Los poderes de la música
Reflexiones en torno a las fiestas 'rave', 'la chanson' y la industria cultural se exhiben, junto a otras miradas, en La Cartuja
No hay que ser experto en catedrales (o en discotecas) para saber que el sonido crea espacio. Unos acordes de órgano transfiguran las naves de un templo y la estereofonía construye recintos en la discoteca. En ambos casos la música forma algo más: una comunidad. Así ocurre en la Cartuja. El espectador lo advierte al cruzar el umbral de la antigua iglesia en la que sólo hay una columna de sonido sujeta a un panel blanco. No es preciso nada más. La voz de Susan Phillipsz hace el resto. Canta a capella, es decir, sin acompañamiento, pero el casi recitativo llena todo el recinto, haciendo remansar el tiempo. Canciones como Stay with me nada tienen de sagrado pero de algún modo evocan el canto llano que alguna vez llenaría el templo. Más allá, en el claustrón norte, donde estaban las celdas de los frailes, la música es cualquier cosa menos monástica: las voces de seis solistas de extreme metal parecen la antítesis de la tradición musical pero el espectador avisado advertirá que esta Cantata profana de Matt Stokes cumple con las leyes de la armonía.
La muestra del británico Matt Stokes con las de Ruth Ewan y Alonso Gil (y la ya clausurada de Annika Ström) componen La canción como fuerza social transformadora, en torno a una exposición central, La Chanson (a la que pertenece el trabajo de Phillipsz). El título recuerda a aquellos artistas de lengua francesa (Edith Piaf, Jacques Brel, Juliette Greco, Georges Brassens) que unieron música y poesía para hablar de cuanto preocupaba en la época. Una iniciativa fugaz porque poco después los sonidos pop inundarían el mercado con la oferta de una industria cultural dirigida a los más jóvenes. La muestra rinde homenaje a los artistas de la chanson pero se centra sobre todo en el vigor social y cultural de la música pop. Hay dos piezas particularmente significativas. Una de ellas, de Philip Collins, señala el poder expansivo de esta música al filmar a adolescentes de Bogotá, Estambul y Yakarta que cantan con entusiasmo cortes de un disco de The Smiths, cuyo título (El mundo no querrá escuchar) es una queja del grupo por la falta de reconocimiento de su trabajo. Otra obra relevante es la de Gordon Douglas (Algunas cosas entre mi boca y tu oído) que en una sala en penumbra hace sonar las canciones que pudo oír su madre en 1966, cuando lo llevaba en el vientre.
La potencia de esta industria cultural del disco la mide, desde otra óptica, Mika Taanila al dar cuenta de cómo se emplea la música para estimular los ritmos de trabajo. Con una carga más activista, los chilenos de Discoteca Flaming Star convierten el recinto de la bolsa de Santiago de Chile en espacio de discusión y performance. En esta reflexión cabe también la ironía: la de Baldessari, que en la capilla de la Magdalena canta los aforismos sobre arte conceptual de Sol LeWitt, y la de Pérez Aguirregoikoa, que en la de San Bruno hace que un coro vasco de voces masculinas interprete una peculiar Canción de Amor que explica cómo el capitalismo aprovecha la energía del afecto para lograr mejoras en la producción y el consumo.
Estos signos de nuestro tiempo los trata Matt Stokes en clave británica. Interesa su compilación de documentos de las fiestas rave, bailes clandestinos que, ante las restricciones del gobierno Thatcher, se multiplicaron hace 25 años en Gran Bretaña (hoy se celebran en la zona metropolitana de Madrid) ocupando fábricas y talleres abandonados e incluso cuevas. Stokes reúne carteles, cassettes, banderolas con narraciones de los ravers, fotos de los recintos y unos vídeos donde la policía expone su trabajo de vigilancia. No falta la alusión a un género decisivo en la cultura anglosajona, la balada, convertida hoy en canción folk. Stokes la propone a través de un vídeo que une preciosismo e ironía. El joven bombero, héroe a su pesar, será de mayor artesano, constructor de violines, instrumento típico del género. La pausada narración contrasta con la potencia vocal de Sonata Profana con que culmina la muestra.
Dije al principio que la música crea espacios (en plural esta vez, dada la variedad de los sonidos) y también comunidad. Esto último también es cierto: muchas de estas canciones remiten a tribus urbanas y otras a grupos empeñados en proteger géneros tradicionales, pero todas señalan vínculos que, desde la segunda mitad del siglo XX, se anudan más allá de fronteras y culturas.
Tras Nosotras, Públicosy contrapúblicos y Sin realidad no hay utopía, La canción como fuerza social transformadora es la cuarta exposición que llena toda la Cartuja con obras de interés que trazan una densa reflexión sobre nuestro tiempo. Ante estas iniciativas, una nueva edición de la BIACS parece un gasto innecesario. Las instituciones deberían tenerlo en cuenta.
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