Rodrigo Blanco Calderón | Escritor

"Yo quería ser un escritor divertido, pero todo empezó a salirme sórdido"

  • El autor venezolano residente en Málaga, Premio Mario Vargas Llosa por 'The Night', regresa a las librerías con 'Simpatía' (Alfaguara), una radiografía singular de su país natal

El escritor Rodrigo Blanco Calderón (Caracas, 1981).

El escritor Rodrigo Blanco Calderón (Caracas, 1981). / Álvaro Cabrera

La concesión del tercer Premio Bienal Mario Vargas Llosa a Rodrigo Blanco Calderón (Caracas, 1981) por su primera novela, The Night (2016), confirmó al autor como una de las voces más prometedoras y poderosas de la narrativa latinoamericana. Ahora, el autor vuelve a Venezuela con Simpatía (Alfaguara) aunque en un tono distinto, más de puertas adentro, a través de la historia de un hombre que recibe el encargo de convertir una mansión en un hogar para perros abandonados. Tras una estancia de tres años en París, donde escribió Simpatía, Blanco Calderón reside desde hace dos años y medio en Málaga, la ciudad en la que vive y escribe convertido ya en un verdadero malagueño de pro y por derecho.

–De entrada, si The Night sorprendió a la crítica y a los lectores, entre otros motivos, por su nivel de experimentación literaria, Simpatía presenta un formato mucho más convencional. ¿Quería poner distancia respecto a lo que significó The Night?

–Escribí The Night en Venezuela, entre 2010 y 2013, sin tener previsión alguna de que pudiera publicarse fuera del país. La experimentación de la novela obedece a que la escribí con absoluta libertad. Escribí esta segunda novela en paralelo con otros proyectos, de hecho trabajo actualmente y desde hace años en otras novelas; pero, en un momento dado, por varias razones, se me atravesó la escritura de Simpatía y terminé la primera versión en un arrebato de tres meses. Comprendí entonces que esta novela debía seguir una naturaleza más lineal y convencional, sobre todo en la estructura de las voces narrativas. Pero fue todo, como digo, un proceso bastante orgánico, a partir de un impulso que terminó generando una obra más accesible para el lector.

–Desde el nombre del protagonista, Ulises, la novela contiene varias referencias a la Odisea. Pero a menudo parece tratarse de una Odisea inversa: no es Ulises quien se va aquí, sino Ítaca.

–Así es. La novela parte de un contexto político y social bien reconocible que es la crisis en la que vive Venezuela. Esto entraña una conexión con The Night, pero Simpatía se desarrolla más de puertas adentro para prestar especial atención a los que se han quedado en Venezuela, que por otra parte son la mayoría de la población y que a menudo comparten la misma sensación de exilio y de abandono con los que se han ido. Gente que vive allí me lo ha dicho justo en esos términos: me he quedado y, sin embargo, extraño Venezuela. Ése es el primer motor del libro. Mi Ulises terminó siendo una especie de perrito abandonado que busca afecto y no sabe cómo relacionarse, aunque la coincidencia con el nombre homérico tiene más que ver con la inconsciencia propia del lector, no pretendía hacer un paralelismo significativo.

–En Simpatía abundan también los momentos próximos a la comedia, aunque el tono general sea más bien agridulce. ¿Evolucionó su escritura en estos términos o fue algo premeditado?

–Me alegra que lo vea así porque no fue algo planificado y conecta además con una de mis grandes frustraciones como escritor. Yo decidí hacerme escritor después de leer a Alfredo Bryce Echenique, porque me parecía maravilloso que pudiera reír con algo que era literatura de verdad, de la que leía mi madre. Por eso aspiré a ser un escritor divertido, pero por ironías de la vida todo empezó a salirme sórdido y oscuro desde el principio. Así que los elementos de comedia que hay en la novela se dan a pesar de mi tendencia natural a la tragedia. Sí que es cierto que Ulises se fue perfilando desde el primer planteamiento como un personaje dúctil, exento de violencia, lo que terminó influyendo en ese carácter más ameno del libro además de la presencia de los perros. Creo que la mejor consecuencia de todo esto es que la novela termina mostrando escenas de solidaridad en un contexto que es terrible. Y es que en la debacle que es la Venezuela de hoy siguen dándose gestos de solidaridad y empatía. Me pareció que era oportuno contar esto también.

–La decisión de contar esta historia, como dice, de puertas adentro, ¿responde a la intención de restar protagonismo al clima político que respira Venezuela?

–Sí, cuando decides ambientar la historia de puertas adentro es más fácil la posibilidad de dejar por un momento de lado toda esa opresión del contexto para centrarte en otras cosas. Pero es que eso es algo que se da de manera natural en Venezuela, donde no hay vida pública y todo se hace principalmente así, de puertas adentro. Mucha gente se refugia en sus casas y así pueden olvidarse del entorno, inseguro e inestable. La novela se beneficia de esto al concentrarse en las relaciones personales. Para mí, como escritor, ha sido un reto distinto.

–¿Son los perros de Simpatía la imagen de la nostalgia por un afecto que ya no se da?

