Le Tendre Amour | Crítica

Talento en estado puro

Lixsania Fernández y Esteban Mazer en el Alcázar Lixsania Fernández y Esteban Mazer en el Alcázar

Lixsania Fernández y Esteban Mazer en el Alcázar / Actidea

Era un programa muy de las Noches del Alcázar. Variado. Con arreglos. Con mezclas de músicas de diferentes épocas y estilos. A priori, atractivo también por otras razones: por ejemplo, el hecho de que el conjunto barcelonés Le Tendre Amour (por ser más exacto, su sección básica de continuo) se presentase en Sevilla; por ejemplo, la presencia de la cubana Lixsania Fernández, que estudió en la ciudad con Ventura Rico y que llevaba tiempo ausente. Fue un placer volver a recibirla.

Lixsania tocó en la viola da gamba obras muy características del repertorio: un Marais estupendamente dicho, tanto en sus contornos rítmicos como, muy especialmente, en sus juegos con el color (Musette) y en su lirismo más arrebatador (una ensoñadora Rêveuse de fraseo flexible y sugerente contraste de registros); una chacona de Forqueray (La Buisson) de insinuante elegancia; una siciliana de Telemann que fue pura dulzura; una Susanna de Selma y Salaverde de disminuciones articuladas con precisión y limpieza; un Haendel ágil y vigoroso...

Pero además, Lixsania cantó, acompañándose a menudo ella misma, y lo hizo admirablemente, con un sentido de la prosodia y un control del tempo deslumbrantes, adaptando su voz al estilo de cada pieza, ya fuera una canción castellana de los primeros años del Renacimiento, un aria de Frescobaldi, una canción de Carlos Guastavino o tradicionales cubanas (mágico ese susurro con que terminó Oguere) y españolas (esa nana del galapaguito que armonizó Lorca, dicha con la sencillez, pero a la vez el refinamiento de los mejores).

Desde el clave, el argentino Esteban Mazer (que tocó en solitario un muy atractivo y sugerente rondeau de Duphly, puro rococó) la siguió con discreción, como temiendo perturbar esa explosión natural de talento.

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