Pesadilla barroca | Crítica Explorando caminos de la pintura

  • Di Gallery muestra hasta el 27 de febrero los prometedores trabajos de dos jóvenes artistas, Francesc Roselló y Miguel Scheroff

'La pesadilla de Suicune' de Miguel Scheroff. 'La pesadilla de Suicune' de Miguel Scheroff.

'La pesadilla de Suicune' de Miguel Scheroff. / D. S.

Cada artista, en sus inicios, cuenta con un repertorio de imágenes y expresiones del que intenta apropiarse, es decir, de hacer suyo, tomándolo como campo de acción y de ejercicio. Después irá poco a poco decantando su manera de mirar, expresarse y construir. El arte es hasta cierto punto un intento de edificar y dejar una huella en el tiempo, pero no parte de cero: a veces toda la fuerza se va en reaccionar contra lo que hay, otras veces vuelve los ojos al pasado para intentar superarlo y otras busca en la propia época como si de un gran depósito de materiales se tratara para trazar con ellos lo que quiere decir. Son siempre posibles dos peligros. Uno de ellos, condensar esos intentos en una fórmula bien aprendida que se repetirá sin cesar. El otro, prestar oídos a cualquier novedad. El primero lleva a la esclerosis y el segundo a un quehacer sin carácter ni personalidad.

Los artistas jóvenes suelen con frecuencia cultivar y ofrecer perspectivas apartadas no sólo de la academia sino de los caminos que se consideran propios del arte. Creo que este es el caso de Miguel Scheroff (Navas de Tolosa, Jaén, 1988). Formado en las facultades de Bellas Artes de Granada, Madrid y Sevilla, sus trabajos hacen pensar en recursos propios de la estética gore, aderezados con cierta ironía, a la que no es ajeno ese modo de concebir las cosas. Incorpora además personajes de videojuegos (Haunter, Suikune) y a veces parece llevar al lienzo del cuadro lo que podría cubrir un lienzo de pared en algún graffiti de arte urbano.

Estos rasgos no quitan interés a su trabajo. Lleva a ese territorio el Caín y Abel de Rubens, añadiéndole unos animales descuartizados buscando más el efecto de la carne sacrificada que la narración bíblica. Pone además a la escena un horizonte color de sangre. En el trabajo de Scheroff destacan la hábil composición, influenciada por el castastrofismo, la agitación y las rotas figuras de la estética gore, el valiente uso del color, cercano al arte pop, y una indudable capacidad para el dibujo, como se aprecia en el feroz y vigilante Grifo pintado para la muestra en la pared de la galería.

El 'Grifo' de Scheroff. El 'Grifo' de Scheroff.

El 'Grifo' de Scheroff. / D. S.

La obra de Francesc Rosselló (Mallorca, 1994) es bastante diferente. Rosselló cursó Bellas Artes en Barcelona y fue seleccionado por la Galería Fran Reus para la edición de Panorama 2020, una convocatoria de arte joven para la que fueron seleccionados en ediciones anteriores, Mercedes Pimiento y Cristián Lagata que ahora exponen en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo. Rosselló parece interesado en un extraño tipo de humor. Se advierte sobre todo en Los restos de San Jorge. En ese lienzo el dragón ha terminado derrotando paladinamente al legendario héroe medieval y ahora amenaza a su caballo mientras que del santo promotor de rosas y libros sólo quedan unos pocos huesos.

Mejor resuelto, por su organización visual es After Party, cuatro personajes extraviados en los corredores de algún estupefaciente. Sobre un fondo en el que abundan los colores planos, cuatro figuras que parecen emular la narrativa popular propia de los cuadros-exvotos. Algún rasgo despierta la memoria del aduanero Rousseau. Hay además un elemento llamativo que, no sé si con intención o sin ella, remite a la cultura renacentista o tardomedival: me refiero al que se llamó el cuerpo espiritual o simplemente espíritu. En aquella época pensaban que entre el cuerpo y el alma debía haber un tercer elemento que sirviera de conexión, una suerte de adaptador. Llamaron a esa instancia espíritu y pensaban que, liberado durante el sueño, escapaba del cuerpo, vagaba por espacios insospechados y trasladaba después aquella información, casi siempre cifrada, al durmiente. Intentaban así explicar el origen de las imágenes que escapan de la conciencia. Es tentador relacionar las estilizadas figuras que escapan de la boca de cada uno de estos personajes con aquellos antiguos mensajeros del sueño.

'After Party', de Francesc Rosselló. 'After Party', de Francesc Rosselló.

'After Party', de Francesc Rosselló. / D. S.

After Party, más allá de esta consideración, probablemente forzada, se inscribe con las demás obras expuestas en una atención al tiempo. Tiempo suspendido del que busca evadirse, tiempo del que no quiso enfrentarse con la dificultad que entraña vivir, tiempo de quien se arriesga a ser artista (a la sombra del David de Miguel Ángel). La certeza de la muerte se trata con ironía, desde la calavera del experto en sexo hasta la que refleja esa fuente del Narciso contemporáneo, el selfie. La caducidad de la flor (Se lo llevó el viento) es una idea que debería el autor seguir tratando, como también ocurre con un pequeño paisaje en el que las hierbas y los restos de una fiesta parecen disueltos no sé si por un repentino chaparrón, un intempestivo vendaval o simplemente porque el tiempo es insoslayable.

Los trabajos expuestos son, como se ve, prometedores. Queda por ver como responden al reto justamente del tiempo.

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