exótica o llena de crímenes de honor. La gente ve a los marroquíes como musulmanes, solamente como eso, y si se olvida que también nosotros somos sujetos políticos, con una historia muy antigua, nunca se podrá entender la complejidad de la sociedad marroquí".

"Europa ahora vive con dificultad su propia historia y tiene un problema de falta de espiritualidad, no en un sentido religioso, sino de sentir que existe algo más que el consumo y las dinámicas estúpidas de la sociedad actual"

"El deseo de ser libres lo comparten todos los hombres y mujeres de la Tierra. Demasiadas veces queremos pensar que somos diferentes. Entonces decimos las mujeres no son como los hombres. O yo soy blanca y tú negra, y aquel de allí homosexual... Y al final, de tanto querer ser diferentes, acabamos viviendo muy apartados de los demás. Por supuesto que hay que reclamar libertad e igualdad para todos, faltaría más, pero yo añado que también sería deseable reivindicar el derecho a vivir juntos".

La segunda novela de esta trilogía, dice, está ya prácticamente acabada. Si ahora se trataba de contar la historia de sus abuelos, en la continuación narrará la de sus padres, él francés, ella marroquí. "Está ambientada en los años 60, entre Rabat y Casablanca, que fue conocida en Marruecos en aquella época como la pequeña California porque confluyeron allí la élite del país, gente próxima al poder, pero también muchos miembros de la izquierda contestataria y la contracultura. A partir de los 70, tras el atentado contra Hassan II, hubo un cambio enorme y se volvió a un conservadurismo feudal, al culto a las tradiciones antiquísimas. Lo que cuento en esa novela es la muerte de un sueño, la nostalgia de lo que hubiera podido ser de no haber sufrido el país esos terribles años de plomo".

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