Demasiado personaje para tan poca película

Simone, la mujer del siglo | Crítica

Elsa Zylberstein, como la Simone Veil madura. / D. S.

La ficha

** 'Simone, la mujer del siglo'. Drama, Francia, 2022, 140 min. Dirección: Olivier Dahan. Guion: Olivier Dahan. Música: Olvon Yacob. Fotografía: Manuel Dacosse. Intérpretes:

Elsa Zylberstein, Rebecca Marder, Elodie Bouchez, Judith Chemla, Olivier Gourmet, Mathieu Spinosi, Sylvie Testud, Philippe Torreton, Philippe Lellouche, Antoine Gouy

La larga e intensa vida de Simone Veil (1927-2017) da para una serie de muchos capítulos. Desde su infancia feliz en una acomodada y culta familia judía a sus luchas y éxitos políticos culminados, además de ser por dos veces ministra del Gobierno francés, al ser elegida primera presidenta del Parlamento Europeo con toda justicia: fue una incansable luchadora por la unión entre los países europeos. Un lucha que tiene mucho que ver con lo que sucedió entre su infancia feliz y su brillante carrera política: su deportación junto a su familia a campos de exterminio -ella, su madre y sus hermanas a Auschwitz, su padre y su hermano a un campo de Lituania- de los que solo volvieron ella y sus dos hermanas. Veil es recordada sobre todo por su lucha en favor de la Unión Europea para evitar guerras, dictaduras y fanatismos como los que acabaron con su familia y por la despenalización del aborto cuando, en 1975, era ministra de Sanidad (es importante hacer notar que, lejos de celebrarlo, dejó claro que “el aborto debe quedar como la excepción, el último recurso para situaciones sin salida”). Fue la quinta mujer a la que se le concedió el máximo honor de ser sepultada en el Panteón. Ni Francia ni Europa serían las mismas sin ella.

Confinar en un largometraje (aunque dure más de dos horas) una vida tan trágica y rica, y una personalidad tan fuerte, requiere un gran esfuerzo de guión. Pondría como ejemplo el de Margarethe Von Trotta y Pam Katz para la película sobre Hannah Arendt que dirigió la primera: se centraron en un momento crucial -el proceso de Eichmann- de los muchos que la genial pensadora vivió. Como guionista y director Olivier Dahan ha querido, por el contrario, abarcar toda la vida de Simone Veil y el resultado es una saturación de información y hechos tras lo que la persona acaba por desdibujarse. Muy dado a los biopics, fracasó con el dedicado a Grace Kelly (Grace de Mónaco) pero triunfó con el de Edith Piaf (La vida en rosa), en gran medida gracias a la portentosa interpretación de Marion Cotillard. También en este caso abarcó toda la vida de la Piaf, pero tenía a su favor la continuidad musical de su carrera y las posibilidades que las canciones ofrecen para pasar de unos momentos a otros condensando la acción. La vida de Veil, por el contrario, está marcada por una continuidad en los ideales y la determinación, sí, pero sujeta a cambios históricos y políticos difícilmente condensables por muchos juegos que haga, y los hace, con los tiempos.

En las interpretaciones se enfrenta a otro problema mal resuelto: dos actrices interpretan a la Simone joven (Rebecca Marder) y madura (Elsa Zylverstein) sin lograr continuidad entre ambas, enfrentándose la naturalidad interpretativa de la primera con la sobrecarga de maquillaje de la segunda, que roza lo grotesco. Si la ambición de abarcar toda la vida de la protagonista lastra la película, el estilo entre preciosista y académico choca frontalmente con la personalidad fuerte, sufrida y austera que se pretende reflejar y homenajear. Vale solo por aproximar, aunque sea a trancas y barrancas, una figura clave de la Europa del siglo XX al gran público (si logra atraerlo, cosa que dudo).

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