–En Venezuela, el abandono que sufren muchos perros ofrece un diagnóstico bastante fiel de la sociedad, pero eso es algo que podemos aplicar a otros muchos países, incluido España, donde el número de perros abandonados cada verano sigue siendo insostenible cuando hay otras muchas soluciones posibles antes de llegar a eso. Pero hay otra lectura de esto que es, como dice, la del afecto. Durante nuestro último año en París mi esposa y yo vivíamos prácticamente aislados, habíamos tenido que dejar a nuestros perros en Caracas y echábamos de menos ese afecto. Entonces, dado que atravesábamos una situación económica muy difícil, mi esposa tuvo la idea de trabajar cuidando perros en nuestra propia casa, perros de parisinos que se iban de vacaciones unos días y nos dejaban sus mascotas a nuestro cargo. Pues bien, fue cuando empezamos a sacar a estos perros de paseo en París cuando reparamos en que la gente nos miraba, nos sonreía y hasta conversaba con nosotros. Antes de los perros, prácticamente no existíamos, pero gracias a ellos comenzamos a percibir un afecto social.

Otra imagen del autor venezolano afincado en Málaga. Otra imagen del autor venezolano afincado en Málaga.

Otra imagen del autor venezolano afincado en Málaga. / Álvaro Cabrera

–¿Fue usted un escritor en París distinto del que había sido en Caracas? ¿Y es ahora un escritor distinto en Málaga? ¿En qué medida influye la distancia en su percepción como escritor?

–Alguna influencia hay, seguro. Los cambios que hemos vivido los de mi generación en nuestro país han sido enormes y eso marca. Ahora bien, me cuesta calibrar cómo se da esa influencia a nivel personal. No lo tengo claro. Hay veces en que lo vivo de manera muy intensa, con insomnio y preocupación; otras veces paso periodos de desapego porque soy consciente de que no hay nada que hacer. En todo caso, cada vez pongo más empeño en proteger mi escritura de las presiones del presente. Supongo que siempre escribiré sobre Venezuela, de una manera o de otra, pero me siento menos presionado a dar cuenta de lo que sucede allí en mi literatura. Y luego están las lecturas, claro. En Francia leía mucha literatura francesa y en Málaga he podido reencontrarme con mi lengua con autores muy distintos y muy diversos, que no son necesariamente los que salen en los suplementos culturales. Todo eso va creando su bagaje.

–Si The Night es su novela caraqueña y Simpatía la parisina, ¿cómo será su obra malagueña?

–Como le decía, sigo trabajando en varios proyectos a la vez. Una de las novelas en las que trabajo está ambientada en Tokio, aunque nunca he estado allí; y la otra vuelve a Venezuela, antes de la llegada de Chávez, la Venezuela de mi infancia y mi adolescencia. Mi intención es acabar las dos en Málaga porque mi proyecto de vida es quedarme. Hasta ahora no parece que haya mucha filtración del entorno, pero al final esas filtraciones son inevitables. De entrada, en Málaga he podido organizar mi tiempo y mi espacio para poder escribir con la mayor dedicación, algo que en Caracas y en París era muy, muy difícil.

–¿Cómo interpreta desde aquí el estancamiento en el que parece haber entrado Venezuela?

–Sí, el país entró hace años en un proceso de estancamiento que ha contribuido a reforzar la dictadura del chavismo y de Maduro. Y no creo que eso vaya a cambiar en los próximos años. Todo apunta a que durante al menos dos décadas se seguirá adoptando el modelo cubano de transición del poder. Más allá de aquí, no sé qué va a pasar. Me preocupan mi familia y mis amigos; por lo demás, no es que no me interese, es que no tengo herramientas para comprender bien lo que pasa allí. Los actores políticos se terminaron de adaptar al chavismo, van a ir ahora a unas elecciones en las mismas condiciones fraudulentas y la gente se dedica a hacer su vida de la mejor manera posible. El debate político sólo interesa ya a los únicos beneficiarios, los propios políticos.

–¿Un cambio político facilitaría su regreso antes de lo previsto?

–Cuando me fui lo hice en circunstancias bastante cómodas, al menos en comparación con quienes se han tenido que ir a pie. Me fui con una oferta de trabajo y en avión, todo un lujo. Siempre sentí que podía regresar, que tenía esa opción. Pero la verdad es que ahora no me sentiría seguro regresando. No quiero pasar un susto ni darle un susto a mi familia.

–Escribe Homero en su Odisea que el único que reconoció a Ulises cuando regresó a Ítaca fue su perro, Argos. ¿Cuenta con que quede en Venezuela algún Argos cuando vuelva?

–Hay un detalle en ese episodio no menor: cuando Ulises regresa, Argos lo reconoce y muere. Siente que ya puede descansar. En lo relativo a los afectos, es verdad que cada vez cuesta crear nuevos lazos cuando llegas a un sitio. Al final, creo que me he quedado con pocos afectos. Pero esos son los que uno necesita al fin y al cabo.

–Mientras tanto, ¿qué opinión le merece la percepción de la literatura latinoamericana en España?

–La verdad es que antes de venir a España yo tampoco conocía a muchos escritores españoles y mi idea de la narrativa y la poesía española era muy sesgada. Ya aquí he tenido la oportunidad de hacerme una idea más completa y también de conocer los sesgos con los que se valora la literatura latinoamericana. La huella del boom es muy marcada, una especie de patrón con el que se mide todo. Además, las literaturas del sur, especialmente las de Chile y Argentina, gozan de una especie de aura legendaria que se refleja en una mayor atención que se niega a otros autores, como sucede en la última selección de Granta, que tiene mucho de chiste. Hay muchísima literatura en el Caribe, por ejemplo, que se desconoce en España, que ni siquiera llega. Sí que percibo, además, que esa mirada sesgada procede sobre todo de Madrid y Barcelona. En Málaga he encontrado una mirada más amplia, o al menos una sensibilidad mayor a la hora de tener en cuenta a otros autores. Aunque esto también es propio de las llamadas áreas periféricas.

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