EL MOVIMIENTO VANGUARDISTA CUMPLE UN SIGLO

1919: el año del Vltra

  • Hace cien años el ultraísmo arraigó en Sevilla a través de la revista ‘Grecia’ como la primera vanguardia de las letras españolas convirtiéndose en una corriente decisiva para su renovación      

El collage de Adriano del Valle 'El gran banquete', fechado entre 1929 y 1931. El collage de Adriano del Valle 'El gran banquete', fechado entre 1929 y 1931.

El collage de Adriano del Valle 'El gran banquete', fechado entre 1929 y 1931. / MUSEO REINA SOFÍA

Un buen día de hace ahora cien años, el escritor Rafael Cansinos-Assens puso a funcionar la revista Grecia y, desde su redacción en el número 20 de la sevillana calle Amparo, estableció una corriente de arte nuevo, junto a otros seres luminosos y torcidos: Isaac del Vando-Villar, Adriano del Valle, Pedro Garfias, Rogelio Buendía, Rafael Lasso de la Vega, Miguel Romero Martínez, Tomás Luque, Pedro Luis de Gálvez, Juan González Olmedilla… Y también Norah y Jorge Luis Borges. Entre todos, por unos años, dieron cuerpo y sinsentido a un movimiento que estableció el margen de su visión, de su entusiasmo, de su juego y de su locura: el ultraísmo.

Subidos en aquel vuelo, estos poetas fueron la caja de resonancia de lo por venir. En las páginas de Grecia dejaron una sed de algo nuevo. Una vanguardia no a la manera del futurismo de Marinetti, sino al modo propio de una Sevilla que estaba revelándose como un epicentro de cosas por hacer. Confeccionaron así una vanguardia periférica que tenía una actitud específica y diversa que desafiaba plenamente a lo que sucedía en los centros de poder político y cultural en las primeras décadas del siglo XX. Con todo, tal osadía apenas les fue reconocida; sólo los escritores de la revista Mediodía aplaudieron tímidamente esa vocación de pioneros. 

Aquel movimiento llegó para desacralizar la literatura, con Cansinos-Assens a los mandos y con el influjo de Vicente Huidobro

"Se pretende que el ultraísmo sea un episodio sin continuidad en nuestra historia literaria. Se lo silencia y se le niega. Y eso es falso e injusto. El ultraísmo fue una realidad positiva y eficaz en una época de anquilosamiento en las letras españolas. Abrió horizontes y marcó rutas. Creó la revista total y puramente literaria. Se batió en las calles y en los ateneos. Puso España al día con las corrientes literarias de Europa. Produjo pocas obras, pocos libros, porque las editoriales de entonces desdeñaban cuanto significase poesía; pero desbrozó el camino y dejó abiertas las fuentes de la curiosidad”, se lamentaba Garfias, ya en 1934, en las páginas del Heraldo de Madrid.

De algún modo, aquella corriente llegó para desacralizar la literatura, con Cansinos-Assens a los mandos y con el influjo del chileno Vicente Huidobro, quien acababa de aterrizar desde París con novedades vanguardistas, propias y ajenas. Lo inmediato, lo urbano, lo espontáneo y la contradicción eran la leña para prender el nuevo fuego. Con ánimo de derribo, se promulgó que había llegado el tiempo de la libertad radical en las letras y así fue dispersando y contagiando su mensaje. Primero, el movimiento hizo nido en Madrid; después tuvo ecos trasatlánticos, llegando a modificar profundamente la lírica de Argentina, Uruguay, Chile y México.

"El ultraísmo constituyó un momento decisivo de transición a la modernidad. Son poetas que asimilan la poesía cubista francesa, el futurismo, el expresionismo, el dadaísmo", ha explicado Juan Manuel Bonet, quien reunió los poemas de esta vanguardia ibérica en la antología Las cosas se han roto (Fundación José Manuel Lara). En opinión del experto, la canonización de la Generación del 27 echó al olvido los logros del movimiento, que también tuvo entre los suyos sonoras deserciones. Sin ir más lejos, Cansinos-Assens arremetió en 1921 en El movimiento V. P. contra aquel grupo de poetas, algunos claramente identificables en la novela bajo sus nombres en clave.

La revista Grecia acumuló, entre el 12 de octubre de 1918 y el 1 de noviembre de 1920,  medio centenar de números y un traslado a Madrid a mediados del año veinte. Tras apagarse le siguieron otras de vida fugaz, como Gran Gvignol, Tableros, Horizonte y Plural. "La importancia del Ultra de Sevilla es evidente: inició la vanguardia hispánica y sentó las bases de un movimiento amplio de renovación que llegaría hasta 1926 con la revista Mediodía. Sevilla fue, gracias a su Ultra, un foco importante de la avanzada literaria europea", señala José María Barrera en El ultraísmo de Sevilla (Alfar), donde concluye que este movimiento acabaría marcando el desarrollo de las vanguardias en España. 

La revista 'Grecia' acumuló, entre el 12 de octubre de 1918 y el 1 de noviembre de 1920, medio centenar de números y un traslado a Madrid

"La genialidad de Isaac del Vando-Villar al arriesgarse a editar una revista nueva, el saber y erudición de Miguel Romero, el sentido iconoclasta de González Olmedilla, Gálvez y Garfias –próximos al anarquismo y la bohemia-, los aires renovadores sinceros y decididos de Adriano del Valle, así como toda una serie de acólitos y amigos de los anteriores, supieron imponer un criterio, unas formas no cerradas, sino abiertas a lo mejor de la producción europea (traducciones cubistas, dadaístas, expresionistas, futuristas, etcétera) y al respeto de los más consagrados maestros novecentistas", señala el profesor Barrera.

Como no podía ser de otra forma, la aventura de Grecia también convirtió a la capital hispalense en escenario de veladas poéticas y bromas vanguardistas. Acaso ninguna como "La Epopeya del Ultra" que González Olmedilla relata en el número XLII, con fecha de 20 de marzo de 1920, a la salida de una lectura de Pedro Garfias en el Ateneo. Se trataba de festejar "el nuevo éxito de incomprensión" que había cosechado el autor de El ala del Sur "disparando su ametralladora de estrellas" en los salones de la Docta Casa. Junto a él, Adriano del Valle, "incorregible corruptor de estrellas vírgenes", e Isaac del Vando-Villar, calificado como "portaestandarte del ultra" por ser el director de la revista, entre otros.

Los poetas acudieron a la Plaza Nueva y rodearon allí el lugar donde en breve se colocaría la estatua de Fernando III el Santo. Para los ultraístas, el personaje era un "rey bárbaro" o "un militarote del pasado sangriento". Luego, pusieron rumbo a la casa del promotor del monumento y cronista de la ciudad, Luis Montoto, en la actual calle Mateos Gago, para lanzar al grito de ¡Ultra! piedras y patatas a la fachada y provocar allí "un auténtico fracaso de cristales", en palabras del cronista, quien remata su texto asegurando que los poetas se dispersaron por las calles aledañas al refugio de la noche. Todo eso pasó hace cien años en Sevilla, "la Nazaret del Ultra", según la definió Pedro Luis de Gálvez.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios