Regresa la lluvia a Sevilla

El último duelo | Crítica

Épica medieval a la sombra de 'Thelma y Louise'

Adam Driver y Matt Damon, en una escena de 'El último duelo'.

Adam Driver y Matt Damon, en una escena de 'El último duelo'. / D. S.

El director que parecía crecer y crecer sin techo que frenara su creatividad, pasando de una buena adaptación de Joseph Conrad (Los duelistas, 1977), a una película que cambió la historia del cine de terror (Alien, 1979) y otra que hizo lo mismo con el de ciencia-ficción (Blade Runner, 1982), desarrolló después una carrera llena de altibajos que -con la excepción de Thelma y Louise (1991)- iba de mamotretos comerciales a películas de correcto oficio y churros que alcanzaron su cota más vergonzosa con La teniente O'Neil. Hasta que, justo cuando nacía este siglo, Ridley Scott se reinventó con el gigantesco éxito de la en mi opinión sobrevalorada Gladiator (2000).

Pero, director irregular donde los haya, ni este éxito ni el nuevo siglo corrigieron los altibajos de su desconcertante carrera, ofreciendo en los últimos 21 años más churros de diverso signo que pretendían reeditar sus éxitos de terror (Hannibal), épico-históricos (El reino de los cielos, Robin Hood, Exodus: dioses y reyes) o de ciencia-ficción (Prometheus, Alien: Covenant). De estas dos décadas sólo destacan algunas películas de buen oficio como Los impostores, American Gangster, Red de mentiras, Marte o Todo el dinero del mundo.

En este inestable y no muy estimulante contexto El último duelo es su mejor película épica e histórica desde Gladiator, aunque carga también con no pocas de las limitaciones y prejuicios en la recreación de la Edad Media presentes en El reino de los cielos. Un hecho real, el último duelo a muerte entendido como juicio de Dios, entre dos caballeros para dirimir la verdad del relato de una mujer -esposa de uno de ellos y presuntamente violada por el otro- sirve a Scott para montar su habitual superespectáculo lleno de oscuridad, barro, sordidez, metal, sangre, ruido y música atronadora de Harry Gregson-Williams, caballero de la escudería de Hans Zimmer, logrando un producto tan espectacular y entretenido como presuntamente oportunista en su traslado del #MeToo a la Edad Media o de la situación de la mujer en la Edad Media al presente. Aunque esta sospecha se desvanece si se la considera una Thelma y Louise con caballeros con armadura en vez de maridos, camioneros y policías violadores o maltratadores.  

El problema más grave de la película es su intento de hacer un Rashomon, la obra maestra de Kurosawa (premiada en la misma Mostra, descubriendo el hasta entonces desconocido cine japonés al mundo, en que El último duelo se presentó fuera de concurso) en la que un caso de violación es narrado desde varios puntos de vista distintos según los testimonios de los testigos. Ni los actores Ben Affleck y Matt Damon (otra vez reunidos como guionistas 25 años después de haber ganado el Oscar por El indomable Will Hunting) ni la guionista y realizadora Nicole Holofcener (cuota femenina, se supone) son Shinobu Hashimito y Kurosawa, autores del extraordinario y revolucionario guión de Rashomon, ni desde luego Ridley es Akira. El resultado es que los tres diferentes relatos nada aportan a la matización o interpretación de los mismos hechos, a diferencia de lo que sucedía en la película de Kurosawa en la que cada testimonio ofrecía unos hechos totalmente distintos e inconciliables entre sí filmados con finos matices que distinguen unos de otros. Aquí se repite tres veces el mismo hecho desde tres perspectivas (el marido, el violador y la mujer) mientras que en la película de Kurosawa no sólo cambiaba la perspectiva, sino los propios hechos.

Más allá de este error de guión, que además lastra la película con un metraje excesivo por reiterativo, se trata de un buen espectáculo con interpretaciones intensas, un logrado diseño de producción de Arthur Max, colaborador de Scott desde 1997, apropiadamente oscuro y agobiante, y -como lo más conseguido- escenas de acción más sobrias de lo habitual en Scott, y por ello más crueles al liberarse del gigantismo propio de este director, que ha logrado su mejor obra histórica desde Gladiator.  

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