El paraíso de los tontos

el oficio de ser extranjero | Crítica

Anagrama publica El oficio de ser extranjero, breve ensayo del antropólogo mexicano Roger Bartra, donde se elucida la compleja condición del extranjero, así como los ecos que el viaje suscita en la idea de lo propio, de lo genuino y de lo auténtico.

El antropólogo mexicano Roger Bartra. Ciudad de México, 1942
El antropólogo mexicano Roger Bartra. Ciudad de México, 1942
Manuel Gregorio González

08 de febrero 2026 - 06:00

La ficha

El oficio de ser extranjero. Roger Bartra. Anagrama. Barcelona, 2026. 128 págs. 14,90 €

En El oficio de ser extranjero, el antropólogo mexicano de ascendencia española Roger Bartra, expone con brevedad un vasto problema suscitado, principalmente, durante el siglo XIX: el problema del viaje, del viajero, de lo genuino, de lo exótico, y de aquello que se sustancia en el encuentro fortuito o buscado con el otro. Como sabemos, el gran encuentro con la otredad, del cual se desprenderá una parte fundamental del mundo moderno, ocurre con la llegada de los españoles a América y la repercusión que ello tendría en las ciencias humanas del Renacimiento. La exploración que aquí acomete Bartra es, sin embargo, de distinto rango. Se trata de la configuración del yo que el XVIII y el XIX emprenderán a través de un extrañamiento de la mirada que conduce a dos hechos de apariencia antagónica: la poética del viaje y la conformación de una épica y una lírica nacionalistas.

Barta sugiere la posibilidad de contemplar, con las calidades de lo nuevo, desde una mirada exterior, pero en absoluto ajena, el mundo circundante.

Bartra comienza recordando la doble conformación, de naturaleza romántica, que atañe al viaje. Frente al recelo de Pessoa ante cualquier desplazamiento, más allá del que le llevaba por la rua dos Douradoures a Martinho da Arcada; frente al “paraíso de los tontos” que según Emerson es cualquier viaje; se establece, sobre un mismo suelo cultural, el deseo de otro lugar, el “anywhere out of the world” que Baudelaire y Poe repiten citando a Hood, así como un redescubrimiento de lo propio que, al decir de Chesterton, se produce al regresar a casa tras un viaje. Esta conocida antinomia es la misma que se recoge en los Viajes alrededor de mi cuarto de Xavier de Maistre, y la que ya había expresado Pascal al advertir que los problemas del hombre vienen de no saber estarse quieto en su habitación. Es en Chesterton, en todo caso, donde Bartra parece distinguir una parte de aquello que exige a su “oficio de ser extranjero”: la posibilidad de contemplar, con las calidades de lo nuevo, desde una mirada exterior, pero en absoluto ajena, el mundo circundante. Un mundo circundante que, a diferencia de Chesterton, no implica una visión privilegiada sobre lo propio. Bartra, antropólogo al cabo, ya sabe que la seducción de lo exótico, que el reclamo de las grandes lejanías del globo, implica necesariamente una doble acotación: la definición de lo genuino, de lo auténtico, de lo puro, y la consignación de lo propio -y en suma, de lo idéntico- sobre la que se alza la fiebre esclerótica del nacionalismo. En este sentido, Bartra coincide con Berlin y Kedouri en el peligro consustancial debido a dicha óptica, hoy reactivada. Su mirada será, por contra, aquella que exige un cierto cosmopolitismo sagaz y emocionado, donde la extranjeridad es una forma de clarividencia, no lastrada por el prejuicio favorable a lo autóctono (ni tampoco, lógicamente, a lo contrario).

Esta extranjeridad lleva a Bartra a interrogarse, desde diversos flancos, sobre la posible naturaleza superficial e impostada del viaje, que impele al turista, bajo su disfraz de explorador, a reclamar lo auténtico. El turista, en tal sentido, es el hijo natural de aquella forma de clasificar y estratificar el mundo que encontramos, por ejemplo, en Montesquieu y en Kant. Entre “lo real maravilloso” que formula Carpentier acudiendo a las cartas de Hernán Cortés al césar Carlos, y la melancólica soledad, la extranjería radical y movediza que Mutis adjudica a su Maqroll el Gaviero, Bartra plantea el hecho de una extrajeridad cordial, con la que acaso pudiera construirse el mundo futuro. Recordemos, a este respecto, que Bartra es hijo de exiliados catalanes, que regresaron tres décadas después a España; lo cual excluye, en principio, cualquier idealización del viaje, y añade, por contra, unas categorías que el turista ignora: la necesidad, la urgencia, el acaso perentorio del emigrante.

Son quince los textos breves que aquí se recogen bajo el rubro del viaje; pero bastan para acotar el campo cultural en el que dicha travesía se hace posible. Como recuerda Bartra, el viaje hacia lo exótico es también, y por igual motivo, un viaje hacia lo idéntico, lo cual explica con facilidad que el siglo de los viajeros sea también el siglo de los nacionalismos. Hay, además, otra cuestión que Bartra recoge con inteligencia y que ya está formulada en Flaubert y Twain: el deseo de conocer las geografías exóticas parece llevar implícita su destrucción. A este respecto, el brillante y malvado Twain, quien viajó a Europa y Tierra Santa en un crucero en compañía de un buen número de compatriotas cuáqueros, no dejará de recordar que las autoridades musulmanas de la Sublime Puerta hubieron de prohibir el acceso a la tumba de Cristo para que los peregrinos no la destruyeran, llevándose como recuerdo las piedras sagradas. Esto sucedía en el año del Señor de 1867.

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