Crítica de Cine

Entre la sugestión inteligente y la obviedad de trazo grueso

Betty Gabriel, en el papel de criada, brinda la interpretación más brillante de la película. Betty Gabriel, en el papel de criada, brinda la interpretación más brillante de la película.

Betty Gabriel, en el papel de criada, brinda la interpretación más brillante de la película.

El comediante reconvertido en guionista y director Jordan Peele hace un interesante, desconcertante, provocativo y en parte fallido debut con Déjame salir, película dividida en dos partes opuestas: contenida, irónica y sugestiva la primera; desmadrada, gore y groseramente paródica la segunda. Como si arrancara fundiendo Adivina quién viene esta noche y La semilla del diablo en una relectura cargada de ironía hiriente sobre los problemas interraciales para girar después hacia los excesos paródicos de The Rocky Horror Picture Show.

La primera parte, muy bien y sobriamente rodada, presenta a una pareja formada por una joven blanca de clase alta y un joven negro hecho a sí mismo tras un pasado traumático hasta convertirse en un fotógrafo de éxito incipiente que acude un fin de semana a la mansión rural de los cultos y liberales padres de ella -un neurocirujano y una psicóloga- que ignoran que el novio de su hija es negro. Ningún problema: carecen de prejuicios y votan a Obama. Desde el principio flota una amenaza, no cuadran las cosas, se sugieren oscuridades. El joven negro va intuyendo que no son precisamente Katherine Hepburn y Spencer Tracy. Cuando acuden a un party los amigos y vecinos de la familia -inspirados en los amigos de la pareja de ancianos de La semilla del diablo- las rarezas empiezan a tomar una forma definitivamente amenazante.

Hasta aquí Peele maneja con inteligencia los difícilmente conjugables elementos del suspense terrorífico y la ironía. Pero en la segunda parte prefiere el trazo grueso y gore de la parodia caricaturesca, y la película pierde sus mayores valores: la sugestión inteligente, la ironía lindante con un serio humor negro y la elegante puesta en escena. Es una opción de alto riesgo que puede valorarse como un original y brillante salto al gran guiñol al estilo de un Robert Aldrich fundido con Jim Sharman o como un erróneo recurso facilón que hace obvio lo hasta entonces sugerido. Pertenezco al segundo grupo: el giro de la película me arruinó el creciente entusiasmo ante su elegante contención. Será cuestión de gustos.

La mejor y más terrorífica interpretación de la película -dificilísimo ejercicio de aunar desasosiego y parodia- es la de la secundaria Betty Gabriel poniendo rostro con sonrisa etrusca a la sirvienta negra. También LilRel Howery como el amigo del protagonista (la huella más evidente del humor gamberro que habitualmente practica Peele), Marcus Henderson como el jardinero negro y Lakeith Stanfield como el gigoló zombi están muy bien. Los secundarios negros están en esta película muy por encima de los primeros actores, salvo en el caso del protagonista -el también actor negro Daniel Kaluuya- y Catherine Keener como la siniestra madre de familia (recordamos su gran interpretación de Harper Lee en Truman Capote). Allison Williams (la chica), Bradley Whitford (el padre) y sobre todo Caleb Landry Jones (el hermano) sobreactúan.

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